jueves, 25 de julio de 2013

De paradojas y puritanismos

El otro día fue célebre la noticia de una pareja joven que cenaba tranquilamente en un restaurante chic de Nueva York y que fue humillada y tratada como un comando terrorista, con un despliegue policial digno de un telefilm casposo de Antena 3. ¿Su crimen? Amamantar a su bebé, ¡oh dioses!, en medio de ese templo esnob de glamour y canapés. Independientemente de la noticia en sí, que no me extraña a estas alturas (un país donde rige tamaño puritanismo es lo que tiene, que se dan estas nefastas paradojas, que las armas son guays y la desnudez es tabú, porque la sociedad patriarcal despunta, y con ello la competitividad, y a mayor competitividad menor afectividad, y a menor afectividad más se separa a los niños desde que nacen, con sus nefastas consecuencias y su perpetuación del círculo vicioso infinito... pero bueno, ésa es otra historia, que me voy).

Lo que me sorprende, lo que me indigna, son los comentarios del artículo en cuestión.

Y es que no aprendo. Hace tiempo que me prometí a mí misma no leer esos comentarios ignorantes y repletos de prejuicios que surgen como setas en cualquier rincón de internet, tipo Menéame (reducto de quinceañeros pajilleros que se atreven a opinar de todo lo que se mueve, ¡ea, no hay miseria!), forocoches, y demás indicadores del profundo saber popular de nuestro país.

Pero vuelvo a caer una y otra vez. Y acabo leyendo los comentarios de los artículos y abriendo perpleja la boca con asombro infinito ante cómo las personas sólo se atreven a expresar lo que realmente piensan bajo el anonimato virtual. Y esas opiniones son muchas, demasiadas, veces aterradoras.


Desde quien dice que "sólo las gitanas y personas con poca educación" dan el pecho en público (curioso que en Escandinavia, países donde las tasas de lactancia son las más altas, sea también donde la educación es la mejor del mundo), hasta quien opina que dar teta en público es sólo propio de "progres" y "exhibicionistas", o quien equipara el alimentar a tu vástago con hacer tus necesidades en público ("yo no cago en público, a ver por qué tienen que dar el pecho delante de todo el mundo"), pasando por quien compara EEUU con países como Afganistán ("seguro que si estuviera en Afganistán no se habría atrevido a amamantar en público"... ¿pero EEUU no era la tierra de la libertad?).

Cuando das teta a tu bebé (porque fíjate tú, los bebés no entienden de horarios, convenciones sociales, ni demás superficialidades que no pintan nada en la mera supervivencia), la cabeza tapa el pecho (sí, aún no he visto ningún niño transparente), con lo cual sólo "se ve algo" si "te esfuerzas" en verlo. Vamos, que no es tan obvio. Tienes que estar observando atentamente para pillar el segundo exacto en el que el pequeño suelta el pezón y la mamá se lo tapa. Y desde luego, si hay alguien esperando ese instante, me parece cuando menos enfermizo. Desde luego, si la queja de los escandalizados comensales iban encaminadas a evitar el micro instante fatídico de la visualización del trozo de pezón... apaga y vámonos.
El burka tetil para un restaurante viene fenomenal, así además te ahorras ponerte la servilleta...

¡Que esas exhibicionistas descaradas, maleducadas y progres se vayan a amamantar al baño, entre dulces olores la mar de acogedores! ¡O que se pongan un burka de ésos de dar teta! Quizás quienes damos el pecho tendremos que quedarnos encerradas en casa haciendo calceta, no sea que nos sorprenda un pezón furtivo el hipócrita de turno que luego tiene escondido bajo el colchón un arsenal de revistas porno... Aaah, pero es que ahí los pechos cumplen su función de objeto sexual y cuando amamantan no. ¿No irán por ahí los tiros? ¡Qué miedo, una mujer dueña de sus tetas, que la detengan, que se me descoloca todo y eso hace pupa!

Y lo peor de todo, como siempre, son los comentarios de mujeres. Terribles. Dolorosos. Tristísimos. Y una muestra como cualquier otra de lo poco madura que aún está nuestra sociedad. Tenemos tanto, tantísimo, que aprender. Tenemos tanto, tantísimo, que reaprender. Tenemos tanto, tantísimo, que desaprender...


viernes, 21 de junio de 2013

Las niñas-repollo

Tengo dos hijas. No les puse pendientes (la mayor se los puso luego, pero porque ella quiso). Siempre les di juguetes de todo tipo (menos bélicos) para que pudieran jugar con lo que a ellas más les gustase. Siempre he intentado escucharlas, respetar sus gustos, hacerlas entender que ellas son especiales por ser quienes son. Por supuesto, por no ponerles pendientes tuve que escuchar un montón de críticas, sobre todo con la mayor que fue quien allanó el camino. La típica señora que te dice por la calle "uy, ¿es una niña? como no lleva pendientes...", a lo que siempre contestaba "sí, señora, ya tendrá tiempo a que la discriminen por ser mujer más adelante, que disfrute ahora de estos años de inocencia pura". La señora de turno no comprendía nada, claro.

Mi hija pequeña tiene casi dos años y no se preocupa por su aspecto. Ella sólo quiere jugar tranquilamente y disfrutar. Le gustan mucho los coches (los vehículos, en general) y subirse a todas partes como una cabra loca. Pero entonces siempre tiene que venir otra típica señora a criticar que por qué no le pongo vestidos. ¿Y a usted qué le importa? ¿Por qué no se pone usted sombreros de copa, que me gustan a mí?


Estas pequeñas actitudes sexistas van haciendo mella, quiera o no, en ellas. Es imposible aislarlas de esto. Y yo luego no sé cómo explicarles que las mujeres no somos objetos, que no somos muñecas tontas a las que sólo les importan los vestidos, el maquillaje y los tacones. Mi hija mayor está cada vez más atrapada en este inevitable paradigma, ¡y no tiene aún cinco años! Me habla de que quiere más vestidos, de que quiere maquillaje, de que le tengo que pintar las uñas...

Es muy complicado, y muy frustrante muchas veces, ir contra corriente. Huir de los papeles esencialistas distribuidos desde el mismo momento del nacimiento, en el que si la criatura tiene vulva ya se la condiciona a ser de determinada manera. Que con minutos de vida ya tengas que entrar en el redil es cruel y sobre todo muy triste. Que tengas que aguantar toda tu infancia ir vestida de repollo y jugar en el parque con un vestidito que no te puedes manchar en vez de con un chándal cómodo no tiene ningún sentido. Y es que si no detectamos y frenamos estas actitudes desde el principio, las cosas nunca cambiarán, y nuestras hijas seguirán preocupándose por superficialidades... que esconden cosas mucho más profundas y peligrosas.

domingo, 9 de junio de 2013

Lo que nadie te cuenta

Es curioso cómo cuando aún no has sido madre tienes unas ideas de lo que es un bebé y cómo luego cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Y es que, si te pones a analizar la imagen de la maternidad y sobre todo del puerperio que transmiten los medios de comunicación y demás, resulta casi espeluznante. No tienes más que girar las páginas de las típicas revistas de puericultura donde casi todo es publicidad, y verás a madres exultantes que empujan un carrito con un recién nacido llevando un tacón de quince centímetros, ropa monísima de marca, la manicura hecha y las mechas recién dadas. O encender la televisión, donde los recién nacidos pueden apagarse y encenderse a voluntad, porque todo sigue igual y el bebé no ha cambiado nada, y en un capítulo de repente sale la madre tan pancha sin el niño (¿dónde lo tiene, escondido?).

También influyen las personas que, con intenciones a veces poco claras, vienen a comparar a tu vástago con el suyo, diciendo que su Manolito duerme diez horas del tirón, come muy bien, está hecho un pepón y es muy tranquilito.


Y ahí estás tú, recién parida, sangrando sin parar, sudando y sintiéndote sucia, con un bebé colgado de la teta día y noche, y sin tiempo ni para asearte debidamente porque no puedes soltar al pequeño sin que berré como si le estuvieras sacrificando, con lo que te lo acabas llevando hasta para sentarte en la taza.

Muchas madres se tiran esos primeros meses deseando que llegue el marido para al menos poder darse una ducha rápida, porque llevan todo el día en casa tumbadas en el sofá dando teta, han comido dando teta cualquier bocadillo cutre, no se han podido ni peinar y no han mantenido una conversación con un adulto en todo el día.

El puerperio es una etapa muy delicada. Y eso nadie te lo cuenta. La maternidad es dura, y exige una dedicación real, una entrega como quizás no hayas conocido hasta entonces. Y eso nadie te lo cuenta. La lactancia, hasta que se instaura debidamente, es a demanda, pero a demanda quiere decir muchas veces estar TODO EL DÍA Y TODA LA NOCHE con el bebé en la teta. No, no es una exageración, repito: TODO EL DÍA Y TODA LA NOCHE. Y eso nadie te lo cuenta.

La crianza en este mundo occidental y frenético ha perdido la referencia de la tribu, las familias son nucleares y muchas veces la mamá recién parida está horas y horas sola en casa con un bebé al que aún no comprende (el vínculo no siempre es instantáneo, aunque eso nadie te lo cuente). Y a veces aparecen las tristezas, las inseguridades, los miedos e incluso el enfado. Porque el cambio es abismal, las prioridades cambian totalmente, de repente te conviertes en el centro de la vida de una personita que depende total y absolutamente de ti, y tú sientes que no existes por ti misma, sino a través del bebé, pero eso nadie te lo cuenta.


Los recién nacidos humanos son vulnerables, altriciales, nacen aún fetos como precio a pagar por la bipedestación, y el estar pegados día y noche a su cuidador principal (generalmente la madre) es lo que garantiza su supervivencia. Hay muchas cosas que se pueden hacer para mejorar estos primeros meses. En primer lugar, portear. Personalmente no sabría criar sin portabebés, me resultaría totalmente imposible. Facilitan la vida enormemente y te permiten cocinar o darte un paseo o dar teta con las manos libres o peinarte un poco, qué sé yo. Después, el colecho: no sé cómo se puede mantener una lactancia sin colecho, realmente. Pero sobre todo y ante todo, hay que saber pedir ayuda. Porque no somos heroínas, y qué bien sienta que a veces venga una amiga a pasar contigo un par de horas y te sujete al bebé mientras te das una ducha. O quedar con otras mamás para compartir inquietudes. O que tu suegra te traiga tuppers repletos de comida para toda la semana. Y sobre todo, que alguien te pregunte "¿qué necesitas?". Esos pequeños gestos lo cambian todo.

¿Qué expectativas tenemos antes, cómo resulta la cosa después? Ser una mujer puérpera es encontrarse con momentos muy delicados, con tu propia sombra, es conocerte a ti misma como nunca imaginaste. Y eso puede resultar tremendamente duro y catártico. Pero eso nadie te lo cuenta.

martes, 4 de junio de 2013

Menos humos y más lucha

Leo apabullada opiniones reacias al feminismo de la diferencia acusándolo de patriarcado encubierto. Explico por encima para quien no sepa de qué hablo: dos de las "corrientes" más mayoritarias dentro del feminismo son el de la igualdad (las mujeres son iguales a los hombres, porque el lugar en el que nos colocamos tiene que ver con los roles aprendidos, con el género que se nos impone desde pequeños) y el de la diferencia (ser mujer es algo bueno y digno de ser reivindicado, y habría que rehuir del patriarcado construyendo algo nuevo, bueno, femenino y diferente). Vale, grosso modo; es mucho más complejo, pero para que nos entendamos. La cuestión es que en muchas webs y blogs sobre el tema, se acusa al feminismo de la diferencia de intentar volver a colocar a las mujeres en sus roles de género (cocina, casa cuidando a los niños, etc), por ejemplo, aquí.

Vamos a ver, para empezar, no existen dos corrientes fácil y claramente delimitadas, sino que existen pensadoras. Y cada pensadora tiene sus ideas. Y dudo mucho que nadie se defina como seguidor al cien por cien de ninguna ideología o corriente filosófica o política (personalmente, por eso encuentro muy difícil el aceptar una religión o partido político, porque siempre le encuentro peros a todo). Así que meter en el mismo saco a todas las "seguidoras" de una corriente (por seguidoras quiero decir a las que más o menos se podría calificar de pertenecientes a dicha ideología, con sus matices, a las simpatizantes por así decirlo) es simplista al máximo.


Voy a intentar exponer mi humilde punto de vista al respecto. Según Françoise Héritier, el patriarcado surgió en épocas prehistóricas como un intento por parte de los hombres de controlar el cuerpo femenino, ya que éste tenía un poder: el de crear nueva vida.  Porque el patriarcado, dice Cristine Northrup, es la separación entre mente y cuerpo. Así, aunque el patriarcado está estrechamente vinculado al capitalismo, las raíces son muchísimo más antiguas. Las mujeres llevamos alienadas toda nuestra existencia.


Ahora entonces vendrán y me dirán que qué es eso de identificar sexo con género. Que existe la intersexualidad. Que no todo es blanco o negro (vaya, justo lo que yo digo respecto a las corrientes feminismo de la igualdad-feminismo de la diferencia). Que no hay mujeres ni hombres, sino personas con genitales de cierta índole, genes y hormonas, y que genéticamente no todo está tan claro siempre. ¡Y sí, de acuerdo, pero no se trata "sólo" de eso!

Si el patriarcado quiere dominar el cuerpo femenino, ¿no es de lógica volver a recuperar dicho control, proclamándonos dueñas de nuestros cuerpos, poderosas, autónomas? No se trata de ir de ecoguay loca que se come su menstruación a cucharadas y venera la sabiduría femenina en un akelarre todos los jueves a las ocho y cuarto. No me refiero a eso. Es que creo que hay que empezar por distinguir entre dos ámbitos: el personal y el social. El problema surge cuando se mezclan ambos sin ton ni son.


Yo no he estado particularmente orgullosa de mis embarazos, ni de mis partos. No me considero ninguna diosa por haber hecho lo que mi cuerpo sabe hacer. Es absurdo. Me encontré feliz y repleta de hormonas, pero eso es todo. No pensé por ello que las mujeres somos superiores por nuestros atributos femeninos. No escondo ninguna androfobia. Estoy muy orgullosa de mis hijas, sí, pero no de mis funciones fisiológicas. Puedo parir y puedo comer y puedo orinar y puedo dormir.

Pero tampoco soy una machista encubierta por haber decidido dar el pecho a mis hijas, por haber optado por una crianza con apego, por haber solicitado una excedencia. Porque lo siento mucho, físicamente yo soy la única dentro de mi pareja que es capaz de dar el pecho. Es que es así, porque mi pareja es un hombre. Si resulta que de repente mi pareja empezara a excretar prolactina por los costados y leche como aquel caso tan célebre, la cosa sería diferente. Pero físicamente, hoy por hoy, soy la que puede hacerlo. No soy mejor por ello. No soy menos tampoco. Es lo que hay. Y por respeto a mis hijas, que cuando nacen no entienden nada de luchas sociales, de feminismos o machismos, acepto esa diferencia y su gran utilidad, y hago uso de ella porque para eso está, porque para mí la lactancia es sólo la prolongación del embarazo, pues viene en el mismo lote. Y no voy a dar biberones para que sea "equitativo". En esos momentos, acepto ser una hembra mamífera, y como tal actúo.


El problema viene cuando identificamos esta diferencia física (que, repito, no quiere decir que un género sea mejor que otro, o que haya géneros puros, dentro de los cuales las mujeres son chupi guays y deban reivindicar un matriarcado falofóbico; hablo de poder tener hijos, me da igual que quien pueda tenerlos tenga genes de tal o cual sexo) con diferencias sociales. El problema viene cuando por el simple hecho de que una mujer pueda tener hijos cobre menos, tenga peores trabajos, y sea peor considerada en el ámbito laboral, aunque resulte igual de buena que los trabajadores masculinos (este experimento lo demuestra ampliamente). A las mujeres siempre se nos valora menos.

Las mujeres somos iguales a nivel laboral. Podemos hacer las mismas cosas. Podemos tener los mismos trabajos. Podemos tener los mismos sueldos. Somos iguales a nivel de inteligencia. Somos iguales en muchísimas cosas a los hombres, pero...

Las mujeres somos físicamente diferentes. Y aquí me da igual que nos identifiquemos con la palabra mujer o no. Yo me refiero a quienes pueden gestar, parir y amamantar. Punto.

Y si la vida personal se mezcla con la vida laboral, si las mujeres presentan un mayor absentismo a causa de los hijos, y si ése es siempre el argumento para degradarnos y no permitirnos ascender o cobrar más... las culpables no somos nosotras. Es el patriarcado, es el capitalismo, es la falta total y absoluta de conciliación. Eso NO quiere decir que las mujeres quieran volver a quedarse en casa con la pata quebrada. Es simplemente que a veces no les queda más remedio porque son despedidas al quedarse embarazadas. Porque su sueldo suele ser más bajo, así que si uno de los dos miembros de la pareja pide una excedencia, suele ser el sueldo de ella el que se sacrifica. Y de todas formas, si dentro de una pareja uno de los dos miembros decide no trabajar, si es un acuerdo entre ellos, ¿dónde está el problema? Eso entra dentro de la intimidad, y no creo que tenga absolutamente nada que ver con machismo.


Si le buscamos tres pies al gato y nos entretenemos con debates de nombres, con rizar el rizo, rizar el rizo rizado y alisar el rizo, al final, ¿qué nos queda? Humo. Nos queda humo, mucha  palabrería... pero poca lucha.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Los nuncas y los porqués

En nuestra sociedad no nos educan para la muerte. La muerte es algo que no existe, que se aparta, un inmenso tabú del que nadie quiere hablar. Y no sólo es la muerte lo que nos asusta, sino el dolor inherente a la muerte de un ser querido. Si lloras por haber perdido a alguien a quien querías, encontrarás miradas incómodas de personas que no saben muy bien qué decir o dónde meterse. Y si el tiempo pasa, esas miradas serán cada vez más incómodas y desubicadas, porque una cosa es un duelo y otra un duelo prolongado más allá de lo socialmente aceptable.

Cuando, además, esas muertes son de personas jóvenes, la cosa es aún más complicada. Porque que un abuelo fallezca es esperable, los apartamos en residencias y ea, problema resuelto, ahí quietecitos hasta que les llegue el momento, luego vamos al entierro y a descuartizar la herencia. Pero si quien muere tenía toda la vida por delante... ¿cómo reaccionan los demás, cómo reaccionamos nosotros mismos?

Recuerdo cuando, hace poco más de tres años, fui a una revisión rutinaria de mi embarazo y la ginecóloga me dijo que el corazón de mi bebé había dejado de latir. Fue el 10 de mayo de 2010, jamás lo podré olvidar. En ese momento el mundo entero se paró, y al mismo tiempo la habitación dio vueltas a mi alrededor, por contradictorio que parezca. Nunca le tendría entre mis brazos. Nunca le vería. Nunca, nunca, nunca.

¿Y qué pasó? Que me convertí en alguien molesto. Había personas que se sentían claramente incómodas en mi presencia, y que evitaban el tema a toda costa, porque si me preguntaban se sentirían aún más incómodas, así que qué mejor que fingir que no ha pasado nada, qué mejor que fingir que la muerte no existe, que vivimos en el mundo de las piruletas, que si algo no se dice no sucede y punto. Otras optaron por no llamarme más. Una supuesta amiga estaba embarazada y decidió que mi tristeza no iba a empañar su alegría, así que lo que hizo fue no volver a dirigirme la palabra, no sea que mi dolor se le contagiara y le empañara su "buenrollismo".

En situaciones así de duras es cuando conoces a los demás, pero sobre todo cuando te conoces a ti misma.


Estos últimos días estoy pensando mucho en la muerte, por diversos motivos. En cómo nos (mal)enfrentamos a ella. En cómo la escondemos debajo de la alfombra. En cómo nos intentamos alejar de ella de todas las maneras posibles, con películas y libros y ocio y entretenimientos varios, destinados a acallar los pensamientos más trascendentales, los porqués. En cómo los acontecimientos naturales no tienen cabida en este mundo de plástico, donde los nacimientos son medicalizados y las muertes escondidas. Y me he dado cuenta de que, realmente, no tengo armas para luchar contra el temor a la muerte. Porque en realidad no se trata de temor a la muerte, sino de temor al temor a la muerte. Y no sé cómo escapar de eso.

No sé enfrentarme a los nuncas y a los porqués.

viernes, 10 de mayo de 2013

Darle la vuelta a la tortilla

Todos arrastramos heridas, más o menos profundas. Todos hemos pasado por infancias más o menos felices, y es inevitable que en algún punto los padres fallen. El problema es cuando los padres fallan en muchos puntos. En demasiados puntos. Cuando hay maltrato, sutil o descarado. Cuando hay apego inseguro (ahora te digo te quiero, ahora te trato como a una basura). Cuando los padres están ausentes, hagas lo que hagas para impresionarles. Cuando ves que tu padre colma de besos al perro, pero a ti no es capaz ni de dirigirte una mirada afectuosa. Cuando ves que a tu madre le importa un pimiento lo que te sucede, pero no deja de cotillear en tus cosas para ver de qué puede enterarse.

Entonces, cuando te independizas, muchas veces buscas con desesperación ese amor que jamás tuviste. En tu pareja, en las adicciones, en vete tú a saber qué. Buscas y buscas y no acabas de encontrarlo... porque ese momento ha pasado. Tu infancia jamás volverá. Y en ti ha quedado una espina clavada, que aprieta y hiere y a veces no te deja ni respirar. Es muy difícil sanar una herida si ésta es abierta una y otra vez.

Y luego, un día, tú misma te conviertes en madre. Tú mismo te conviertes en padre. Y es ése un momento mágico, crucial, quizás el más importante. Porque en ese instante tienes dos opciones, y no hay más. O sigues con la cadena familiar de maltrato, o apego inseguro, o lo que sea... o tomas la decisión más valiente del mundo. Le das la vuelta a la tortilla. Terminas con esa maldición familiar, decidiendo podar las ramas podridas, y sembrar nuevas semillas de amor, cariño, respeto y seguridad.


Estos días he leído en las redes sociales una frase de Jodorowsky que se me ha quedado clavada. Dice "el amor que no te dieron en la infancia nadie te lo dará, cesa de pedirlo y ofrécelo". Y creo que de eso se trata exactamente. Tener un hijo para obtener de él el amor que tendrían que haberte dado tus padres es un error tremendo. Porque el amor es desinteresado, y no espera nada a cambio. Y yo no tengo un hijo para que él me ame, sino para amarlo yo.

Si conseguimos romper esa cadena que nos ata a una infancia triste, y convertir el amor ansiado en amor que nosotros ofrecemos a los demás, si conseguimos amar a nuestros hijos como nosotros quisimos ser amados... entonces habrá merecido la pena. Porque sólo entonces, por fin, seremos libres.

miércoles, 24 de abril de 2013

¿Por qué decidimos tener hijos?

¿Por qué decidimos tener hijos? Todos conocemos la típica pareja que no se entiende pero que, aun así, decide tener un hijo. Llenar una relación vacía con una nueva vida. Llenar los silencios, el aburrimiento y la rutina juntos, con imponerse la obligación de cuidar de un nuevo ser, para no tener que analizar lo que está pasando, para no tener que hablar de la relación, para pasar el tiempo entre pañales y nuevas experiencias, y de ese modo tapar la realidad subyacente...

En este tipo de parejas, además, la crianza con apego resulta un estupendo escudo para esconder aún más toda la problemática. El colecho evita los silencios incómodos en la oscuridad de la noche. Porque entonces los silencios pasan a estar justificados, para que el bebé no se despierte (por ejemplo). 

Pero quiero ir más allá. Ya no sólo hay parejas "muertas" que deciden tener un hijo. También hay personas que por cualquier motivo se sienten vacías a nivel personal, porque no se encuentran, porque no saben quiénes son... y deciden llenar ese vacío con un embarazo. Como si un vacío psíquico se llenara físicamente. Gran error.

Y a veces repiten. Tripiten. Se llenan de hijos y no saben por qué.

¿Por qué decidimos tener hijos? Cada una es libre de tomar sus propias decisiones. Cada una tiene su trayectoria personal, su historia única y especial.
Pero tener un bebé para tapar sus propias angustias, para tapar su vacío existencial, es un arma de doble filo. Porque acabará estallando, antes o después. Porque tu bebé no era un niño deseado como tal, sino un mero parche a un problema.


Y no deja de recordarme a mi siempre querido libro "San Manuel Bueno, Mártir", de Unamuno. En él, se decía que rehuir del ocio era la mejor alternativa para evitar pensar. Porque la mente ociosa es el patio donde juega el diablo. Porque cuando estamos ociosos pensamos, le damos vueltas a todo... Sin embargo, cuando trabajamos, cuando nos mantenemos ocupados en otros menesteres, evitamos enfrentarnos a nuestras dudas (en el caso de Unamuno, hablaba de las dudas de fe, pero podemos extrapolarlo a las dudas sobre uno mismo, sobre en qué lugar estamos o qué es lo que queremos). De ese modo, tener un hijo, o varios, y ocuparse de ellos sin resuello, evitando tener un momento a solas con nosotras mismas, a solas con nuestra pareja... es un síntoma inequívoco de que "algo pasa".

Tener un hijo ha de ser algo meditado, y sobre todo, deseado como tal, como un fin en sí mismo, jamás como un medio.

¿Por qué decidimos tener hijos?