En estos días ha habido una polémica en la clase de mi hija mayor porque a ella, ávida lectora, le han prohibido el acceso a determinados libros en la biblioteca del colegio, al contar sólo con siete años. Estos libros constituyen una serie llamada "El diario de Greg", ya bestsellers, y que además, al tratarse de obras divertidas, están enganchando a muchos niños que hasta entonces no se habían acercado demasiado a la lectura. Y la polémica viene en que "supuestamente" no transmite valores demasiado positivos, porque hay un niño al que le dan collejas y cosas por el estilo.
Todo esto me resulta curioso porque, por otro lado, se les está animando a leer en clase una versión adaptada de El Quijote, cosa que me parece estupenda, pero... ¿acaso el Caballero de la Triste Figura no era poco más que un esquizoide megalomaníaco con complejo mesiánico? Porque que yo sepa, Quijote y Sancho se pasan todo el libro recibiendo paliza tras paliza. Pero claro, si es una obra magna de la literatura, entonces la violencia no importa. Ahí ya está permitida. Y pasa lo de siempre: que lo canónico está bien visto, está establecido, está aceptado. Porque eso no puede ni plantearse que sea algo incorrecto.
Cuando mi hija me contó, indignada, cómo le habían prohibido el acceso a esos libros, la solución fue bien sencilla: comprárselos yo. Recuerdo haber escuchado hace tiempo, creo que a José Luis Sampedro cuando vivía, cómo explicó que cuando a él le prohibían leer algo, su padre -médico, intelectual, inquieto- se lo conseguía por otra vía, porque las ansias de leer no deben de ser nunca cohibidas. Y así, yo puedo aconsejar a mis hijas sobre tal o cual lectura (porque hablando de El Quijote, mi hija quiso leerlo, yo le aconsejé que buscara una versión adaptada, porque la original le iba a resultar extremadamente complicada: aconsejo, nunca prohíbo), pero no puedo poner barreras a sus ansias de conocimiento.
Mis hijas no me pertenecen.
Claro que hay libros que transmiten valores pésimos (los cuentos tradicionales, que sí están perfectamente permitidos en las escuelas, ofrecen una imagen nefasta de las mujeres, pero nuevamente, como son algo establecido y aceptado, nadie lo discute), al igual que sucede con ciertos programas de televisión, películas, videojuegos, ¡qué sé yo! Y creo que todo ello resulta maravilloso para fomentar el pensamiento crítico de los niños, entablar debates constructivos con ellos, y usar todo esto para extraer conclusiones, valores sociales y cívicos, ponerse en el lugar de los demás, hacer ejercicios de empatía, etc.
El problema, nuevamente, que hay en la base de todo esto, creo que es más sutil: dejar a los niños aparcados frente a la tele, frente a un libro, sin hablar con ellos de lo que están experimentando. Y claro, así, resulta mucho más cómodo para esos padres dejarles con algo que sepan de seguro "inofensivo" para que, si no entablan ningún debate sobre lo que ven o leen, su retoño esté protegido antes las inmensas maldades de la vida.
Pero las prohibiciones nunca sirven de mucho, y como no se les puede encerrar en una burbuja, lo prohibido siempre reluce con un mayor atractivo, si cabe. Ahora todos los niños de la clase de mi hija están leyendo esos libros. La prohibición ha conseguido exactamente lo contrario. Con la prohibición (¡oh, dioses!) un montón de niños sobreestimulados se está acercando a la lectura. Aunque sea con un bestseller. Aunque no sea la biografía de la madre Teresa.
Y a mí eso me parece maravilloso.
Embarazo, parto respetado, lactancia, crianza, ecofeminismo, veganismo, ecología y más
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miércoles, 3 de febrero de 2016
lunes, 9 de marzo de 2015
La mística de la feminidad (Betty Friedan)
A la mujer se la enseñó a compadecer a aquellas mujeres neuróticas, desgraciadas y carentes de feminidad que pretendían ser poetas, médicos o
políticos. Aprendió que las mujeres verdaderamente femeninas no aspiran a seguir una carrera, a recibir una educación superior, a obtener los
derechos políticos, la independencia y las oportunidades por las que habían luchado las antiguas sufragistas. […]
Miles de voces autorizadas aplaudían su feminidad, su compostura, su nueva madurez.
Todo lo que tenían que hacer era dedicarse desde su más temprana edad a encontrar marido y a tener y criar hijos.
La mística de la feminidad es la obra más conocida de Betty Friedan. No sólo eso: resulta uno de los libros más importantes en la historia del feminismo, pues constituyó una auténtica revolución en su aparición, 1963, momento en el que la sociedad americana se enfrentaba a un babyboom y a intensos conflictos raciales y sociales por la consecución de los derechos civiles. Aunque el libro chocó totalmente con las ideas americanas de la época, fue rápidamente un éxito, y Friedan recibió el prestigioso premio Pulitzer sólo un año después de su publicación. Tras la segunda guerra mundial, el feminismo en EEUU se encontraba paralizado, con lo que La mística de la feminidad resulta crucial para comprender cómo el feminismo regresó a América, cómo las mujeres descubrieron un mundo más allá de sus “ratoneras”, y cómo el problema que no tiene nombre, de repente, consiguió salir a la palestra.
Y es que por todas partes se impelía a las mujeres a “cazar un hombre”, a convertirse en amas de casa, a tener un montón de hijos, y a disfrutar con esta vida, que es la que les correspondía: las revistas, el cine, la radio, la publicidad, incluso los profesionales (médicos, psicólogos, sociólogos; no olvidemos que el psicoanálisis freudiano -tan en boga en la época- veía en las neurosis femeninas un síntoma de la “envidia del pene”) animaban a que las mujeres se volcaran en la “esencia femenina”, en su supuesta naturaleza, para así ajustarse siempre a su función social, a lo que se esperaba de su género: el triángulo esposa-madre-ama de casa: madres y esposas abnegadas, subyugadas a sus maridos y cumpliendo lo dispuesto por la sociedad patriarcal.
Pero el problema de intentar ajustarse a este rol de “ama de casa perfecta” es que la casa se acaba convirtiendo en una ratonera, las mujeres se infantilizan (pasando del padre al marido, «siempre ha habido alguien o algo que dirigiese mi vida»), y terminan por renunciar incluso a su propia identidad: ¿quiénes son ellas, en realidad? ¿Son sólo esposas, son sólo madres? Ahí es donde surge “el problema sin nombre”: la crisis existencial que lleva a todas esas mujeres al hastío, a la desesperación, a la depresión… al vacío absoluto.
Desde niñas, se “domesticaba” (que no educaba) a las mujeres a que persiguieran como único fin en su vida el buscar un marido y el convertirse en madres, desconfiando de las que tienen otras inquietudes “poco femeninas”, como estudiar medicina o ser económicamente independientes. Así, «las chicas empezaron a tener novio formal a los doce y a los trece años» y «los confeccionistas de ropa interior femenina lanzaron sostenes con falsos senos de espuma para niñas de diez años». Como dijo Shulamith Firestone, los ideales de belleza asfixiantes son tales que «a las mujeres sólo se les ha permitido conseguir su individualidad a través de la experiencia externa».
Pero en 1960, «el problema que no tiene nombre reventó como un forúnculo oculto bajo la imagen de una feliz ama de casa norteamericana». La mujer aquejada de este problema «tiene un hambre que el alimento material no puede satisfacer». Y «una vez que empieza a ver a través de los engaños de la mística de la feminidad y se da cuenta de que ni su esposo, ni sus hijos, ni las labores del hogar, ni la sexualidad, ni el hecho de ser como las demás mujeres, pueden darle personalidad... encuentra a menudo que la solución es mucho más fácil que lo que creyó en un principio». Se trata de idear, sencillamente, un nuevo plan de vida.
Una persona, sea hombre o mujer, sólo puede conocerse a sí misma mediante «el ejercicio de su propio trabajo creador». Si la mujer elige salir de su “ratonera” buscando un empleo, éste tiene que ser un trabajo serio, que importe, por el cual pueda se convierta en parte de la sociedad: es «la necesidad psicológica de ser económicamente productiva». Y la llave que abre la “ratonera” es siempre la instrucción: la instrucción «es peligrosa y provoca frustraciones... pero únicamente cuando las mujeres no la utilizan».
Ya se preguntaba Simone de Beauvoir : «¿Por qué las mujeres no se cuestionan la soberanía masculina?»Y también: «¿en qué medida el hecho de ser mujeres ha afectado a nuestra vida? ¿Qué oportunidades se nos han dado y cuáles se nos han negado?», «¿Cómo puede realizarse un ser humano dentro de la condición femenina?»
Podríamos contestar a esto que realizarse dentro de la condición femenina pasa por escapar de los engaños de la mística de la feminidad. Porque el problema que no tiene nombre no es, por lo tanto, sino el impedimento de que las mujeres desarrollen plenamente sus capacidades, y esto «está causando más víctimas en el campo de la salud mental y física que cualquier otra enfermedad conocida». Sólo modificando drásticamente el prototipo cultural de la feminidad, sólo derribando las barreras que se oponen a la completa igualdad, las mujeres podrán realizarse como personas, como ciudadanas, como individuos plenos. Así, cada vez surgirán generaciones de mujeres más seguras de sí mismas, más empoderadas, que «no necesitarán que un hombre las mire para sentirse vivas». Porque las mujeres ya no podrán ahogar la voz interior que las impulsa a individualizarse, a ser seres humanos completos y gozar, por fin, de la libertad de ser ellas mismas.
BIBLIOGRAFÍA
FIRESTONE, Shulamith (1976). Dialéctica del sexo. Barcelona: Ed. Kairós.
BEAUVOIR, Simone de (2005). El segundo sexo. Madrid: Ed. Cátedra.
FRIEDAN, Betty (2009). La mística de la feminidad. Madrid: Ed. Cátedra.
domingo, 4 de enero de 2015
Reflexiones sobre "The Yellow Wallpaper", de Charlotte Perkins Gilman
There are things in that paper that
nobody knows but me, or ever will.
Esta pequeña historia está basada en la depresión postparto que sufrió la autora tras dar a luz a su única hija y en el método habitual con el que se curaba la histeria femenina por aquel entonces: la postración terapéutica, es decir, la inactividad física y, sobre todo, la intelectual. En la época victoriana, los diagnósticos de “histeria” eran absurdamente comunes: un médico de 1859 dijo que una de cuatro mujeres la padecía; cualquier dolencia leve era susceptible de ser un síntoma de histeria, enfermedad propiciada, según se decía, por la tensión de la vida moderna. En realidad, evidentemente, se trató de un modo más de controlar a la población femenina.
El doctor Silas W. Mitchell, médico de Perkins, fue quien le recetó una de sus famosas “curas de reposo”, por las que no podría llevar a cabo ningún tipo de actividad creativa ni intelectual. Paralelamente, la protagonista de esta historia, tras sufrir un supuesto desorden nervioso, es enviada junto a su familia a una mansión colonial en el campo, para que repose y se reponga, mediante la total inactividad, por lo que tiene que escribir a escondidas de su marido: «John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado (...) y tengo absolutamente prohibido “trabajar” hasta que me recupere».
El personaje del marido es el paradigma de lo masculino en la época: racional, cabeza de familia, paternalista, trata a su mujer como a una niña, se ríe de ella, la regaña y le ordena qué tiene que hacer. En palabras de Mary Wollestonecraft, las mujeres se mantienen «en un estado de infancia», convertidas «en simples muñecas»: cuando la voz femenina es silenciada, oprimida, ignorada, sólo queda una niña asustada y dividida entre el miedo («estoy tomándole miedo a John») y el deseo de resistencia a esos ideales masculinos («personalmente, no comparto sus ideas»). Así, leemos: «John se ríe de mí, por supuesto, pero qué, si no, podría esperarse del matrimonio», «apenas me deja moverme sin su consentimiento», «me tiene programadas todas las horas del día», «¡se ríe tanto de mí!», «me llamó bendito gansito», «me hace tomar aceite de hígado de bacalao». Además, se dirige a su mujer como si hablara con una niña: «muchachita», «bendito sea su corazoncito», haremos un agradable viajecito», «soy doctor, querida». Según Wollestonecraft, «los hombres que se precian de conceder ese respeto arbitrario e insolente al sexo con la exactitud más escrupulosa son los más inclinados a tiranizarlo y a despreciar la misma debilidad que animan».
Los otros personajes femeninos que aparecen se caracterizan por saber “pasar por el aro”, personificando correctamente el ideal deseado de feminidad. La hermana de John, por ejemplo, es servil, es lo que se espera de una mujer: «es un ama de llaves perfecta y entusiasta, y no aspira a otra profesión». También, Mary, la chica que cuida del bebé, se dedica a él en cuerpo y alma. Y es que la protagonista no puede estar con su hijo: «¡me pone tan nerviosa!». En palabras de Mary Wollestonecraft, «la esposa obediente se vuelve una madre débil e indolente»; «[si los hombres rompieran las cadenas,] los niños no se irían a cobijar a un pecho extraño, al no haber encontrado nunca un hogar en el de su madre». La narradora envidia esa capacidad de “encajar” de las mujeres que “cumplen” con lo esperado, por ello se siente también escindida: ella no puede, no sabe, ser así.
En este contexto, el declive de la protagonista es total, aunque paulatino. Poco a poco, la obsesión por el papel pintado de la pared empieza a aumentar, hasta llegar a convertirse en el centro mismo de su existencia. La mujer que ve dentro del papel es, finalmente, ella misma, atrapada en una vida que es una jaula de oro. De ese modo, se va identificando cada vez más con la extraña mujer que vive en la pared, hasta el punto de que, al final, se funden en un único ser y la pared se vuelve espejo: «supongo que tendré que volver a meterme detrás del dibujo cuando se haga de noche», «por fin he conseguido salir, a pesar de ti y de Jane». La mujer que vive en el papel está «todo el tiempo intentando salir de las barras»: esta proyección de su propia existencia miserable de encierro y privación la convierten a la vez en la mujer que vive cautiva dentro del papel y la liberadora de ésta: «yo tiraba y ella lo sacudía, yo sacudía y ella tiraba». El papel es el símbolo de la familia, del matrimonio, de la medicina, y de la auténtica prisión que todo esto representa.
La protagonista se rebela del único modo que puede: si quieren en ella histeria, histeria tendrán. Vemos cómo va degenerando de una pasividad aceptada, aunque sea a regañadientes («pero... ¿qué puede hacer una?», «yo debo cuidarme y tener buena salud por su bien»), a una degradación emocional total, a un estado de locura, de estar “fuera de sí”. Cuando no se permite hacer uso del intelecto, de la creatividad, ésta acaba explotando igualmente, del modo en que puede. El ambiente claustrofóbico de la historia consigue su cometido de acompañar a la protagonista en esa prisión aplastante, logrando que cada vez sintamos un nudo en la garganta más y más fuerte y poderoso. El color amarillo, además, no es casual, porque es el color de las fotografías deslavadas, el color de la decadencia, que impregna los ropajes y toda la casa. El final de la historia es perfecto, porque se queda abierto: John entra en la habitación y se desmaya, y podemos entrever o un suicidio, o que textualmente ella «gatea por encima de él una y otra vez»: el simbolismo es claro. Los papeles se invierten, y él, ahora vulnerable, se encuentra en el suelo, inconsciente, víctima por fin de la pasividad absoluta que él quiso para su mujer, mientras que ella, imparable, liberada por fin de la prisión, pasa sobre él repetidas veces. Sea como sea, muerta o loca, ha escapado.
Podemos, por lo tanto, ver en este exquisito cuento una fina crítica a la tiranía de la sumisión impuesta por el matrimonio a las mujeres, y el largo y tortuoso camino hacia la independencia, logrado mediante una absoluta catarsis y una explosión de locura y degeneración. Perkins explicó en un artículo sobre por qué escribió esta historia que su intención «no era que la gente se volviera loca, sino impedir que a esas mismas personas las volvieran locas, y funcionó».
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