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miércoles, 3 de febrero de 2016

Cuando prohibir lecturas es más fácil que dialogar

En estos días ha habido una polémica en la clase de mi hija mayor porque a ella, ávida lectora, le han prohibido el acceso a determinados libros en la biblioteca del colegio, al contar sólo con siete años. Estos libros constituyen una serie llamada "El diario de Greg", ya bestsellers, y que además, al tratarse de obras divertidas, están enganchando a muchos niños que hasta entonces no se habían acercado demasiado a la lectura. Y la polémica viene en que "supuestamente" no transmite valores demasiado positivos, porque hay un niño al que le dan collejas y cosas por el estilo.

Todo esto me resulta curioso porque, por otro lado, se les está animando a leer en clase una versión adaptada de El Quijote, cosa que me parece estupenda, pero... ¿acaso el Caballero de la Triste Figura no era poco más que un esquizoide megalomaníaco con complejo mesiánico? Porque que yo sepa, Quijote y Sancho se pasan todo el libro recibiendo paliza tras paliza. Pero claro, si es una obra magna de la literatura, entonces la violencia no importa. Ahí ya está permitida. Y pasa lo de siempre: que lo canónico está bien visto, está establecido, está aceptado. Porque eso no puede ni plantearse que sea algo incorrecto.

Cuando mi hija me contó, indignada, cómo le habían prohibido el acceso a esos libros, la solución fue bien sencilla: comprárselos yo. Recuerdo haber escuchado hace tiempo, creo que a José Luis Sampedro cuando vivía, cómo explicó que cuando a él le prohibían leer algo, su padre -médico, intelectual, inquieto- se lo conseguía por otra vía, porque las ansias de leer no deben de ser nunca cohibidas. Y así, yo puedo aconsejar a mis hijas sobre tal o cual lectura (porque hablando de El Quijote, mi hija quiso leerlo, yo le aconsejé que buscara una versión adaptada, porque la original le iba a resultar extremadamente complicada: aconsejo, nunca prohíbo), pero no puedo poner barreras a sus ansias de conocimiento.

Mis hijas no me pertenecen.



Claro que hay libros que transmiten valores pésimos (los cuentos tradicionales, que sí están perfectamente permitidos en las escuelas, ofrecen una imagen nefasta de las mujeres, pero nuevamente, como son algo establecido y aceptado, nadie lo discute), al igual que sucede con ciertos programas de televisión, películas, videojuegos, ¡qué sé yo! Y creo que todo ello resulta maravilloso para fomentar el pensamiento crítico de los niños, entablar debates constructivos con ellos, y usar todo esto para extraer conclusiones, valores sociales y cívicos, ponerse en el lugar de los demás, hacer ejercicios de empatía, etc.

El problema, nuevamente, que hay en la base de todo esto, creo que es más sutil: dejar a los niños aparcados frente a la tele, frente a un libro, sin hablar con ellos de lo que están experimentando. Y claro, así, resulta mucho más cómodo para esos padres dejarles con algo que sepan de seguro "inofensivo" para que, si no entablan ningún debate sobre lo que ven o leen, su retoño esté protegido antes las inmensas maldades de la vida.



Pero las prohibiciones nunca sirven de mucho, y como no se les puede encerrar en una burbuja, lo prohibido siempre reluce con un mayor atractivo, si cabe. Ahora todos los niños de la clase de mi hija están leyendo esos libros. La prohibición ha conseguido exactamente lo contrario. Con la prohibición (¡oh, dioses!) un montón de niños sobreestimulados se está acercando a la lectura. Aunque sea con un bestseller. Aunque no sea la biografía de la madre Teresa.

Y a mí eso me parece maravilloso.

jueves, 6 de febrero de 2014

La equidad marcial

Ayer me comentaba un conocido que acaba de ser papá por segunda vez que no le están dando el pecho al bebé, así como tampoco lo hicieron con la primera, por ser equitativos en el reparto de tareas y dividir "de un modo justo" la crianza.
Me chocan estas actitudes y realmente no las comprendo, incluso se me antojan una excusa revestida de una supuesta igualdad.
Porque vamos a ver, si yo quiero ser "equitativa", por ejemplo, en el reparto de tareas en el hogar, ¿limpiaré yo medio wc y mi pareja la otra mitad? ¿Sacaré una bandeja del lavavajillas y él la otra? ¿Pasaré el plumero sobre media mesa, y él sobre la otra mitad? ¿Fregaré medio plato y él el otro medio? ¿No es más lógico dividir las tareas de un modo menos estricto, y limpiar yo una habitación y él otra (por ejemplo)?

Con la crianza sucede lo mismo. Hoy por hoy, sólo la persona que acaba de parir es la que tiene leche, y por ende, la capacidad de alimentar al bebé con el alimento más perfecto que existe para él. Evidentemente no creo que a estas alturas haga falta poner los trillones de estudios existentes sobre este tema. Es obvio que la leche materna es el mejor alimento para el bebé, es obvio que está hecha a su medida, es obvio que protege como ninguna otra cosa, y además tiene beneficios para la mamá también.
¿Eso quiere decir que la madre se va a comer todo el trabajo? ¡Pues claro que no!
¿No sería más fácil que la madre se dedique a dar el pecho y el padre haga "el resto"? Y por el resto me refiero a la comida, la limpieza, etc.



Porque éste es un reparto de tareas perfectamente válido, y perfectamente equitativo.
Al igual que lo es que yo limpie la cocina y él limpie el salón.
Me resulta inverosímil preferir sacrificar la calidad de la alimentación y el vínculo de un bebé en aras de buscar una igualdad en proporciones imposibles. Porque así sólo se benefician los egos, pero el bebé se convierte en víctima, ya que no está recibiendo lo que le corresponde. ¿Cronometrarán también el tiempo que cada uno tiene al bebé en brazos, para que sea idéntico? ¿Los besos que cada uno le dé, los contarán? ¿Las veces que cada uno cambia el pañal? ¿Le peinará uno media cabeza, y el otro la otra mitad?

Cada una es libre de decidir dar el pecho o no, por supuesto. Pero por favor, no busquemos excusas disfrazadas de justicia, porque no tienen  sentido. O si no, la supuesta equidad nos hará vivir en poco menos que un cuartel. Y yo, personalmente, dudo que eso sea una familia.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Comparativas que se lleva el humo

El otro día leí en este artículo que los niños españoles son más infelices que otros niños en Europa. Y los argumentos del porqué sucede esto son los de siempre: se les da demasiado, se les sobreprotege, son emocionalmente débiles, no saben cuáles son los límites...

Y es que según dicen ahí, los niños en los restantes países europeos (así, en general) saben adaptarse mucho mejor a según qué cosas, afrontar problemas, solucionarlos solos, y actuar de forma autónoma. Nuestros niños sin embargo no tienen autonomía ni autodisciplina.

Cuando leo cosas así, me pregunto por qué se habla de las familias como fuente de los problemas, en vez de ir un paso más atrás, a la auténtica raíz, que es de índole claramente social.



En España se trabajan demasiadas horas. Es un hecho. Tenemos unos horarios absolutamente demenciales, heredados de la época de Franco, y que hoy por hoy no ya tienen ningún sentido. ¿De qué sirve entrar a las 9, salir a las 2, tener dos horas para comer y salir a las 7? Si llegamos a casa a las 8, ¿cuánto tiempo veremos a nuestros hijos, una hora al día? ¿Qué tiene eso que ver con otros países en Europa, donde se puede disfrutar de la tarde en familia?

¿Qué podemos transmitir a nuestros hijos en una hora? ¿Qué podemos hacer en ese absurdo lapso de tiempo, en el que además nos encontraremos ya agotados tras un arduo día de trabajo, y seguramente nuestros niveles de paciencia y capacidad de escucha estén totalmente mermados, amén de que los niños también estarán cansados?

¿Cómo ayudarles a nada, cómo interesarnos por ellos, si no tenemos apenas tiempo de hacer la cena, darles un baño y meterles en la cama?

Nos quedan los fines de semana para disfrutar, ¡y qué rápidos se marchan! Además, seguramente mucha gente compense esa carencia emocional con cosas materiales. Por supuesto que no es lo adecuado. Pero es un mecanismo como cualquier otro para intentar luchar contra la culpabilidad, la inmensa culpa de sentirse presa de un sistema patriarcal que desde luego no es el más apto para criar niños. Y aún se extrañan de las patéticas tasas demográficas españolas. Milagroso me resulta que nazca un solo niño, visto lo visto.

Estoy cansada de tantos estudios comparando. Comparando la educación española con la finlandesa. Comparando cómo se vive aquí con cómo se vive en otros lugares. ¿Cómo se pueden realizar comparaciones tan a la ligera, ignorando el contexto social de los países, que son los que permiten a los padres actuar como tales, en vez de delegar la educación a los colegios saturados de niños, cuando los colegios deberían instruir y no educar?

Cuando se centren en luchar contra el auténtico hándicap de esta problemática en España, que es la falta total de conciliación con la vida familiar, estudios de esta índole tendrán toda mi atención. Hasta entonces, me resultarán simplificaciones absurdas que no tienen en cuenta las causas, con lo cual no buscan soluciones reales, sino sólo lanzar reproches tildados de sensacionalismo que sólo aumentarán el sentimiento de culpa de los padres... sin ayudar a nada, sin construir nada. Sin servir para nada.

martes, 15 de octubre de 2013

La primera traición

En estas últimas semanas todo ha cambiado, mi dinámica familiar se ha puesto patas arriba y estamos aún adaptándonos todos a los reajustes. Es duro terminar una excedencia de dos años... pero sobre todo es duro tener que separarme de mi bebé.

Sé que no soy la única. En estas últimas semanas, multitud de familias han visto empezar el colegio de sus pequeños, o la guardería. Multitud de familias han pasado por el típico proceso de adaptación de los centros, cada una a su manera.

Mi hija está bien en la guardería. Sé que tiene ya 26 meses, que no es lo mismo que una pobre niña desvalida de sólo cinco. Pero también sé que no se está adaptando, sino resignando. Y no es lo mismo. Todas las mañanas, me marcho de casa dejándola hecha un mar de lágrimas. Todos los días conduzco hasta el trabajo con el corazón encogido, preguntándome si ella piensa que la estoy abandonando a diario. Luego en la guardería ya apenas llora, supongo que porque se ha hecho más o menos a la rutina y porque sabe que después de la siesta la voy a recoger. Pero por las tardes, en casa, está todo el rato gimoteando, siguiéndome como un corderito a todas partes, sin dejarme respirar. Llora mucho y está siempre de mal humor.



Así, todos los días.

Soy consciente de que ya no podía alargar más la excedencia. De que soy afortunada porque he podido estar con ella más que la mayoría de mamás. Pero también soy consciente de que algo falla aquí. De que mi hija sufre. De que esto no es sano mentalmente para nadie. De que el sistema tiene un fallo de base, que para más inri no se puede corregir.

Pasarán los días, las semanas y los meses, y la cosa mejorará, supongo. Pero la sensación de traición estará ahí, enquistada, para siempre.

La primera traición es algo que no se olvida.

jueves, 25 de julio de 2013

De paradojas y puritanismos

El otro día fue célebre la noticia de una pareja joven que cenaba tranquilamente en un restaurante chic de Nueva York y que fue humillada y tratada como un comando terrorista, con un despliegue policial digno de un telefilm casposo de Antena 3. ¿Su crimen? Amamantar a su bebé, ¡oh dioses!, en medio de ese templo esnob de glamour y canapés. Independientemente de la noticia en sí, que no me extraña a estas alturas (un país donde rige tamaño puritanismo es lo que tiene, que se dan estas nefastas paradojas, que las armas son guays y la desnudez es tabú, porque la sociedad patriarcal despunta, y con ello la competitividad, y a mayor competitividad menor afectividad, y a menor afectividad más se separa a los niños desde que nacen, con sus nefastas consecuencias y su perpetuación del círculo vicioso infinito... pero bueno, ésa es otra historia, que me voy).

Lo que me sorprende, lo que me indigna, son los comentarios del artículo en cuestión.

Y es que no aprendo. Hace tiempo que me prometí a mí misma no leer esos comentarios ignorantes y repletos de prejuicios que surgen como setas en cualquier rincón de internet, tipo Menéame (reducto de quinceañeros pajilleros que se atreven a opinar de todo lo que se mueve, ¡ea, no hay miseria!), forocoches, y demás indicadores del profundo saber popular de nuestro país.

Pero vuelvo a caer una y otra vez. Y acabo leyendo los comentarios de los artículos y abriendo perpleja la boca con asombro infinito ante cómo las personas sólo se atreven a expresar lo que realmente piensan bajo el anonimato virtual. Y esas opiniones son muchas, demasiadas, veces aterradoras.


Desde quien dice que "sólo las gitanas y personas con poca educación" dan el pecho en público (curioso que en Escandinavia, países donde las tasas de lactancia son las más altas, sea también donde la educación es la mejor del mundo), hasta quien opina que dar teta en público es sólo propio de "progres" y "exhibicionistas", o quien equipara el alimentar a tu vástago con hacer tus necesidades en público ("yo no cago en público, a ver por qué tienen que dar el pecho delante de todo el mundo"), pasando por quien compara EEUU con países como Afganistán ("seguro que si estuviera en Afganistán no se habría atrevido a amamantar en público"... ¿pero EEUU no era la tierra de la libertad?).

Cuando das teta a tu bebé (porque fíjate tú, los bebés no entienden de horarios, convenciones sociales, ni demás superficialidades que no pintan nada en la mera supervivencia), la cabeza tapa el pecho (sí, aún no he visto ningún niño transparente), con lo cual sólo "se ve algo" si "te esfuerzas" en verlo. Vamos, que no es tan obvio. Tienes que estar observando atentamente para pillar el segundo exacto en el que el pequeño suelta el pezón y la mamá se lo tapa. Y desde luego, si hay alguien esperando ese instante, me parece cuando menos enfermizo. Desde luego, si la queja de los escandalizados comensales iban encaminadas a evitar el micro instante fatídico de la visualización del trozo de pezón... apaga y vámonos.
El burka tetil para un restaurante viene fenomenal, así además te ahorras ponerte la servilleta...

¡Que esas exhibicionistas descaradas, maleducadas y progres se vayan a amamantar al baño, entre dulces olores la mar de acogedores! ¡O que se pongan un burka de ésos de dar teta! Quizás quienes damos el pecho tendremos que quedarnos encerradas en casa haciendo calceta, no sea que nos sorprenda un pezón furtivo el hipócrita de turno que luego tiene escondido bajo el colchón un arsenal de revistas porno... Aaah, pero es que ahí los pechos cumplen su función de objeto sexual y cuando amamantan no. ¿No irán por ahí los tiros? ¡Qué miedo, una mujer dueña de sus tetas, que la detengan, que se me descoloca todo y eso hace pupa!

Y lo peor de todo, como siempre, son los comentarios de mujeres. Terribles. Dolorosos. Tristísimos. Y una muestra como cualquier otra de lo poco madura que aún está nuestra sociedad. Tenemos tanto, tantísimo, que aprender. Tenemos tanto, tantísimo, que reaprender. Tenemos tanto, tantísimo, que desaprender...


viernes, 21 de junio de 2013

Las niñas-repollo

Tengo dos hijas. No les puse pendientes (la mayor se los puso luego, pero porque ella quiso). Siempre les di juguetes de todo tipo (menos bélicos) para que pudieran jugar con lo que a ellas más les gustase. Siempre he intentado escucharlas, respetar sus gustos, hacerlas entender que ellas son especiales por ser quienes son. Por supuesto, por no ponerles pendientes tuve que escuchar un montón de críticas, sobre todo con la mayor que fue quien allanó el camino. La típica señora que te dice por la calle "uy, ¿es una niña? como no lleva pendientes...", a lo que siempre contestaba "sí, señora, ya tendrá tiempo a que la discriminen por ser mujer más adelante, que disfrute ahora de estos años de inocencia pura". La señora de turno no comprendía nada, claro.

Mi hija pequeña tiene casi dos años y no se preocupa por su aspecto. Ella sólo quiere jugar tranquilamente y disfrutar. Le gustan mucho los coches (los vehículos, en general) y subirse a todas partes como una cabra loca. Pero entonces siempre tiene que venir otra típica señora a criticar que por qué no le pongo vestidos. ¿Y a usted qué le importa? ¿Por qué no se pone usted sombreros de copa, que me gustan a mí?


Estas pequeñas actitudes sexistas van haciendo mella, quiera o no, en ellas. Es imposible aislarlas de esto. Y yo luego no sé cómo explicarles que las mujeres no somos objetos, que no somos muñecas tontas a las que sólo les importan los vestidos, el maquillaje y los tacones. Mi hija mayor está cada vez más atrapada en este inevitable paradigma, ¡y no tiene aún cinco años! Me habla de que quiere más vestidos, de que quiere maquillaje, de que le tengo que pintar las uñas...

Es muy complicado, y muy frustrante muchas veces, ir contra corriente. Huir de los papeles esencialistas distribuidos desde el mismo momento del nacimiento, en el que si la criatura tiene vulva ya se la condiciona a ser de determinada manera. Que con minutos de vida ya tengas que entrar en el redil es cruel y sobre todo muy triste. Que tengas que aguantar toda tu infancia ir vestida de repollo y jugar en el parque con un vestidito que no te puedes manchar en vez de con un chándal cómodo no tiene ningún sentido. Y es que si no detectamos y frenamos estas actitudes desde el principio, las cosas nunca cambiarán, y nuestras hijas seguirán preocupándose por superficialidades... que esconden cosas mucho más profundas y peligrosas.

domingo, 9 de junio de 2013

Lo que nadie te cuenta

Es curioso cómo cuando aún no has sido madre tienes unas ideas de lo que es un bebé y cómo luego cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Y es que, si te pones a analizar la imagen de la maternidad y sobre todo del puerperio que transmiten los medios de comunicación y demás, resulta casi espeluznante. No tienes más que girar las páginas de las típicas revistas de puericultura donde casi todo es publicidad, y verás a madres exultantes que empujan un carrito con un recién nacido llevando un tacón de quince centímetros, ropa monísima de marca, la manicura hecha y las mechas recién dadas. O encender la televisión, donde los recién nacidos pueden apagarse y encenderse a voluntad, porque todo sigue igual y el bebé no ha cambiado nada, y en un capítulo de repente sale la madre tan pancha sin el niño (¿dónde lo tiene, escondido?).

También influyen las personas que, con intenciones a veces poco claras, vienen a comparar a tu vástago con el suyo, diciendo que su Manolito duerme diez horas del tirón, come muy bien, está hecho un pepón y es muy tranquilito.


Y ahí estás tú, recién parida, sangrando sin parar, sudando y sintiéndote sucia, con un bebé colgado de la teta día y noche, y sin tiempo ni para asearte debidamente porque no puedes soltar al pequeño sin que berré como si le estuvieras sacrificando, con lo que te lo acabas llevando hasta para sentarte en la taza.

Muchas madres se tiran esos primeros meses deseando que llegue el marido para al menos poder darse una ducha rápida, porque llevan todo el día en casa tumbadas en el sofá dando teta, han comido dando teta cualquier bocadillo cutre, no se han podido ni peinar y no han mantenido una conversación con un adulto en todo el día.

El puerperio es una etapa muy delicada. Y eso nadie te lo cuenta. La maternidad es dura, y exige una dedicación real, una entrega como quizás no hayas conocido hasta entonces. Y eso nadie te lo cuenta. La lactancia, hasta que se instaura debidamente, es a demanda, pero a demanda quiere decir muchas veces estar TODO EL DÍA Y TODA LA NOCHE con el bebé en la teta. No, no es una exageración, repito: TODO EL DÍA Y TODA LA NOCHE. Y eso nadie te lo cuenta.

La crianza en este mundo occidental y frenético ha perdido la referencia de la tribu, las familias son nucleares y muchas veces la mamá recién parida está horas y horas sola en casa con un bebé al que aún no comprende (el vínculo no siempre es instantáneo, aunque eso nadie te lo cuente). Y a veces aparecen las tristezas, las inseguridades, los miedos e incluso el enfado. Porque el cambio es abismal, las prioridades cambian totalmente, de repente te conviertes en el centro de la vida de una personita que depende total y absolutamente de ti, y tú sientes que no existes por ti misma, sino a través del bebé, pero eso nadie te lo cuenta.


Los recién nacidos humanos son vulnerables, altriciales, nacen aún fetos como precio a pagar por la bipedestación, y el estar pegados día y noche a su cuidador principal (generalmente la madre) es lo que garantiza su supervivencia. Hay muchas cosas que se pueden hacer para mejorar estos primeros meses. En primer lugar, portear. Personalmente no sabría criar sin portabebés, me resultaría totalmente imposible. Facilitan la vida enormemente y te permiten cocinar o darte un paseo o dar teta con las manos libres o peinarte un poco, qué sé yo. Después, el colecho: no sé cómo se puede mantener una lactancia sin colecho, realmente. Pero sobre todo y ante todo, hay que saber pedir ayuda. Porque no somos heroínas, y qué bien sienta que a veces venga una amiga a pasar contigo un par de horas y te sujete al bebé mientras te das una ducha. O quedar con otras mamás para compartir inquietudes. O que tu suegra te traiga tuppers repletos de comida para toda la semana. Y sobre todo, que alguien te pregunte "¿qué necesitas?". Esos pequeños gestos lo cambian todo.

¿Qué expectativas tenemos antes, cómo resulta la cosa después? Ser una mujer puérpera es encontrarse con momentos muy delicados, con tu propia sombra, es conocerte a ti misma como nunca imaginaste. Y eso puede resultar tremendamente duro y catártico. Pero eso nadie te lo cuenta.

martes, 4 de junio de 2013

Menos humos y más lucha

Leo apabullada opiniones reacias al feminismo de la diferencia acusándolo de patriarcado encubierto. Explico por encima para quien no sepa de qué hablo: dos de las "corrientes" más mayoritarias dentro del feminismo son el de la igualdad (las mujeres son iguales a los hombres, porque el lugar en el que nos colocamos tiene que ver con los roles aprendidos, con el género que se nos impone desde pequeños) y el de la diferencia (ser mujer es algo bueno y digno de ser reivindicado, y habría que rehuir del patriarcado construyendo algo nuevo, bueno, femenino y diferente). Vale, grosso modo; es mucho más complejo, pero para que nos entendamos. La cuestión es que en muchas webs y blogs sobre el tema, se acusa al feminismo de la diferencia de intentar volver a colocar a las mujeres en sus roles de género (cocina, casa cuidando a los niños, etc), por ejemplo, aquí.

Vamos a ver, para empezar, no existen dos corrientes fácil y claramente delimitadas, sino que existen pensadoras. Y cada pensadora tiene sus ideas. Y dudo mucho que nadie se defina como seguidor al cien por cien de ninguna ideología o corriente filosófica o política (personalmente, por eso encuentro muy difícil el aceptar una religión o partido político, porque siempre le encuentro peros a todo). Así que meter en el mismo saco a todas las "seguidoras" de una corriente (por seguidoras quiero decir a las que más o menos se podría calificar de pertenecientes a dicha ideología, con sus matices, a las simpatizantes por así decirlo) es simplista al máximo.


Voy a intentar exponer mi humilde punto de vista al respecto. Según Françoise Héritier, el patriarcado surgió en épocas prehistóricas como un intento por parte de los hombres de controlar el cuerpo femenino, ya que éste tenía un poder: el de crear nueva vida.  Porque el patriarcado, dice Cristine Northrup, es la separación entre mente y cuerpo. Así, aunque el patriarcado está estrechamente vinculado al capitalismo, las raíces son muchísimo más antiguas. Las mujeres llevamos alienadas toda nuestra existencia.


Ahora entonces vendrán y me dirán que qué es eso de identificar sexo con género. Que existe la intersexualidad. Que no todo es blanco o negro (vaya, justo lo que yo digo respecto a las corrientes feminismo de la igualdad-feminismo de la diferencia). Que no hay mujeres ni hombres, sino personas con genitales de cierta índole, genes y hormonas, y que genéticamente no todo está tan claro siempre. ¡Y sí, de acuerdo, pero no se trata "sólo" de eso!

Si el patriarcado quiere dominar el cuerpo femenino, ¿no es de lógica volver a recuperar dicho control, proclamándonos dueñas de nuestros cuerpos, poderosas, autónomas? No se trata de ir de ecoguay loca que se come su menstruación a cucharadas y venera la sabiduría femenina en un akelarre todos los jueves a las ocho y cuarto. No me refiero a eso. Es que creo que hay que empezar por distinguir entre dos ámbitos: el personal y el social. El problema surge cuando se mezclan ambos sin ton ni son.


Yo no he estado particularmente orgullosa de mis embarazos, ni de mis partos. No me considero ninguna diosa por haber hecho lo que mi cuerpo sabe hacer. Es absurdo. Me encontré feliz y repleta de hormonas, pero eso es todo. No pensé por ello que las mujeres somos superiores por nuestros atributos femeninos. No escondo ninguna androfobia. Estoy muy orgullosa de mis hijas, sí, pero no de mis funciones fisiológicas. Puedo parir y puedo comer y puedo orinar y puedo dormir.

Pero tampoco soy una machista encubierta por haber decidido dar el pecho a mis hijas, por haber optado por una crianza con apego, por haber solicitado una excedencia. Porque lo siento mucho, físicamente yo soy la única dentro de mi pareja que es capaz de dar el pecho. Es que es así, porque mi pareja es un hombre. Si resulta que de repente mi pareja empezara a excretar prolactina por los costados y leche como aquel caso tan célebre, la cosa sería diferente. Pero físicamente, hoy por hoy, soy la que puede hacerlo. No soy mejor por ello. No soy menos tampoco. Es lo que hay. Y por respeto a mis hijas, que cuando nacen no entienden nada de luchas sociales, de feminismos o machismos, acepto esa diferencia y su gran utilidad, y hago uso de ella porque para eso está, porque para mí la lactancia es sólo la prolongación del embarazo, pues viene en el mismo lote. Y no voy a dar biberones para que sea "equitativo". En esos momentos, acepto ser una hembra mamífera, y como tal actúo.


El problema viene cuando identificamos esta diferencia física (que, repito, no quiere decir que un género sea mejor que otro, o que haya géneros puros, dentro de los cuales las mujeres son chupi guays y deban reivindicar un matriarcado falofóbico; hablo de poder tener hijos, me da igual que quien pueda tenerlos tenga genes de tal o cual sexo) con diferencias sociales. El problema viene cuando por el simple hecho de que una mujer pueda tener hijos cobre menos, tenga peores trabajos, y sea peor considerada en el ámbito laboral, aunque resulte igual de buena que los trabajadores masculinos (este experimento lo demuestra ampliamente). A las mujeres siempre se nos valora menos.

Las mujeres somos iguales a nivel laboral. Podemos hacer las mismas cosas. Podemos tener los mismos trabajos. Podemos tener los mismos sueldos. Somos iguales a nivel de inteligencia. Somos iguales en muchísimas cosas a los hombres, pero...

Las mujeres somos físicamente diferentes. Y aquí me da igual que nos identifiquemos con la palabra mujer o no. Yo me refiero a quienes pueden gestar, parir y amamantar. Punto.

Y si la vida personal se mezcla con la vida laboral, si las mujeres presentan un mayor absentismo a causa de los hijos, y si ése es siempre el argumento para degradarnos y no permitirnos ascender o cobrar más... las culpables no somos nosotras. Es el patriarcado, es el capitalismo, es la falta total y absoluta de conciliación. Eso NO quiere decir que las mujeres quieran volver a quedarse en casa con la pata quebrada. Es simplemente que a veces no les queda más remedio porque son despedidas al quedarse embarazadas. Porque su sueldo suele ser más bajo, así que si uno de los dos miembros de la pareja pide una excedencia, suele ser el sueldo de ella el que se sacrifica. Y de todas formas, si dentro de una pareja uno de los dos miembros decide no trabajar, si es un acuerdo entre ellos, ¿dónde está el problema? Eso entra dentro de la intimidad, y no creo que tenga absolutamente nada que ver con machismo.


Si le buscamos tres pies al gato y nos entretenemos con debates de nombres, con rizar el rizo, rizar el rizo rizado y alisar el rizo, al final, ¿qué nos queda? Humo. Nos queda humo, mucha  palabrería... pero poca lucha.

viernes, 10 de mayo de 2013

Darle la vuelta a la tortilla

Todos arrastramos heridas, más o menos profundas. Todos hemos pasado por infancias más o menos felices, y es inevitable que en algún punto los padres fallen. El problema es cuando los padres fallan en muchos puntos. En demasiados puntos. Cuando hay maltrato, sutil o descarado. Cuando hay apego inseguro (ahora te digo te quiero, ahora te trato como a una basura). Cuando los padres están ausentes, hagas lo que hagas para impresionarles. Cuando ves que tu padre colma de besos al perro, pero a ti no es capaz ni de dirigirte una mirada afectuosa. Cuando ves que a tu madre le importa un pimiento lo que te sucede, pero no deja de cotillear en tus cosas para ver de qué puede enterarse.

Entonces, cuando te independizas, muchas veces buscas con desesperación ese amor que jamás tuviste. En tu pareja, en las adicciones, en vete tú a saber qué. Buscas y buscas y no acabas de encontrarlo... porque ese momento ha pasado. Tu infancia jamás volverá. Y en ti ha quedado una espina clavada, que aprieta y hiere y a veces no te deja ni respirar. Es muy difícil sanar una herida si ésta es abierta una y otra vez.

Y luego, un día, tú misma te conviertes en madre. Tú mismo te conviertes en padre. Y es ése un momento mágico, crucial, quizás el más importante. Porque en ese instante tienes dos opciones, y no hay más. O sigues con la cadena familiar de maltrato, o apego inseguro, o lo que sea... o tomas la decisión más valiente del mundo. Le das la vuelta a la tortilla. Terminas con esa maldición familiar, decidiendo podar las ramas podridas, y sembrar nuevas semillas de amor, cariño, respeto y seguridad.


Estos días he leído en las redes sociales una frase de Jodorowsky que se me ha quedado clavada. Dice "el amor que no te dieron en la infancia nadie te lo dará, cesa de pedirlo y ofrécelo". Y creo que de eso se trata exactamente. Tener un hijo para obtener de él el amor que tendrían que haberte dado tus padres es un error tremendo. Porque el amor es desinteresado, y no espera nada a cambio. Y yo no tengo un hijo para que él me ame, sino para amarlo yo.

Si conseguimos romper esa cadena que nos ata a una infancia triste, y convertir el amor ansiado en amor que nosotros ofrecemos a los demás, si conseguimos amar a nuestros hijos como nosotros quisimos ser amados... entonces habrá merecido la pena. Porque sólo entonces, por fin, seremos libres.

miércoles, 24 de abril de 2013

¿Por qué decidimos tener hijos?

¿Por qué decidimos tener hijos? Todos conocemos la típica pareja que no se entiende pero que, aun así, decide tener un hijo. Llenar una relación vacía con una nueva vida. Llenar los silencios, el aburrimiento y la rutina juntos, con imponerse la obligación de cuidar de un nuevo ser, para no tener que analizar lo que está pasando, para no tener que hablar de la relación, para pasar el tiempo entre pañales y nuevas experiencias, y de ese modo tapar la realidad subyacente...

En este tipo de parejas, además, la crianza con apego resulta un estupendo escudo para esconder aún más toda la problemática. El colecho evita los silencios incómodos en la oscuridad de la noche. Porque entonces los silencios pasan a estar justificados, para que el bebé no se despierte (por ejemplo). 

Pero quiero ir más allá. Ya no sólo hay parejas "muertas" que deciden tener un hijo. También hay personas que por cualquier motivo se sienten vacías a nivel personal, porque no se encuentran, porque no saben quiénes son... y deciden llenar ese vacío con un embarazo. Como si un vacío psíquico se llenara físicamente. Gran error.

Y a veces repiten. Tripiten. Se llenan de hijos y no saben por qué.

¿Por qué decidimos tener hijos? Cada una es libre de tomar sus propias decisiones. Cada una tiene su trayectoria personal, su historia única y especial.
Pero tener un bebé para tapar sus propias angustias, para tapar su vacío existencial, es un arma de doble filo. Porque acabará estallando, antes o después. Porque tu bebé no era un niño deseado como tal, sino un mero parche a un problema.


Y no deja de recordarme a mi siempre querido libro "San Manuel Bueno, Mártir", de Unamuno. En él, se decía que rehuir del ocio era la mejor alternativa para evitar pensar. Porque la mente ociosa es el patio donde juega el diablo. Porque cuando estamos ociosos pensamos, le damos vueltas a todo... Sin embargo, cuando trabajamos, cuando nos mantenemos ocupados en otros menesteres, evitamos enfrentarnos a nuestras dudas (en el caso de Unamuno, hablaba de las dudas de fe, pero podemos extrapolarlo a las dudas sobre uno mismo, sobre en qué lugar estamos o qué es lo que queremos). De ese modo, tener un hijo, o varios, y ocuparse de ellos sin resuello, evitando tener un momento a solas con nosotras mismas, a solas con nuestra pareja... es un síntoma inequívoco de que "algo pasa".

Tener un hijo ha de ser algo meditado, y sobre todo, deseado como tal, como un fin en sí mismo, jamás como un medio.

¿Por qué decidimos tener hijos?

jueves, 18 de abril de 2013

El dolor infantil no es de segunda categoría

El otro día me topé con esta página y me pareció increíble la falta absoluta de respeto que supone. Falta de respeto porque evidentemente el padre no le ha pedido a su hijo permiso para publicar fotos de sus momentos más vulnerables. Falta de respeto porque aunque las intenciones fueran hacer algo simpático y gracioso, a mí se me antoja una mofa como un piano. Y, sobre todo y ante todo, falta de respeto porque en realidad no muestra sino lo que la sociedad piensa del llanto de los niños: que éste es siempre por tonterías. Que los niños son seres de segunda categoría, y que su dolor es por lo tanto menor. Que llorar por perder tu juguete preferido tiene mucho menos valor que llorar por discutir con tu amiga, por ejemplo.

Y si clasificamos el llanto en categorías, ¿quién se cree con derecho o autoridad moral suficiente como para erigirse en juez? El dolor es dolor, con dos años o con cuarenta. Y a un niño le duele muchísimo perder su juguete preferido, igual que a ti te pueda doler que te despidan del trabajo. Tu dolor no es más válido que el suyo, porque el dolor es algo absolutamente subjetivo, personal, casi solipsista.


Pero mientras sigamos considerando a los niños como a seres sintientes "pero poco", como sintientes "de segunda", como a "teatreros", "manipuladores", "dictadores" y todo el abanico de calificativos que podemos escuchar fácilmente en cualquier lugar... entonces será normal que aparezcan páginas como éstas, que la gente las vea como algo cómico, y que en vez de atender a ese niño que llora se le hagan fotos como recuerdo de ese "momentazo drama".

martes, 9 de abril de 2013

Cuentos, mitos y habladurías de abuelas

El otro día me comentaba una amiga que su madre se sorprendía de que aún tuviera leche, ya que "no bebe vino". Sí, palabras textuales. Una vez recuperada de mi estupor inicial, y tras conseguir cerrar la boca sin partirme la mandíbula, me dijo que en su familia es una creencia habitual lo de que sólo bebiendo (mucho) vino se produce leche.

Y entonces me puse a pensar en tooodos los mitos que hay acerca de la lactancia, de la crianza, de todo en general. Algunos son hasta divertidos. Otros, peligrosos. La mayoría, simplemente absurdos.

Y no, bebiendo vino no se "produce más" leche. Ni bebiendo leche de otro animal se produce leche. No hay leches mejores que otras, ni madres que tendrán más leche sólo por el tamaño de sus tetas. Tampoco es cierto que los niños tengan que aprender a caminar con zapatos porque sólo así no se les deformarán los pies. Ni que sea peligroso dormir con bebés porque el riesgo de aplastamiento es altísimo. Es mentira que el método Estivill no deje secuelas. Y no coger a tu bebé en brazos es triste para ti, pero terrible para él.

Hoy en día, tenemos a nuestro alcance una enorme cantidad de información. Las madres de hoy no somos unas mujercitas bobaliconas que asentimos a todo lo que nos diga el pediatra de turno sin preguntarnos el porqué. Somos cada vez más cultas, más leídas, y poseemos más seguridad en nosotras mismas, en nuestras capacidades para comprender, meditar, escoger. Porque no dejamos que decidan por nosotras, y somos capaces de sopesar, de cribar entre un montón de información supuestamente contradictoria y saber dónde está la verdad: en la ciencia. Siempre.


Así que todos esos cuentos de abuela no deben enfurecernos. Son sólo el reflejo de algo anterior, donde por desgracia no había tanto acceso a una información veraz, científica y contrastada. Lo importante es siempre saber dónde estamos, qué pensamos, qué creemos... quiénes somos.

sábado, 23 de marzo de 2013

La cosificación de la inteligencia

Creo que fue Galileo quien dijo algo así como "Si no puedes medir algo, hazlo medible". Muchas veces he pensado en qué implicaciones tiene una frase tan tremenda como ésta. Y creo que, en general, tenemos una tendencia a cuantificarlo todo, porque quizás de este modo las cosas se vuelven más manejables. Lo que podemos matematizar es en cierta manera algo seguro, controlado, y eso aparta posibles neurosis del camino. Lo cuantitativo es, en ese sentido, más amable que lo cualitativo, porque resulta más fácil de categorizar.

Hace unos días nos dijeron que mi hija mayor tiene un CI altísimo. Que era "superdotada" (qué palabra más horrenda) es algo que sabíamos desde hacía tiempo, pero con la realización de los tests en un centro especializado la sospecha se confirmó.

¿Qué quiere decir el "cociente intelectual"? ¿Cómo puede la inteligencia de una persona medirse con una simple cifra? Es que me pongo a pensar en el maravilloso libro de S.J. Gould "La falsa medida del hombre" (imprescindible a mi parecer para comprender cómo se ha cosificado la inteligencia a lo largo de los siglos, sesgando los resultados de diversas pruebas para demostrar que los hombres son más inteligentes que las mujeres, o los blancos que los negros, o...) y veo que, en realidad, aunque los tests ya no estén manipulados para favorecer a un determinado segmento de la población, sí se sigue reduciendo la inteligencia a un resultado meramente cuantitativo.

Y esto me produce unos sentimientos tremendamente ambivalentes.

¿No es el cerebro de una plasticidad impresionante? ¿No seguimos a años luz de comprender su funcionamiento? Entonces, ¿cómo se puede poner una etiqueta tan fácilmente en una persona, que no es hoy la misma que ayer, ni la misma que será mañana? ¿No es simplificar en demasía algo que en realidad es intangible?

Vamos a ver, yo misma fui una niña de altas capacidades. Y tuve una infancia dura. Y me niego rotundamente a permitir que mi hija pase por algo parecido. Que tenga que llevar una etiqueta pegada en la frente eternamente. Que se le dé más importancia a su inteligencia intelectual que a la emocional (¡mi gran asignatura pendiente, ojalá me hubieran enseñado a mí a manejar mis emociones, ahora no tendría tantísimas dificultades sociales!). Que se la aparte o se la llame "rara". Que se pongan en ella unas expectativas absurdas, sin tener en cuenta sus sentimientos o preferencias.


Por un lado, me alegro de haberle hecho el test, porque el tener altas capacidades indica cómo funciona su cerebro en relación con el aprendizaje y la catalogación mental, así como con la resolución de problemas. Pero por otro lado, sé que eso tampoco le otorga una ventaja especial en este mundo. Al revés, incluso. Creo que ser "listo" es más útil que ser "inteligente", máxime en el ámbito laboral y social. Además los niños con altas capacidades tienen muchas veces (en su caso es así) un desfase emocional. Y ahí es donde yo quiero entrar.

Deseo que esto nos sirva no para colocarle una etiqueta con un número, sino para tenderle mi mano y acompañarla en este camino que iremos descubriendo juntas. Porque la vida es un continuo aprendizaje, y espero que me permita aprender junto a ella.

jueves, 21 de marzo de 2013

Cuando el consuelo está en la piel

Cuando tenía unos quince años, fui voluntaria durante un tiempo en un hospital de Cottolengo. Para quien no los conozca, viven ahí mujeres pobres de todas las edades y con enfermedades terribles. Lo que más me impresionaba eran las niñas. Estaban en una habitación muy grande, aparcadas como muebles viejos y olvidados porque no había ni dinero ni personal para estimularlas de ningún modo. Recuerdo a Vera, una niña de cinco años con hidrocefalia severa, muda, sorda, paralítica. Recuerdo a Olimpia, una preciosa pequeña con un retraso mental muy severo que sólo quería ser abrazada. Recuerdo el día en que dejaron allí a Camila, el día en que la abandonaron, y cómo ella gritaba y gritaba llamando a su madre. Han pasado miles de años, y aún recuerdo muchísimas cosas, como las inevitables lágrimas al salir de ahí la primera vez, o el inevitable alivio al conocer que Vera había muerto (porque ésa no era vida para nadie). Recuerdo el estar preguntándome constantemente qué sentirían esas pequeñas, qué pensarían, si alguna vez se sentían felices, si alguna vez se sentían completas.

Y en medio de ese lugar tan desolador, descubrí una cosa maravillosa: existe un lenguaje universal más allá de la enfermedad, más allá de la inteligencia, más allá de todo. Porque cuando esas pequeñas lloraban, había una cosa que las calmaba. Porque allí vivían niñas como Pili, que era sorda, ciega, muda e inválida, que lloraban de repente, con un gemido bajito y tristísimo. ¿Y qué remedio existía para sacarlas un instante de su miseria? Un abrazo. Sólo eso. El tacto es un sentido maravilloso que atraviesa todas las barreras sensitivas. Porque aunque sea el único sentido que te quede, te entregarás a él al máximo. Esas niñas podían comunicarse a través de las caricias. El problema era que recibían las mínimas. Y en ese momento fugaz, parecían felices.


Existe aún una tremenda manía de separar a los recién nacidos de sus madres. De privarles, así, de ese primer contacto absolutamente tranquilizador, de comunicar con ellos toda la dulzura y toda la protección por medio de la piel, el órgano más grande del cuerpo humano y al que no le prestamos toda la atención que deberíamos.

Y cada vez que escucho de un niño al que han separado de la madre por no sé qué protocolos absurdos y obsoletos, o al que se han llevado al nido, recuerdo a Vera, a Olimpia, a Pili, a Camila y a todas las demás. Y no puedo evitar imaginarme esa sensación de soledad total, esa sensación de soledad brutal.

domingo, 3 de marzo de 2013

Un clavo no siempre saca a otro clavo

Sucede a veces que tenemos un hijo y las cosas no suceden como habíamos previsto. Y el parto no es lo que esperábamos. O la lactancia. O algunos aspectos de la crianza que, de repente, nos salen del revés. ¡Tantas expectativas que mueren, que se nos escurren por entre los dedos, sin poder hacer absolutamente nada para remediarlo! Y es que los humanos solemos construirnos siempre castillos de ilusiones a corto o largo plazo, anticipamos irremediablemente todas las experiencias de la vida, máxime las que significan algo tan especial.

Sucede a veces que entonces esperamos un segundo hijo. Y en ese momento la anticipación se transforma en otra cosa: se convierte en un ansia secreta, en un "ahora sí que voy a conseguir esto, ahora voy a remediar esto otro". De ese modo, ya no fantaseamos con situaciones idílicas e inocentes, sin más, como con el primero, sino con situaciones que combatan los errores del primer hijo, que vengan a "curarnos" de ese mal sabor de boca.

Y a veces sucede que ese segundo bebé, como es imposible preverlo todo, anticiparnos a todo, viene con sus propias dificultades y novedades, que ni siquiera habíamos imaginado, porque sólo estábamos deseando remediar los errores del primer retoño, sin pensar en el segundo como en un ser distinto y con su propia historia.

¿Qué nos pasa? ¿Qué queremos demostrarnos a nosotras mismas, o a los demás? ¿Quieres una lactancia estupenda porque es lo mejor para ese segundo bebé, o para demostrar que sí eres capaz? ¿Quieres parir sin epidural porque ésta tiene muchos efectos secundarios, o para que el marido vea la jabata que estás hecha? ¿Has pensado alguna vez en todo lo que subyace bajo estas "experiencias reparadoras"?

Todo esto me da vueltas porque, muchas veces, nos enfrentamos a este camino que es la maternidad sin haber curado nuestras propias heridas. Sin haberlas inspeccionado siquiera. Arrastramos una mochila de emociones de nuestra propia infancia, de la relación con nuestros padres, de carencias afectivas de toda índole, y en ese contexto tan frágil nos convertimos en madres. Y cuando las cosas no suceden como esperábamos, porque esto será así, porque nunca, jamás, sale todo como en ese mundo ideal que esculpíamos con la imaginación... entonces el castillo de naipes emocionales se derrumba.


Y queremos sanar nuestras propias heridas, que se han visto reabiertas de la mano de la frustración que ese primer niño nos ha producido, de esa impotencia de no conseguir que las cosas fueran como deseábamos. Y nos vemos, de nuevo, convertidas en unas niñas pequeñas, temerosas, vulnerables y frágiles, que sólo desean esconderse debajo de una mesa. Y esas heridas, en lugar de que sanen mediante un profundo trabajo interior, enfrentándonos a nuestros hábiles fantasmas que tanto nos rehuyen, pretendemos que cierren, como por arte de magia, al tener otro bebé con el que, esta vez ¡sí!, será todo perfecto.

¿En dónde queda el hijo mayor, artífice de los errores de padres primerizos? ¿En dónde queda el segundo, con tantas expectativas sanadoras puestas en él?

Creo que, cuando esto sucede, deberíamos parar un momento. Y buscarnos. Buscar a esa niña asustada que aún tenemos por ahí, reconciliarnos con ella y ver qué demanda, antes de construir más y más ilusiones para subsanar errores pasados. Y, sobre todo, no anticipar. Es terriblemente difícil, pero al igual que nuestro primer hijo no vendrá a tapar nuestra propia historia, el cómo fue nuestra niñez, el segundo no puede venir a tapar los errores del primero. Cada persona tiene su propio camino. Y no podemos forzar que se tapen los unos a los otros porque, tarde o temprano, si tapamos una capa con otra capa, acabarán estallando voluptuosamente en el momento menos oportuno.

jueves, 14 de febrero de 2013

"El rollo holístico, que vende"

En el mundo, siempre hay oportunistas. Es algo inherente al ser humano. Es algo inherente a todas las profesiones. De repente, hay algo que se pone de moda, ¡y plaf! Se adhieren sin pensárselo dos veces personajes de toda condición.
En este mundillo de la crianza con apego y temas afines sucede lo mismo, por supuesto. Y así, psicólogos conocidos por ser conductistas a tope y despreciar a los niños, de repente escriben libros o dan cursos sobre respetar ritmos, etc. O ginecólogos que usaban instrumentos como auténticos hombres orquesta de repente quieren hacer partos respetados. O chicas provincianas que no saben dónde van los plásticos en el cubo de reciclaje, de repente abren tiendas de temas ecológicos.
Claro, es que los tiempos cambian, y lo ecológico, "lo natural", parece que vende. Y si das una patada, de debajo de las piedras salen buitres que sólo esperan su oportunidad de ganar dinero aprovechando el filón de todas estas "tonterías newage". Es, como dice mi chico, "el rollo holístico, que vende".


¿Alguien se cree realmente que ¡puf! por arte de magia un montón de personas de convicciones supuestamente firmes cambien de opinión y de bando, y se pongan a defender a capa y espada otros modelos de crianza, de vida, de nacimientos? Las bondades del respeto en todos los sentidos (a las mujeres, a los niños, a la naturaleza) son muchas, pero que haya conversos tan vehementes y tan de golpe de todo lo "ecoguay"... pues me hace sospechar, lógicamente.
El problema de todo esto es que no es en vano. Hay víctimas. Porque quienes así ejercen su actividad, por el mero hecho de ganar dinero, sin creer realmente en lo que defienden... ni lo van a hacer a gusto, si lo van a hacer bien. No funciona. Y las madres primerizas, por ejemplo, son víctimas fáciles de este tipo de personajes.
Hace poco estuve viendo una página web llamada "susurradora de bebés" de una mujer que, subiéndose al carro del respeto, la empatía, la crianza natural y demás, afirmaba cosas como buscar la independencia de niños de tres meses y barbaridades semejantes. Recomiendo su página, es pasmoso encontrar tal cantidad de contradicciones en tan corto espacio. Y si esto se quedara en una anécdota más o menos graciosa pues no pasaría nada... pero esta señora tiene en su perfil de Facebook un montón de seguidoras, ávidas de cada palabra que sale de sus labios. Y resulta muy triste. Resulta triste decir sólo lo que las madres quieren oír, aprovechándote de su vulnerabilidad, de su fragilidad emocional en el momento del puerperio, para separarlas de sus hijos con maniobras totalmente ambiguas y que fomentan, en definitiva, un apego inseguro.
Y éste es sólo uno de tantos ejemplos. Se pueden encontrar por todas partes, sólo hay que ahondar un poco, rebuscar en las biografías de quienes ahora dicen una cosa y antes decían la contraria. Por supuesto, puede haber conversos, la gente cambia de opinión. Pero no todos. Lo que sobre todo hay son oportunistas.
Creo que, en definitiva, lo importante es seguir siempre tu instinto. Así que si vas a un curso y el que lo imparte parece que lleva un disfraz, desconfía. Si vas a comprar un fular o un pañal de tela pero la dependienta no sabe ni lo que vende, desconfía. Si vas a un ginecólogo que te promete el oro y el moro (por una cuantiosa suma) pero ves que dice cosas contradictorias, desconfía.
La información es poder. Y hay mucha información para contrastar. Internet está repleto de información. Sólo tenemos que tener el suficiente criterio como para no fiarnos del primer gurú que asome por nuestra puerta. Hay que leer, hay que investigar... y después de eso, decidiremos. Con tranquilidad, con cabeza. Con corazón.

lunes, 11 de febrero de 2013

Una sociedad recoge lo que siembra

Recientemente, a raíz de un programa televisivo sobre la situación educativa en Finlandia, ha saltado a la palestra el debate de por qué no tenemos en España un sistema educativo similar. Y es que por muchas vueltas que le demos, comparar Finlandia con España es como comparar manzanas con coches. Es que no tiene ningún sentido porque a nivel social estamos a años luz. No quiero caer en el típico cliché al que tanto tendemos de idealizar Escandinavia, porque nunca he estado ahí y no me veo cualificada para hablar de lo que no conozco, lógicamente. Así que trataré sólo de la parte con la que me topo a diario:


  • En España, los niños NO son lo primero. Y es curioso, porque cada vez tenemos menos hijos, pero en lugar de dedicarles más atención, les dedicamos menos. Y es que aquí, lo primero es el trabajo. Los horarios son absurdamente incompatibles con una vida familiar de calidad. Conservamos aún en gran parte de las empresas los horarios que surgieron en la época de Franco, en la cual el pater familias se iba a comer a casa y hasta podía echarse la siesta para después volver a la carga. El problema es que ya no sólo trabaja el marido. Si antes con un solo sueldo vivía toda la familia, ahora son necesarios dos muchas veces para llegar a duras penas a fin de mes. Y si ambos progenitores están trabajando hasta las siete de la tarde y más allá... ¿quién se encarga de los niños? ¿El colegio, las actividades extraescolares, los abuelos? ¿La televisión? No hay medidas de conciliación reales (NO, conciliar no es ampliar los horarios de guardería, conciliar es reducir los horarios de trabajo, volverlos más intensivos), y no deja de ser chocante cómo en España trabajamos más horas que en muchos otros países, pero la productividad es mucho menor. Ya explicó Marx en su día las diferencias entre plusvalía absoluta y plusvalía relativa, y no voy a entrar en eso... Pero existe una causa-efecto (muchas horas de trabajo -> poco tiempo con los hijos) difícil de romper. Si lo primero de un país no son los niños, esto es, el futuro de dicho país, mal empezamos. Además, tenemos tendencia al calientasillismo (estar muchas horas en el trabajo, aunque juguemos al solitario o nos rasquemos la nariz, para "aparentar" que trabajamos más que el compañero), lo cual se solucionaría si se trabajara por objetivos y no por horas. Por desgracia, muchos lugares de trabajo son paternalistas y viejunos y no confían en sus empleados, por lo que se dificulta el teletrabajo y otras medidas que ayudarían a la conciliación. La figura del jefe bigotudo y con olor a alcanfor paseándose entre las mesas comprobando que la gente está trabajando de verdad sigue siendo de plena actualidad. Y tiene muchísimo que ver con cómo estamos educados, con lo cual se forma un círculo vicioso. 
  • En España, la picaresca es el primer paso de la corrupción. Éste es un punto controvertido. Pero siempre he opinado que los políticos de un país son un claro reflejo de cómo está establecida su sociedad. Todos nos escandalizamos cuando un político roba miles de euros. Pero pocas personas se encuentran una cartera en el suelo y la devuelven a su dueño. Todos nos escandalizamos cuando un personaje público miente en sus declaraciones. Pero todos copiamos en los exámenes y mentimos en los currículos y ni nos despeinamos. Todos nos escandalizamos cuando en las altas esferas hay una carencia total de civismo... pero seguimos sin recoger las cacas de los perros, aparcamos en doble fila por no caminar tres metros y vamos, sin más, a nuestra absoluta bola. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que habría que ver cuántos de nosotros, en la situación de ser sobornados (por ejemplo), no caeríamos en el cesto. Por eso digo que la picaresca es una corrupción "light". No educamos para el civismo y la honradez. No lo hacemos. Pasamos poco tiempo con los hijos, y no les mostramos que la base de cualquier sociedad ha de ser el respeto hacia los demás. Una sociedad recoge lo que siembra.
  • En España, confundimos instrucción con educación. Consecuencia de los dos puntos anteriores, muchos padres delegan en el colegio absolutamente todo. Tienen un hijo, y ea, que sea el colegio quien se encargue de todo. Pues no. La crianza y la educación tienen que venir de las familias. Los colegios están para instruir. Es que no es lo mismo. Pero si no podemos pasar tiempo con nuestros hijos, y cuando llegamos a casa estamos tan cansados que sólo nos sale pegar cuatro gritos, ¿cómo vamos a educar a nadie? ¿Cómo vamos a enseñar respeto a nuestros hijos cuando estamos tan quemados del día a día en las junglas laborales, que sólo nos salen improperios?
  • En España, la educación de los colegios lleva años estancada en un modelo que no funciona. Las clases están planteadas con una estructura donde todos los niños se tratan sin tener en cuenta sus peculiaridades, porque aunque se llenen la boca como palabras como "diversidad", si una clase tiene 27 niños y un solo profesor, y una estructura decimonónica donde todos deban estar sentados durante horas sin moverse y sin fomentar la creatividad, el criterio propio o la curiosidad, añadir peculiaridades a este esquema (niños inmigrantes que no conozcan el idioma, niños en grupos de riesgo de exclusión social, niños con déficit de atención, o con necesidades especiales, etc) sólo lo empeora. Además se fomenta la competitividad en vez de la colaboración (luego será lógico que en la vida laboral no sepamos trabajar en equipo), y la calificación por medio de notas hace que no importe lo que aprendas realmente, sino que se trata de meterse un montón de datos dentro del cerebro, escupirlos en el examen y a otra cosa mariposa... ¿Cuántas cosas recordamos de las que aprendimos en el colegio? ¿Para qué sirve todo eso, entonces? Por no hablar de las reformas educativas, con clara carga política, que ponen patas arriba todo el sistema educativo una vez tras otra.


En fin, que creo que todo está relacionado. Educación, sociedad, trabajo, organización vital. No podemos pretender traer un modelo educativo que está basado en una estructura social que nos es totalmente extraña. Porque ese modelo educativo traería de la mano precisamente toda una serie de grandes cambios sociales.
Yo quiero ser optimista, porque veo que cada vez más personas alzan la voz contra este modelo demencial de trabajo y de educación. Y los cambios no siempre se producen de golpe, a veces hay pequeñas revoluciones silenciosas y lentas, pero que al final incluso calan más que la pataleta inmediata.
Pero lo que está claro es que por algún sitio hay que empezar. Que no sabemos si fue antes el huevo o la gallina. Pero que hasta que no tengamos claro que los niños son lo primero, y que sin educación no somos nada, no somos nadie, no podremos avanzar hacia una sociedad más madura y civilizada.

viernes, 1 de febrero de 2013

Tus hijos no son tus hijos

Hace unos días en las redes sociales se hablaba con estupor acerca de un vídeo en el que se ve a un pobre niño de entre tres y seis años siendo obligado a tatuarse por su madre. El niño patalea y se retuerce de dolor mientras tres adultos le sujetan. Dicho vídeo ha dado la vuelta al mundo causando indignación por doquier. Desconozco los motivos de tatuar a una criatura indefensa (por ahí he leído que era por algo religioso, no sé si será cierto). Pero parémonos por un momento a pensar.
En el mundo entero, miles de niños son obligados a diario a todo tipo de modificaciones corporales, en función de las distintas culturas y creencias: tatuajes, escarificaciones, ablaciones, circuncisiones, perforaciones, deformaciones por joyas (como las célebres mujeres jirafa, de la tribu de los Padaung,  proceso que empieza a los cinco años). Sucede así desde siempre, y pocas personas ponen el grito en el cielo. Recuerdo una vez en la facultad a un profesor de antropología defender la ablación porque según él "no podemos verlo todo con una perspectiva etnocentrista, sin tener en cuenta el relativismo cultural".


Pues bien, señor profesor, lo siento muchísimo, llámeme etnocentrista, pero me resulta una auténtica burrada.

¿No nos parece a todos que obligar a un niño pequeño a modificar su cuerpo por capricho de sus progenitores no es lícito, no es moral, es un auténtico abuso de poder?

Entonces... ¿por qué hay gente que perfora las orejas de sus hijas?

Pues exactamente por lo mismo: porque está en su cultura. Y no lo ven. No se salen de ahí. (Marcamos a las niñas para hacer una distinción de género, no sea que alguien las confunda con chicos. Desde que tienen pocos días, ya tienen ahí ese sesgo de género, ya se condiciona cómo los demás las van a tratar. ¡Con lo cómodo que sería para los bebés vivir en un anonimato de género!)

Vaya, señor profesor, no soy tan etnocentrista como pensaba... ¿No habrá quizás una moral por encima de las culturas? ¿No debería estar el sensocentrismo por encima del etnocentrismo o de cualquier otro posicionamiento cultural? Hay que evitar sufrimiento a quienes pueden sufrir. Tan sencillo como eso.

Y ahora habrá gente que se agarrará al mañido argumento de que no es lo mismo, de que una cosa es un doloroso tatuaje y otra "un pinchacito de nada" de los pendientes. Pero es que el dolor es una cosa muy relativa, para empezar. Cada uno siente el dolor de un determinado modo, y no a todos nos duelen las mismas cosas con idéntica intensidad. Yo por ejemplo tengo un tatuaje, y éste no me dolió apenas cuando me lo hice. Lo que quiero decir es que... ¿quiénes somos nosotros para juzgar qué le duele a quién, y cuánto? Y, por otro lado, qué más da que sea más o menos doloroso, como si no lo fuera: modificar el cuerpo de tu hijo, basándote en tu superioridad sobre él, no es justo. Si los pendientes no dolieran en absoluto, opinaría exactamente igual. Yo no tengo derecho a decidir sobre el cuerpo de mi hija, porque mi hija no me pertenece.


Yo no le hice pendientes a ninguna de las dos. Cuando mi hija mayor tenía tres años, quiso hacérselos. Esperé varias semanas a ver si era algo pasajero o una decisión firme. Vi que se trataba de lo segundo, así que le acompañé, se los hizo muy feliz, y hoy en día es una presumida de sus pendientes. No fue más traumático para ella que hacérselos de bebé (aún hay gente que piensa que a los bebés las cosas no les duelen, no hace tanto que por esto eran operados sin anestesia, los pobres), al revés, lo fue mucho menos porque se trató de una decisión consciente por su parte. Ampararse en que el perforar de bebé es mejor "porque luego no se acuerdan" es totalmente inmoral. Es que entonces se puede justificar cualquier cosa. No se debe de hacer daño a los niños, independientemente de si se acuerdan o no. Tú sí te acordarás de que aquello sucedió.

En definitiva, creo que los prejuicios culturales muchas veces no nos dejan ver más allá. ¿Cómo podemos escandalizarnos de ver cómo tatúan a un pobre niño indefenso, y nos parece correcto ponerle un par de pendientes a un bebé de dos días? No lo comprendo, ni lo haré nunca.

Y termino con este poema tan hermoso de Kahlil Gibran que tanto hace pensar...

Tus hijos no son tus hijos 
son hijos e hijas de la vida 
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti 
y aunque estén contigo 
no te pertenecen.  

Puedes darles tu amor, 
pero no tus pensamientos, pues, 
ellos tienen sus propios pensamientos. 

Puedes abrigar sus cuerpos, 
pero no sus almas, porque ellas, 
viven en la casa del mañana, 
que no puedes visitar 
ni siquiera en sueños.  

Puedes esforzarte en ser como ellos, 
pero no procures hacerlos semejantes a ti 
porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.  

Tú eres el arco del cual, tus hijos 
como flechas vivas son lanzados. 
Deja que la inclinación 
en tu mano de arquero 
sea para la felicidad.

jueves, 10 de enero de 2013

Todos fuimos, alguna vez, niños asustados

Una de las cuestiones más recurrentemente polémicas son todas las referentes al maltrato infantil. Esto es, qué es maltrato y dónde está el límite. Porque claro, todo el mundo está de acuerdo en que (por ejemplo) quemar a un niño con un cigarro es maltrato, o pegarle con un cinturón. Pero hay una especie de zona turbia donde las opiniones se dividen, ¡y mucho además!

Para empezar, vamos a intentar no pensar en los niños como niños, sino sólo como seres más desvalidos, mental y físicamente. Pues bien, maltratar a seres más desvalidos es muy fácil, tremendamente fácil. Y ni siquiera hay que "hacer daño físicamente". Sólo con demostrar tu poder, tu posición dominante, es suficiente. Porque de ese modo crearás una sensación de indefensión, humillación, e incluso miedo. Si yo soy un hombre de 100 kilos y cuando mi mujer no hace lo que yo quiero, le pego un bofetón, aunque sea "flojo", habré conseguido "marcar territorio", decir que yo soy más fuerte, que yo mando, y que ella estará supeditada siempre a lo que yo opine.


Los dos argumentos más típicos que enarbolan quienes defienden el mal llamado "cachete educativo" son:
* "No es lo mismo un azote, o un cachete, que pegar con un cinturón, hay grados".
* "Pues a mí de pequeño/a me pegaron azotes y aquí estoy, sin ningún problema".

Lo de los grados es algo que no comprendo. ¿Está entonces mal llamar "gilipollas" a tu hijo pero es correcto decirle "imbécil", por ejemplo, puesto que son "grados diferentes" de insultos? ¿De verdad hay personas que opinan que la frontera es firme? ¿No ven que los límites son absolutamente difusos? Es que no se trata de "grados", de si "hace daño" o no. Se trata del trasfondo, de lo que hay por debajo, del mensaje que lanza cualquier tipo de violencia. Y este mensaje es siempre, siempre, el mismo. No nos engañemos. Este mensaje es "yo estoy arriba, tú estás debajo, yo ordeno, tú obedeces". Y para el caso, da igual pegar con una zapatilla, la mano abierta o un látigo de siete colas. Pegar es humillar. Pegar es demostrar tu poder. Pegar es vejar. Y pegar es dar mal ejemplo: no comprenderé nunca a la típica madre que le da un bofetón a su hijo como castigo porque él ha pegado a su hermano. ¿Qué estamos transmitiendo de ese modo, salvo que "hay clases" y que sólo unos cuantos tienen derecho a pegar? ¿Y entonces, cuando el hijo sea más fuerte que la madre... qué? ¿A un programa de ésos de la tele de "adolescentes tiranos"? La cadena del maltrato es poderosa.

En cuanto al mañido argumento de "a mí me han pegado, mis padres son estupendos y no tengo ningún trauma" me hace pensar, una vez más, en el sistema profundamente adultocentrista en el que nos movemos. Porque aunque ahora, a posteriori, con los años, nuestras neuronas espejo nos hayan posicionado del lado de nuestros padres (es más cómodo, así evitamos recordar cosas que nos harían daño), seguro que de pequeños no nos hacía ninguna gracia. Es más, seguro que de pequeños nos sentíamos desgraciados y humillados cuando nos castigaban de este modo. ¡Por qué lo hemos olvidado! El mecanismo de defensa de verlo todo desde una perspectiva oportunista es terriblemente efectivo. Porque de ese modo podemos olvidarnos de que nosotros también fuimos niños asustados.

Por lo tanto, no podré comprender jamás la defensa de ningún tipo de violencia, por "suave" que sea. Porque la violencia es violencia. Porque lo que importa no es tanto el daño físico, sino el mensaje que hay por detrás. Y eso psicológicamente es devastador, ya sea un azote, un bofetón, o una paliza.

domingo, 30 de diciembre de 2012

De adopciones y más

Estos días he estado leyendo el libro "Venida de la lluvia. Historia de una adopción internacional", porque el tema de la adopción me atrae cada vez más por diversos motivos. La cuestión es que es un libro muy interesante porque se acerca a la adopción desde un punto de vista autobiográfico, contando cómo fue su proceso personal, lo cual resulta plenamente emotivo y esperanzador. Del libro me ha gustado sobre todo cómo separa la adopción con la mañida idea de "caridad": es que, aunque parezca mentira, muchas personas aún creen que adoptar un hijo se hace por caridad, o solidaridad, para el caso es lo mismo. Y es muy triste pensar de ese modo, ya que una adopción por esos motivos siempre estará ligada a una idea intrínseca de "agradecimiento" por parte del hijo. En plan "mira todo lo que he hecho por ti, recogiéndote de la miseria, debes estarme agradecido por ello". No digo que haya padres que pronuncien estas palabras. Pero esa sensación estará ahí, latente, para quienes vean en la adopción una especie de tarifa plana con el cielo o algo por el estilo.

La maternidad no tiene nada que ver con la solidaridad. Quienes deseen ser solidarios, sólo tienen que apuntarse a una ONG, hay muchas maneras de colaborar con los más necesitados. La maternidad sólo tiene que ver con el amor, y el amor es darse, sin más, sin esperar nada a cambio. No se busca ningún agradecimiento, ninguna respuesta. El amor es un sentimiento puro que, simplemente, brota, y ya no hay quien lo pueda parar. La solidaridad es un acto puntual, no puede mantenerse una relación de por vida basada en dicho sentimiento.


Por otro lado, no me ha gustado nada del libro la manera de criar que tiene la autora. Resulta sorprendente que una doctora en filosofía tenga tan poco pensamiento crítico. Se queja continuamente de dolor en los brazos al llevar a su hija (¿por qué no usó un portabebés?) y habla de malcriar, de niños tiranos, de que "los expertos recomiendan dejar al niño en la cama y marcharse antes de que se duerma". ¿Pero qué expertos son ésos? ¿Cómo puede ser que una persona que asumo que investigó durante años sobre crianza -puesto que, por desgracia, son siempre años hasta que se consigue tener al bebé entre tus brazos- sólo se quede con lo fácil? De hecho, los niños adoptados arrastran consigo una terrible mochila, una historia de abandono, soledad y traumas. ¿Cómo se puede hablar de "malcriar" a un niño que apenas ha recibido ninguna muestra de cariño en toda su vida? Eso me ha chocado hasta la absoluta perplejidad.

Y me hace pensar en cómo serán los psicólogos que evalúan a los futuros padres para la obtención del certificado de idoneidad: ¿será por pura suerte, según sea la manera personal de pensar y los prejuicios e ideas de cada profesional, o seguirán unos criterios establecidos y anticuados de "educación jerárquica"?

Es un mundo que no conozco nada, y hablo desde la más absoluta ignorancia. Pero me gustaría comprender cómo es ese proceso, por qué se juzga que una persona sí vale para ser madre y otra no.

Todo esto me ha hecho recordar que, este verano, estaba en el banco haciendo cola para realizar una gestión, y entró una mujer con dos niños, uno biológico y una niña china adoptada. Bueno, pues la señora se dedicó a chillar a los niños todo el rato que estuvimos ahí, a darles azotes sin parar... porque los pobres habían cometido el terrible pecado de ser niños, de querer correr y jugar en vez de estarse sentaditos en una aburrida silla (¡lógicamente!). Y en ese momento me lo pregunté: ¿cómo pudo esta señora obtener el certificado de idoneidad?

Me gustaría comprenderlo.