No suelo ver ningún programa de televisión, pero ayer quise hacer una excepción y vi el "Salvados" dedicado a la violencia de género. Resulta increíble que no se hagan más programas así, dicho sea de paso, lo que demuestra cuánto nos queda aún en la lucha. Sé que la duración del espacio es corta, apenas una hora en la que encima cada poco te meten la publicidad de turno, y me agradó enormemente que se equiparara la violencia machista con el terrorismo, porque es así, y que el psicólogo explicara brevemente cómo los maltratadores pertenecen a todo tipo de clases sociales, económicas y culturales, puesto que es la cultura patriarcal la que facilita esos comportamientos. Igualmente, las víctimas sólo comparten una cosa: SER MUJERES. Punto.
PERO eché en falta varias cosas:
1. La referencia a la revictimización de las víctimas. Parece que cuando una mujer decide denunciar ya está todo el camino allanado, y que únicamente no se puede proteger a las mujeres que después deciden no declarar. No es así, muchas siguen en el proceso, pero en éste tienen que demostrar continuamente que no mienten, se las cuestiona totalmente, en las comisarías no reciben atención psicológica, se las obliga a estar largas horas esperando en pasillos, a veces junto a su maltratador. ¿Qué pasa con la revictimización por parte de las instituciones, por qué de eso no hablan? Muchas mujeres retiran las denuncias porque el proceso es tan lamentablemente tedioso y desgarrador que no pueden con él.
2. La referencia a que la violencia de género es estructural. Sí se insinuó algo, como por parte del psicólogo, o de la animadora sociocultural que también fue víctima, pero no lo suficiente. Porque parece que los maltratadores son señores dispersos por ahí, que son machistas "porque sí", porque así se les ha educado "a nivel privado". NO. La violencia de género que se ve, la directa, es sólo la punta del iceberg, porque está asentada sobre una violencia estructural, cultural, ideológica, en la que se basa nuestra sociedad misma. No se puede combatir la violencia de género sin combatir el modo en que se estructura la sociedad, el corazón del patriarcado mismo, por eso la lucha resulta tan compleja. Y esto sólo se consigue mediante la educación. Los sentimientos del psicólogo son muy loables, pero hay muchos estudios que demuestran que los maltratadores rara vez se recuperan. Rara vez. Están perdidos. Y él mismo insinúa que si no reinciden es por miedo al castigo (prisión), no porque realmente sepan que lo que hacen esté mal. No hay más que ver el testimonio del machista de cara tapada que ponen, no hay más que observar el lenguaje que emplea... ¡Y ése es uno "rehabilitado", cómo sería antes!
3. La referencia a que las leyes no abarcan la totalidad de las víctimas. ¡No sólo es un tipo de violencia que se da en la pareja! La violencia de género puede encontrarse en muchos otros ámbitos (el laboral, el médico, el escolar...), amén de que los hijos de las mujeres afectadas también son víctimas aunque no cuenten en las estadísticas (y muchos son asesinados también por "venganza" del maltratador, para hacer sufrir a sus madres). Por ello, las personas afectadas por violencia de género son en realidad muchísimas más, pero es que encima no hay legislaciones específicas que las proteja fuera del ámbito de la pareja.
En fin, que aún queda un larguísimo camino por recorrer, y que éste parte necesariamente de la educación, pero no ya de los adolescentes, es que desde bebés se tiene que educar en la igualdad; si no, muchas veces es demasiado tarde, no hay más que ver cómo cada vez más adolescentes son víctimas de la violencia de género. Si vivimos en una sociedad profundamente machista, si encendemos la televisión y sólo vemos a chicas luciendo palmito -porque ellas siempre tienen que estar perfectas-, con unas medidas imposibles, objetos sexuales descarados en una televisión que reinventa a las "Mamachicho" de maneras más sutiles, pero que aún sigue ahí, sin avanzar ni un ápice, si todo está destinado para disfrute y goce del varón heterosexual (que es lo "por defecto", lo "universal", a pesar de que no son mayoría, sino la mitad, pero al ser la mitad privilegiada, pues eso pesa más)... ¿cómo hacer que los varones bajen de su altar, si saben que el mundo es suyo, si viven el privilegio continuado? Algunos hombres empiezan a ver que el patriarcado no es tan bonito, que también a ellos les exige cumplir con unos estereotipos determinados (tienes que ser fuerte, los hombres no lloran, etc), pero claro, nada que ver con la presión absoluta y la menor calidad de vida de las mujeres en general (menores sueldos, dobles jornadas, cosificación, y un larguísimo etcétera que todos conocemos de sobra).
La educación es la clave. Los medios de comunicación tienen una responsabilidad (¿qué es eso de "mujer aparece muerta", como si fuera una muerte repentina por combustión espontánea?). La sociedad debe comprender qué es la violencia de género, y cómo resulta un tipo de violencia específica. Las denuncias falsas son un camelo. Y no hay más. Ahora, quítale tú sus privilegios a los machirulos de turno... Imposible. Hay que poner la vista en las generaciones futuras de hombres, porque la educación actual desde luego no es paritaria para nada.
Por si alguien quiere verlo: aquí está.
Embarazo, parto respetado, lactancia, crianza, ecofeminismo, veganismo, ecología y más
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lunes, 8 de febrero de 2016
viernes, 2 de octubre de 2015
Espacios y género: diferencias desde la infancia
El otro día andaba charlando con mi pareja sobre cómo, según él, la ocupación de espacios no tiene nada que ver con el género, a raíz de una imagen similar a ésta, que supongo que cuando vives instaurado en el privilegio no concibes como una diferencia de género, sino como una "casualidad".
Claro que hay gente caradura en ambos géneros. Claro que también hay mujeres que "resultan molestas" en los transportes públicos (o en algún otro ámbito), pero la ocupación del varón de los espacios a su voluntad es más que eso: es casi un arquetipo, porque representa cómo se comporta, como norma general, en la sociedad.
Teniendo como base que la división de géneros comienza desde el embarazo, que desde las guarderías ya podemos observar comportamientos sexistas entre los niños, es lógico que en las propias escuelas estos comportamientos se perpetúen y se favorezcan. Porque aunque en los colegios se suelan llenar la boca con palabras como igualdad, no se explica en qué consiste esto, más aún, no se da ejemplo -que a la larga, importa siempre mucho más que las meras palabras-. No recriminar a los niños sus comportamientos sexistas es no favorecer la igualdad. No dar las mismas oportunidades en los deportes es no favorecer la igualdad. Perpetuar estereotipos de género en los juegos simbólicos (las niñas como princesas, los niños como guerreros), por supuestísimo que es no favorecer la igualdad.
Si tú a un niño le estás mandando el mensaje desde el mismo momento de su nacimiento de que sólo por su género ya tiene más derechos, él va a reclamar dichos derechos de un modo u otro, en todos los aspectos de su vida. Esto puede verse, por ejemplo, en el recreo. Observando cómo se comportan los niños y niñas en el juego se aprende mucho. De hecho, existen muchos estudios sobre este tema, pego el resumen de uno de 2005 (Cantó Alcaraz, Ramón; Ruiz Pérez, Luis Miguel) aquí:
Está, por lo tanto, observado y convenientemente estudiado, aunque las que hemos sido niñas en el recreo ya lo hemos experimentado por nosotras mismas, que nos hemos visto perpetuamente obligadas a estar por los rincones mientras ellos ocupan prácticamente la totalidad del espacio: "que los niños ocupan la mayor parte del mismo y que se apropian del centro mientras que las chicas se reparten los espacios periféricos" (Tomé González; Ruiz Maillo:1996).
En la edad adulta, esto continúa exactamente igual: si en el inconsciente colectivo, normativo, nosotras estamos regladas al espacio privado y ellos al público, a nivel inconsciente -o a veces no, a veces son plenamente conscientes- van a seguir reclamando SU espacio como el público. Existen muchos estudios de índole sociológica sobre cómo la división de géneros incide en la ocupación del espacio urbano (por ejemplo, McDowell, L:1982 - Hanson, Susan; Geraldine Pratt: 1995). Y esto podemos trasladarlo a la ocupación de los transportes públicos (el espatarre masculino mientras ella queda en un rincón), a la ocupación de los asientos en el cine (él siempre apoyará su brazo en el apoyabrazos central, porque es "suyo"), a la monopolización de las conversaciones laborales (ejemplo típico: propones algo, ni caso, un varón propone lo mismo unos minutos después y es la idea del siglo). En palabras de Pablo Páramo y Andrea Burbano (2010):
También está estudiada la diferente manera de conducir de los varones, que igualmente reclaman la carretera como suya. Porque "al igual que los demás componentes de lo que constituye la experiencia en el espacio público, el transporte es visto como neutral respecto al género, asumiendo que beneficia a todos por igual. Por el contrario, el patrón de viaje para algunos, es uno de los aspectos de la vida social con mayor influencia de género" (Wachs, 1996).
En fin, que podemos ver cómo efectivamente sobre la ocupación de espacios se puede hacer un análisis exhaustivo desde una perspectiva de género, porque "el discurso del terror sobre el espacio público se crea para mantener precisamente a la mujer bajo el control masculino" (Páramo-Burbano:2010). Pero supongo que cuando uno se beneficia de dichos espacios desde pequeño... no puede verlo, sencillamente.
---
Cantó Alcaraz, Ramón; Ruiz Pérez, Luis Miguel (2005): "Comportamiento motor espontáneo en el patio de recreo escolar: Análisis de las diferencias por género en la ocupación del espacio durante el recreo escolar" en "Revista Internacional de ciencias del deporte" número 1, 2005.
Páramo Bernal, Pablo; Burbano Arroyo, Andrea (2010): "Género y espacialidad: análisis de factores que condicionan la equidad en el espacio público urbano" en "Colombia Universitas Psychologica" v.10 fasc. p.61 - 70; Colombia: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.
Short, John Rennie (1996): The urban order: An introduction to cities, culture, and power. Cambridge, MA: Blackwell.
Tomé González, Amparo; Ruiz Maíllo, Rafael (1996): "El espacio de juego: escenario de relaciones de poder". En "Aula de innovación educativa" nº 52-53; pp.37-41.
Wachs, Martin (2000). "The automobile and gender: An historical perspective" en http://www.fhwa.dot.gov/ohim/womens/ chap6.pdf.
Claro que hay gente caradura en ambos géneros. Claro que también hay mujeres que "resultan molestas" en los transportes públicos (o en algún otro ámbito), pero la ocupación del varón de los espacios a su voluntad es más que eso: es casi un arquetipo, porque representa cómo se comporta, como norma general, en la sociedad.
Teniendo como base que la división de géneros comienza desde el embarazo, que desde las guarderías ya podemos observar comportamientos sexistas entre los niños, es lógico que en las propias escuelas estos comportamientos se perpetúen y se favorezcan. Porque aunque en los colegios se suelan llenar la boca con palabras como igualdad, no se explica en qué consiste esto, más aún, no se da ejemplo -que a la larga, importa siempre mucho más que las meras palabras-. No recriminar a los niños sus comportamientos sexistas es no favorecer la igualdad. No dar las mismas oportunidades en los deportes es no favorecer la igualdad. Perpetuar estereotipos de género en los juegos simbólicos (las niñas como princesas, los niños como guerreros), por supuestísimo que es no favorecer la igualdad.
Si tú a un niño le estás mandando el mensaje desde el mismo momento de su nacimiento de que sólo por su género ya tiene más derechos, él va a reclamar dichos derechos de un modo u otro, en todos los aspectos de su vida. Esto puede verse, por ejemplo, en el recreo. Observando cómo se comportan los niños y niñas en el juego se aprende mucho. De hecho, existen muchos estudios sobre este tema, pego el resumen de uno de 2005 (Cantó Alcaraz, Ramón; Ruiz Pérez, Luis Miguel) aquí:
El propósito de este estudio es analizar la existencia de comportamientos motrices diferenciados entre chicos y chicas, así como las posibles causas ambientales-físicas que provocan, o facilitan, el mal reparto del espacio disponible en el patio de recreo escolar. De manera específica este estudio tiene por objeto valorar el reparto del espacio disponible en el patio de recreo escolar, entre un grupo de escolares a lo largo de un curso escolar. Por medio de una metodología observacional se han identificado y constatado los distintos espacios empleados en cada una de las categorías establecidas, con la finalidad de poder establecer la territorialidad (reparto, ocupación y uso) entre los niños y las niñas participantes en este estudio, dentro del espacio disponible en el patio de recreo escolar. El análisis de las observaciones registradas, mostraron la existencia de dichas desigualdades en el uso y empleo del espacio disponible, desigualdad que perjudica a las niñas. El estudio concluye con la necesidad de repensar los espacios de juego para que tanto niños como niñas puedan desplegar sus posibilidades de movimiento en el momento del recreo escolar.
Está, por lo tanto, observado y convenientemente estudiado, aunque las que hemos sido niñas en el recreo ya lo hemos experimentado por nosotras mismas, que nos hemos visto perpetuamente obligadas a estar por los rincones mientras ellos ocupan prácticamente la totalidad del espacio: "que los niños ocupan la mayor parte del mismo y que se apropian del centro mientras que las chicas se reparten los espacios periféricos" (Tomé González; Ruiz Maillo:1996).
En la edad adulta, esto continúa exactamente igual: si en el inconsciente colectivo, normativo, nosotras estamos regladas al espacio privado y ellos al público, a nivel inconsciente -o a veces no, a veces son plenamente conscientes- van a seguir reclamando SU espacio como el público. Existen muchos estudios de índole sociológica sobre cómo la división de géneros incide en la ocupación del espacio urbano (por ejemplo, McDowell, L:1982 - Hanson, Susan; Geraldine Pratt: 1995). Y esto podemos trasladarlo a la ocupación de los transportes públicos (el espatarre masculino mientras ella queda en un rincón), a la ocupación de los asientos en el cine (él siempre apoyará su brazo en el apoyabrazos central, porque es "suyo"), a la monopolización de las conversaciones laborales (ejemplo típico: propones algo, ni caso, un varón propone lo mismo unos minutos después y es la idea del siglo). En palabras de Pablo Páramo y Andrea Burbano (2010):
Un reflejo de la ideología masculina sobre el espacio se encuentra igualmente en los principios de diseño y de planeación urbana. Short (1996) acuña el término “ciudad-hecha- por-el-hombre” como indicativo de la construcción social del espacio urbano y de la dominación masculina en el diseño y planeación, que refuerza los sesgos de género: los hombres como productores y controladores del espacio y las mujeres como reproductoras de tales estructuras que replican la visión masculinizada del espacio mediante el uso que hacen de éste.
También está estudiada la diferente manera de conducir de los varones, que igualmente reclaman la carretera como suya. Porque "al igual que los demás componentes de lo que constituye la experiencia en el espacio público, el transporte es visto como neutral respecto al género, asumiendo que beneficia a todos por igual. Por el contrario, el patrón de viaje para algunos, es uno de los aspectos de la vida social con mayor influencia de género" (Wachs, 1996).
En fin, que podemos ver cómo efectivamente sobre la ocupación de espacios se puede hacer un análisis exhaustivo desde una perspectiva de género, porque "el discurso del terror sobre el espacio público se crea para mantener precisamente a la mujer bajo el control masculino" (Páramo-Burbano:2010). Pero supongo que cuando uno se beneficia de dichos espacios desde pequeño... no puede verlo, sencillamente.
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Cantó Alcaraz, Ramón; Ruiz Pérez, Luis Miguel (2005): "Comportamiento motor espontáneo en el patio de recreo escolar: Análisis de las diferencias por género en la ocupación del espacio durante el recreo escolar" en "Revista Internacional de ciencias del deporte" número 1, 2005.
Páramo Bernal, Pablo; Burbano Arroyo, Andrea (2010): "Género y espacialidad: análisis de factores que condicionan la equidad en el espacio público urbano" en "Colombia Universitas Psychologica" v.10 fasc. p.61 - 70; Colombia: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.
Short, John Rennie (1996): The urban order: An introduction to cities, culture, and power. Cambridge, MA: Blackwell.
Tomé González, Amparo; Ruiz Maíllo, Rafael (1996): "El espacio de juego: escenario de relaciones de poder". En "Aula de innovación educativa" nº 52-53; pp.37-41.
Wachs, Martin (2000). "The automobile and gender: An historical perspective" en http://www.fhwa.dot.gov/ohim/womens/ chap6.pdf.
sábado, 19 de septiembre de 2015
Inoculando el virus del privilegio
Muchas personas dicen que la denominación "violencia de género" es ridícula, porque es violencia sin más. Que un asesinato es un asesinato, que debería llamarse por ello "asesinato" y no "asesinato por violencia de género". Y bueno, un asesinato es. Es violencia, sí. Pero la coletilla "de género" no está puesta "porque sí".
Los feminicidios, y la violencia contra las mujeres en general, son el crimen más silenciado del mundo. Las mujeres somos la mitad de la población mundial, y en todas partes (aunque algunas en mayor medida que otras, claro, gracias a los logros del feminismo que mucha gente dan por supuesto, pero no, todo eso son conquistas que se han llevado a muchísimas valientes por delante), las mujeres son consideradas "el género inferior". Hago aquí un parón para recordar la diferencia entre sexo y género, que por extraño que parezca, no suele conocerse: el sexo es a nivel biológico, el género a nivel social. Es decir, el "género femenino" es cómo se supone que socialmente debe de ser una mujer, cómo ha de comportarse, cómo se la identifica. Evidentemente, habría que tender a una deconstrucción de los roles de género (que NO de los de sexo, y aquí es, para mí, donde se equivocan muchos feminismos), para que dejen de ser estratos sociales inamovibles, donde uno mira desde el privilegio sin darse ni cuenta y el otro está doblegado con mayor o menor sutileza.
La cuestión es que la etiqueta "violencia de género" sirve para identificar qué se esconde detrás de este tipo de violencia. Si una mujer mata a su marido, por ejemplo, NO es violencia de género, porque el género masculino no es el "considerado inferior", y por ello, no ha ejercido un tipo de violencia totalmente estructural y normalizada como sería al revés. Las motivaciones que pueden llevar a una mujer a matar a su marido son otras bien diferentes, pero en este caso ellas no se encuentran en el lugar de privilegio y por ello no reproducen los patrones de superioridad en el comportamiento transmitidos de generación en generación.
Quiero decir que la violencia de género no es simplemente la violencia directa, lo que se ve (palizas, violencia psicológica, muertes, violencia obstétrica, qué sé yo), sino que la violencia directa es sólo la punta del iceberg, y que está firmemente asentada en una violencia cultural y estructural que legitima dichos comportamientos. O sea, que si tú a un niño desde que es un bebé le estás enseñando que su lugar es el privilegiado, que es superior sólo por pertenecer a determinado género... ¿de qué nos extrañamos si luego reclama dicho espacio?
La ley contra la violencia de género tiene grandes carencias; por ejemplo, sólo considera que se trate de violencia de género cuando sucede en el marco de la pareja o ex pareja. Por ello, víctimas en otros contextos (el trabajo, la consulta del médico, etc) pasan "desapercibidas". La violencia de género abarca mucho más, y las víctimas son muchas más de las que creemos. Está en todas partes, porque la sociedad asienta sus pilares en ella.
Y luego pasa que llega un verano funesto como éste, donde se han matado a mujeres y a niños (hijos de éstas) sin parar, donde los periódicos y demás medios de comunicación han usado eufemismos absurdos como "mujer fallece en Cuenca" (¡no, no fallece, la han asesinado, señor mío!), y te das cuenta del lío que hay en torno a los conceptos, de cómo no se comprende qué es el género, qué es la violencia de género y en qué consiste.
Todo lo estructural está normalizado, invisibilizado, y por ello es algo tremendamente peligroso. Se trata, entonces, de admitir una vez más cómo el feminismo necesita aún de muchísima pedagogía para llegar a todo el mundo, para explicar los conceptos, para hacer comprender... Y para que todas las personas sepan que la violencia de género existe. Que es un hecho. Que está ahí. Y que quienes la ejercen no son enfermos, sino los hijos sanos del patriarcado, a quienes han inoculado el virus del privilegio desde la cuna.
¡Y cuánto queda aún por hacer!
Los feminicidios, y la violencia contra las mujeres en general, son el crimen más silenciado del mundo. Las mujeres somos la mitad de la población mundial, y en todas partes (aunque algunas en mayor medida que otras, claro, gracias a los logros del feminismo que mucha gente dan por supuesto, pero no, todo eso son conquistas que se han llevado a muchísimas valientes por delante), las mujeres son consideradas "el género inferior". Hago aquí un parón para recordar la diferencia entre sexo y género, que por extraño que parezca, no suele conocerse: el sexo es a nivel biológico, el género a nivel social. Es decir, el "género femenino" es cómo se supone que socialmente debe de ser una mujer, cómo ha de comportarse, cómo se la identifica. Evidentemente, habría que tender a una deconstrucción de los roles de género (que NO de los de sexo, y aquí es, para mí, donde se equivocan muchos feminismos), para que dejen de ser estratos sociales inamovibles, donde uno mira desde el privilegio sin darse ni cuenta y el otro está doblegado con mayor o menor sutileza.
La cuestión es que la etiqueta "violencia de género" sirve para identificar qué se esconde detrás de este tipo de violencia. Si una mujer mata a su marido, por ejemplo, NO es violencia de género, porque el género masculino no es el "considerado inferior", y por ello, no ha ejercido un tipo de violencia totalmente estructural y normalizada como sería al revés. Las motivaciones que pueden llevar a una mujer a matar a su marido son otras bien diferentes, pero en este caso ellas no se encuentran en el lugar de privilegio y por ello no reproducen los patrones de superioridad en el comportamiento transmitidos de generación en generación.
Quiero decir que la violencia de género no es simplemente la violencia directa, lo que se ve (palizas, violencia psicológica, muertes, violencia obstétrica, qué sé yo), sino que la violencia directa es sólo la punta del iceberg, y que está firmemente asentada en una violencia cultural y estructural que legitima dichos comportamientos. O sea, que si tú a un niño desde que es un bebé le estás enseñando que su lugar es el privilegiado, que es superior sólo por pertenecer a determinado género... ¿de qué nos extrañamos si luego reclama dicho espacio?
La ley contra la violencia de género tiene grandes carencias; por ejemplo, sólo considera que se trate de violencia de género cuando sucede en el marco de la pareja o ex pareja. Por ello, víctimas en otros contextos (el trabajo, la consulta del médico, etc) pasan "desapercibidas". La violencia de género abarca mucho más, y las víctimas son muchas más de las que creemos. Está en todas partes, porque la sociedad asienta sus pilares en ella.
Y luego pasa que llega un verano funesto como éste, donde se han matado a mujeres y a niños (hijos de éstas) sin parar, donde los periódicos y demás medios de comunicación han usado eufemismos absurdos como "mujer fallece en Cuenca" (¡no, no fallece, la han asesinado, señor mío!), y te das cuenta del lío que hay en torno a los conceptos, de cómo no se comprende qué es el género, qué es la violencia de género y en qué consiste.
Todo lo estructural está normalizado, invisibilizado, y por ello es algo tremendamente peligroso. Se trata, entonces, de admitir una vez más cómo el feminismo necesita aún de muchísima pedagogía para llegar a todo el mundo, para explicar los conceptos, para hacer comprender... Y para que todas las personas sepan que la violencia de género existe. Que es un hecho. Que está ahí. Y que quienes la ejercen no son enfermos, sino los hijos sanos del patriarcado, a quienes han inoculado el virus del privilegio desde la cuna.
¡Y cuánto queda aún por hacer!
jueves, 28 de mayo de 2015
Resultados sobre la encuesta de violencia obstétrica (Parte 2)
De todas las participantes en la encuesta, 340 han querido compartir un poco más en profundidad sus experiencias, que pueden encontrarse aquí. No obstante, ofrecemos a continuación un pequeño resumen con extractos de las mismas, totalmente sobrecogedores. Porque podemos encontrar muchas cosas en común en las narraciones de estas 340 mujeres. Definen la experiencia como «traumática y demoledora» (#276) o «brutalmente inolvidable» (#331), describiéndola como una «obligación a la sumisión para la supervivencia» (#287), sintiéndose «al servicio de la comodidad médica» (#309).
Muchas coinciden en tener que soportar burlas e insultos: «me quejaba mucho y las enfermeras me apodaron “la llorona"» (#86), «la ginecóloga se ríe abiertamente en mi cara» (#111), «el celador que me llevó al paritorio en un ascensor con otras personas se burló de mí ante ellas en tono jocoso» (#115), «se rieron entre ellas pensando que no me daba cuenta porque me olía mal el aliento» (#129), «el ginecólogo que me atendió me llamó la llantos» (#166), «el ginecólogo me hizo mover las piernas arriba y abajo; después se rió» (#180), «la comadrona se burló del tamaño de mis genitales y me ignoraba cuando yo le preguntaba cosas sobre mi proceso de parto, incluso me dio la vuelta al monitor para que no pudiera verlo» (#232). Igualmente, no se permite gritar a las parturientas, sin embargo ellos las gritan y maltratan: «me gritaban todo el tiempo» (#35), «el comadrón me dijo que tenía que callar y seguir órdenes» (#116), «tras sentir un inmenso dolor y como acto reflejo de mi cuerpo, empujé con mi pie en el hombro de la matrona y me chilló que le había empujado y se enfadó; su trato fue a peor aun habiéndole pedido mil disculpas» (#199), «me decían que me callara, que no gritara» (#201); «me decían que dejara ya de quejarme, que ya me estaba pasando con las quejas» (#216), «me decían que dejara de gritar, que si acaso me creía que esto era una película o una telenovela; me acusaron de estar fingiendo el dolor» (#319), «hicieron que me tapara la cara y no dejaban que yo gritara» (#324), «un auxiliar que abría la puerta del paritorio me gritaba que me diera prisa, que había más gente esperando fuera» (#292). Resaltan la instrumentalización, el trato vejatorio y la infantilización, cómo se las amenazaba, y se las trataba como a tontas e ignorantes: «un parto medicalizado e instrumentalizado en el que se me infantilizó hasta el punto de engañarme y ponerme oxitocina en contra de mi voluntad» (#131), «me dijo la matrona que yo no servía para parir» (#135), «la anestesista me amenazó diciéndome que me "rajarían igualmente y que me iba a doler"»(#148), «el ginecólogo me dijo "si hubieras sido mi mujer hace rato te hubiera hecho una cesárea; deja ya los rollos hippies, estás poniendo en peligro a tu hijo"» (#217), «esa sensación de infantilizarme y de
indefensión fue horrible» (#237), «el ginecólogo decía "esta niña no sabe empujar"» (#240), «me trataba de manera infantil y me abría las piernas a golpes, como si le molestara tener que mirar ahí» (#257), «en cada momento me decían "es que no sabes parir"» (#269), «la anestesista me llamó retrasada por plantearme un parto sin epidural» (#298).
Igualmente, subrayan la sensación de cosificación, indefensión y vulnerabilidad: «me hacían esperar a que llegase el médico tumbada en la camilla sin bragas; no sé para qué me tenía que quitar las bragas para una ecografía abdominal» (#13), «en el hospital me levantaron patas abiertas y mostraban mi vagina a todas las enfermeras escandalizadas por una fuerte candidiasis; fue horrible y vergonzoso» (#151), «pasas de mujer a útero que contiene un bebé y de ahí a madre inútil» (#221), «me sentí objeto; yo no contaba para nada en mi parto» (#242), «me quedé aterrorizada por el dolor y por la indefensión de estar totalmente expuesta» (#306), «nunca he tenido una experiencia tan horrible ni he sentido tanta impotencia; el trato que se le da a las mujeres embarazadas es convertirlas en contenedores» (#311), «fue mucho lo desvalida y engañada que me sentí» (#142), «humillación y falta de respeto en un momento en que eres muy vulnerable» (#257), «me parece que estamos totalmente indefensas» (#330). También hablan de la sensación de apropiación de sus cuerpos, de pérdida de control sobre éstos, de ser espectadoras de sus propio partos: «sólo puedo recordar desconexión conmigo misma, con mi cuerpo y con mi bebé; sentí perder el control de todo lo que pasaba en mi cuerpo, sólo quería que todo acabara» (#7), «me sentí ninguneada, me hicieron sentirme incapaz de parir, totalmente a merced de ellos» (#22), «sentí que no estaba pariendo; siento que me han robado el parto» (#57), «era como un cuerpo sólo, sin tenerme en cuenta como persona» (#68), «entras en un círculo de intervenciones que una lleva a otra y tú lo ves como espectadora» (#95), «me sentí como si fuera un cuerpo inerte» (#118), «me siento que me han robado el parto» (#127), «me
sentí como utilizada, no como protagonista de mi parto» (#208), «hoy, no tengo la sensación de haber parido; me operaron de mi bebé» (#226).
Para muchas, el parto con violencia obstétrica es como una violación: «siento que mi parto fue una violación» (#59), «me sentí violada» (#91), «en mi primer parto me sentí violada literalmente; usaron mi cuerpo a su voluntad» (#94), «horrible, traumático, vejatorio, me sentí como violada» (#155), «fue el peor dolor que he experimentado en mi vida, una mano moviéndose violentamente dentro de mí» (#189), «nadie me volverá a violar» (#202), «cuando tenía 16 años fui víctima de una violación, que por miedo y vergüenza ni denuncié ni he contado a más de dos personas; cuando estuve de parto fue una experiencia parecida» (#318).
También abundan las sensaciones de culpa y de miedo: «han pasado 8 años y sigo sin haber superado el sentimiento de culpa de haberle fallado a mi bebé y a mí misma, porque llevaba la lección aprendida sobre lo que no debe ser un parto hospitalizado, pero una vez allí pierdes el control de todo» (#24), «me costó mucho superar la culpabilidad que sentía tras mi primer parto» (#63), «me ataron con los brazos en cruz causándome una sensación de miedo y desprotección muy grandes» (#160), «me anularon completamente con miedos» (#206), «pasé un miedo tan horrible que me llegué a desvanecer» (#335). Hay, además, una gran falta de intimidad: «recuerdo muchos momentos violentos, demasiadas personas mirando mis genitales» (#42), «desde la cama de partos podía ver a la gente correteando por el pasillo general, y la gente a mí pujando» (#117), «en mi cesárea, sin consulta previa, había unas 10 personas de prácticas» (#180), «más de 30 personas entrando y saliendo» (#200), «cuando me llevaron al paritorio había mucha gente, no se presentaron, no me hablaron; me sentía como un trozo de carne» (#116), «en el momento del expulsivo había unas 10 personas en el paritorio, un ginecosaurio que ni se me había presentado se subió encima» (#169), «incluso la empleada de la limpieza que pasaba por allí se permitió decirme: "uyyy, esta chica cómo se queja, ¡nena, que no es para tantooo!"» (#209), «horrible, parto múltiple, mil personas en mi paritorio hasta el punto de mandar yo a callar y reírse de mí» (#219), «me amarraron las manos desnuda y en un quirófano lleno de desconocidos con máscaras; tras el parto, durante la noche, varias personas me miraban mis partes sin pedir permiso» (#222), «había como 30 personas mirando mi parto como si fuera un partido de fútbol, pero a mi marido no lo dejaban pasar» (#240). Muchas veces esto es debido a la presencia de estudiantes sin pedir permiso: «fui objeto de hasta cinco tactos, uno tras otro sin que se me pidiera permiso y mucho menos sin presentarse ante mí los que eran claramente aprendices» (#111), «el día que nació mi hijo TODOS los partos fueron realizados con fórceps (¿era día de práctica?)» (#194).
También denuncian una gran falta de información: «en ningún momento me explicaron nada ni pude participar en ninguna decisión» (#25), «me mete la mano en mi vagina, pregunto qué pasa... y me responde nada nada... tratándome como a una chiquilla preguntona» (#179), «no me dejaron decidir nada ni pidieron mi opinión en ningún momento; cuando pedí explicaciones me contestaron como si molestase, cuando me eché a llorar por la impotencia se burlaron» (#185). Es común además el trato descuidado: «la matrona encargada de mí se fue a ver la tele» (#48), «la matrona entraba a atenderme comiendo maíces con el olor que desprenden» (#99), «muchas de las enfermeras wassapeaban durante el alumbramiento» (#117), «una ginecóloga intentó sondarme mientras hablaba por su teléfono móvil, ni se dio cuenta que no llevaba epidural» (#230), «durante el seguimiento del embarazo me llegaron a decir que tenía VIH siendo mentira» (#263).
Algunas describen cómo no se aceptan los planes de parto, e incluso cómo se toman represalias contra las que se atreven a presentarlos: «el matrón me rompió el plan de parto en la cara» (#77), «se saltaron casi todos los puntos de mi plan de parto» (#96), «mi plan de parto desapareció, me devolvieron mi cartilla y no había ni rastro» (#99), «tuve que insistir 3 veces para que el matrón leyera mi plan de parto y después me dijo que no lo iba a respetar» (#159), «me obligaron a firmar que renunciaba a mi plan de parto antes de darme opciones para aliviar el dolor» (#216). Igualmente, son comunes las represalias contra quienes intentan un parto en casa pero no lo consiguen y acuden a un hospital: «ya en expulsivo y decir que veníamos de un parto en casa el equipo médico hacía comentarios despectivos, como si yo no estuviese, de las comadronas que atienden partos en casa» (#59), «nos trataron de irresponsables, maltrato por parte del personal del hospital en el post-parto, por ser "la que quería un parto en casa y al final mira cómo acaban”» (#274), «el anestesista cuando entró al quirófano diciendo "¿ésta es la del parto natural?" con un absoluto desprecio hacia mí» (#278), «se medio mofaron diciendo “está llorando porque ella quería un parto natural” en tono
mofoso» (#281).
Es común también la separación sin motivos del bebé, y el darle biberones cuando se prohíbe expresamente por querer ofrecer lactancia materna (el biberón interfiere con ésta): «no pude volver a verle ni tocarle hasta 1 día y medio después» (#129), «me trataban con desprecio por querer estar con mi hijo» (#239), «no toqué a mi bebé hasta 12 horas después» (#316), «durante ese tiempo, a mi hijo le dieron al menos dos biberones, cuando expresamente había pedido que no lo hicieran» (#339).
Las consecuencias psicológicas (estrés postraumático, depresión y ansiedad al recordar lo vivido) son muy frecuentes: «el primer parto me dejó en estado de shock por todo lo vivido; me separaron de mi bebé y ni siquiera me importó» (#50), «las secuelas psicológicas y físicas me han impedido tener más hijos» (#113), «siento odio hacia las personas que me asistieron» (#73), «me he quedado con la sensación de no haberlo hecho bien, lo que me costó una pequeña depresión post parto; hasta el día de hoy (2 años han pasado) sigo FURIOSA» (#208), «en su momento no denuncié la negligencia porque estaba agotada tras un posparto que casi me mata; me arrepiento de no haberlo hecho» (#252), «me da ansiedad revivirlo» (#303), «aún se me ponen los pelos de punta; han pasado casi 8 años» (#337).
Igualmente, hay consecuencias físicas: «después de 15 meses lo paso fatal para hacer caca; no he vuelto a tener relaciones sexuales satisfactorias» (#54), «no pude volver a tener relaciones pasados el año y medio y después de sesiones de fisio» (#101), «me hicieron una gran episiotomía que hasta hoy, 9 años después, siento» (#135), «9 meses después sigo con dolores vaginales» (#260), «después de mi mala experiencia en el parto tuve que hacer rehabilitación vaginal durante varios meses» (#265), «a día de hoy, mi hijo tiene 14 meses, sigo sin disfrutar satisfactoriamente del sexo» (#279).
Pero cuando solicitan los informes, para comprender qué ha pasado o poner una reclamación, se encuentran con que éstos están incompletos o repletos de mentiras: en ningún informe se pone que se realiza la maniobra de Kristeller, por ejemplo, pero es tremendamente común (casi en el 30% de los casos aquí recogidos). Igualmente, se miente sobre los motivos que llevan a practicar algún procedimiento: «en los papeles del alta mintieron indicando "necesidad urgente de cesárea por más de 24 horas con bolsa rota"; la bolsa la rompieron ellos 2 horas antes de la cesárea» (#11), «en el informe de la cesárea pone distocia de dilatación y yo dilaté hasta 6 cm» (#181), «hice una queja formal a mi hospital 8 meses después y me contestaron con que esa maniobra [Kristeller] no constaba en el informe» (#219), «solicité los informes y hay tachones y no hay nada explicado, como si todo hubiese ido genial» (#227).
También se resalta la falta de sensibilidad ante las pérdidas de embarazos: «en urgencias me comunicaron fríamente que estaba abortando, fuimos al ecógrafo y el gine sin dirigirse a mí, avisa a una doctora y le dice que es "negativo"; así me entero que no hay latido, sin una palabra amable» (#192), «me pasé día y medio ingresada en una planta llena de bebés que lloraban mientras mi bebé estaba muerto dentro de mí; fue una auténtica tortura» (#272).
No es de extrañar que algunas víctimas de violencia obstétrica decidan tener el siguiente parto en casa, para evitar el volver a pasar por algo así: «un infierno del que aprendí mucho; el próximo parto en CASA» (#14), «no volvería a parir a un hospital» (#69), «el dinero mejor invertido en mi vida fue pagar a las matronas que me atendieron antes, durante y después de mi maravilloso parto en casa» (#100), «si tuviera un tercero, creo que lo haría en casa» (#109). Y es que «es una vergüenza que sigamos en la situación en la que estamos en la mayoría de los hospitales y que lo que esté generalizado en las mujeres y la sociedad sean violencia, protocolos intervencionistas y prejuicios y poca confianza en los cuerpos de las mujeres y en el proceso fisiológico de parir» (#172).
Muchas coinciden en tener que soportar burlas e insultos: «me quejaba mucho y las enfermeras me apodaron “la llorona"» (#86), «la ginecóloga se ríe abiertamente en mi cara» (#111), «el celador que me llevó al paritorio en un ascensor con otras personas se burló de mí ante ellas en tono jocoso» (#115), «se rieron entre ellas pensando que no me daba cuenta porque me olía mal el aliento» (#129), «el ginecólogo que me atendió me llamó la llantos» (#166), «el ginecólogo me hizo mover las piernas arriba y abajo; después se rió» (#180), «la comadrona se burló del tamaño de mis genitales y me ignoraba cuando yo le preguntaba cosas sobre mi proceso de parto, incluso me dio la vuelta al monitor para que no pudiera verlo» (#232). Igualmente, no se permite gritar a las parturientas, sin embargo ellos las gritan y maltratan: «me gritaban todo el tiempo» (#35), «el comadrón me dijo que tenía que callar y seguir órdenes» (#116), «tras sentir un inmenso dolor y como acto reflejo de mi cuerpo, empujé con mi pie en el hombro de la matrona y me chilló que le había empujado y se enfadó; su trato fue a peor aun habiéndole pedido mil disculpas» (#199), «me decían que me callara, que no gritara» (#201); «me decían que dejara ya de quejarme, que ya me estaba pasando con las quejas» (#216), «me decían que dejara de gritar, que si acaso me creía que esto era una película o una telenovela; me acusaron de estar fingiendo el dolor» (#319), «hicieron que me tapara la cara y no dejaban que yo gritara» (#324), «un auxiliar que abría la puerta del paritorio me gritaba que me diera prisa, que había más gente esperando fuera» (#292). Resaltan la instrumentalización, el trato vejatorio y la infantilización, cómo se las amenazaba, y se las trataba como a tontas e ignorantes: «un parto medicalizado e instrumentalizado en el que se me infantilizó hasta el punto de engañarme y ponerme oxitocina en contra de mi voluntad» (#131), «me dijo la matrona que yo no servía para parir» (#135), «la anestesista me amenazó diciéndome que me "rajarían igualmente y que me iba a doler"»(#148), «el ginecólogo me dijo "si hubieras sido mi mujer hace rato te hubiera hecho una cesárea; deja ya los rollos hippies, estás poniendo en peligro a tu hijo"» (#217), «esa sensación de infantilizarme y de
indefensión fue horrible» (#237), «el ginecólogo decía "esta niña no sabe empujar"» (#240), «me trataba de manera infantil y me abría las piernas a golpes, como si le molestara tener que mirar ahí» (#257), «en cada momento me decían "es que no sabes parir"» (#269), «la anestesista me llamó retrasada por plantearme un parto sin epidural» (#298).
Igualmente, subrayan la sensación de cosificación, indefensión y vulnerabilidad: «me hacían esperar a que llegase el médico tumbada en la camilla sin bragas; no sé para qué me tenía que quitar las bragas para una ecografía abdominal» (#13), «en el hospital me levantaron patas abiertas y mostraban mi vagina a todas las enfermeras escandalizadas por una fuerte candidiasis; fue horrible y vergonzoso» (#151), «pasas de mujer a útero que contiene un bebé y de ahí a madre inútil» (#221), «me sentí objeto; yo no contaba para nada en mi parto» (#242), «me quedé aterrorizada por el dolor y por la indefensión de estar totalmente expuesta» (#306), «nunca he tenido una experiencia tan horrible ni he sentido tanta impotencia; el trato que se le da a las mujeres embarazadas es convertirlas en contenedores» (#311), «fue mucho lo desvalida y engañada que me sentí» (#142), «humillación y falta de respeto en un momento en que eres muy vulnerable» (#257), «me parece que estamos totalmente indefensas» (#330). También hablan de la sensación de apropiación de sus cuerpos, de pérdida de control sobre éstos, de ser espectadoras de sus propio partos: «sólo puedo recordar desconexión conmigo misma, con mi cuerpo y con mi bebé; sentí perder el control de todo lo que pasaba en mi cuerpo, sólo quería que todo acabara» (#7), «me sentí ninguneada, me hicieron sentirme incapaz de parir, totalmente a merced de ellos» (#22), «sentí que no estaba pariendo; siento que me han robado el parto» (#57), «era como un cuerpo sólo, sin tenerme en cuenta como persona» (#68), «entras en un círculo de intervenciones que una lleva a otra y tú lo ves como espectadora» (#95), «me sentí como si fuera un cuerpo inerte» (#118), «me siento que me han robado el parto» (#127), «me
sentí como utilizada, no como protagonista de mi parto» (#208), «hoy, no tengo la sensación de haber parido; me operaron de mi bebé» (#226).
Para muchas, el parto con violencia obstétrica es como una violación: «siento que mi parto fue una violación» (#59), «me sentí violada» (#91), «en mi primer parto me sentí violada literalmente; usaron mi cuerpo a su voluntad» (#94), «horrible, traumático, vejatorio, me sentí como violada» (#155), «fue el peor dolor que he experimentado en mi vida, una mano moviéndose violentamente dentro de mí» (#189), «nadie me volverá a violar» (#202), «cuando tenía 16 años fui víctima de una violación, que por miedo y vergüenza ni denuncié ni he contado a más de dos personas; cuando estuve de parto fue una experiencia parecida» (#318).
También abundan las sensaciones de culpa y de miedo: «han pasado 8 años y sigo sin haber superado el sentimiento de culpa de haberle fallado a mi bebé y a mí misma, porque llevaba la lección aprendida sobre lo que no debe ser un parto hospitalizado, pero una vez allí pierdes el control de todo» (#24), «me costó mucho superar la culpabilidad que sentía tras mi primer parto» (#63), «me ataron con los brazos en cruz causándome una sensación de miedo y desprotección muy grandes» (#160), «me anularon completamente con miedos» (#206), «pasé un miedo tan horrible que me llegué a desvanecer» (#335). Hay, además, una gran falta de intimidad: «recuerdo muchos momentos violentos, demasiadas personas mirando mis genitales» (#42), «desde la cama de partos podía ver a la gente correteando por el pasillo general, y la gente a mí pujando» (#117), «en mi cesárea, sin consulta previa, había unas 10 personas de prácticas» (#180), «más de 30 personas entrando y saliendo» (#200), «cuando me llevaron al paritorio había mucha gente, no se presentaron, no me hablaron; me sentía como un trozo de carne» (#116), «en el momento del expulsivo había unas 10 personas en el paritorio, un ginecosaurio que ni se me había presentado se subió encima» (#169), «incluso la empleada de la limpieza que pasaba por allí se permitió decirme: "uyyy, esta chica cómo se queja, ¡nena, que no es para tantooo!"» (#209), «horrible, parto múltiple, mil personas en mi paritorio hasta el punto de mandar yo a callar y reírse de mí» (#219), «me amarraron las manos desnuda y en un quirófano lleno de desconocidos con máscaras; tras el parto, durante la noche, varias personas me miraban mis partes sin pedir permiso» (#222), «había como 30 personas mirando mi parto como si fuera un partido de fútbol, pero a mi marido no lo dejaban pasar» (#240). Muchas veces esto es debido a la presencia de estudiantes sin pedir permiso: «fui objeto de hasta cinco tactos, uno tras otro sin que se me pidiera permiso y mucho menos sin presentarse ante mí los que eran claramente aprendices» (#111), «el día que nació mi hijo TODOS los partos fueron realizados con fórceps (¿era día de práctica?)» (#194).
También denuncian una gran falta de información: «en ningún momento me explicaron nada ni pude participar en ninguna decisión» (#25), «me mete la mano en mi vagina, pregunto qué pasa... y me responde nada nada... tratándome como a una chiquilla preguntona» (#179), «no me dejaron decidir nada ni pidieron mi opinión en ningún momento; cuando pedí explicaciones me contestaron como si molestase, cuando me eché a llorar por la impotencia se burlaron» (#185). Es común además el trato descuidado: «la matrona encargada de mí se fue a ver la tele» (#48), «la matrona entraba a atenderme comiendo maíces con el olor que desprenden» (#99), «muchas de las enfermeras wassapeaban durante el alumbramiento» (#117), «una ginecóloga intentó sondarme mientras hablaba por su teléfono móvil, ni se dio cuenta que no llevaba epidural» (#230), «durante el seguimiento del embarazo me llegaron a decir que tenía VIH siendo mentira» (#263).
Algunas describen cómo no se aceptan los planes de parto, e incluso cómo se toman represalias contra las que se atreven a presentarlos: «el matrón me rompió el plan de parto en la cara» (#77), «se saltaron casi todos los puntos de mi plan de parto» (#96), «mi plan de parto desapareció, me devolvieron mi cartilla y no había ni rastro» (#99), «tuve que insistir 3 veces para que el matrón leyera mi plan de parto y después me dijo que no lo iba a respetar» (#159), «me obligaron a firmar que renunciaba a mi plan de parto antes de darme opciones para aliviar el dolor» (#216). Igualmente, son comunes las represalias contra quienes intentan un parto en casa pero no lo consiguen y acuden a un hospital: «ya en expulsivo y decir que veníamos de un parto en casa el equipo médico hacía comentarios despectivos, como si yo no estuviese, de las comadronas que atienden partos en casa» (#59), «nos trataron de irresponsables, maltrato por parte del personal del hospital en el post-parto, por ser "la que quería un parto en casa y al final mira cómo acaban”» (#274), «el anestesista cuando entró al quirófano diciendo "¿ésta es la del parto natural?" con un absoluto desprecio hacia mí» (#278), «se medio mofaron diciendo “está llorando porque ella quería un parto natural” en tono
mofoso» (#281).
Es común también la separación sin motivos del bebé, y el darle biberones cuando se prohíbe expresamente por querer ofrecer lactancia materna (el biberón interfiere con ésta): «no pude volver a verle ni tocarle hasta 1 día y medio después» (#129), «me trataban con desprecio por querer estar con mi hijo» (#239), «no toqué a mi bebé hasta 12 horas después» (#316), «durante ese tiempo, a mi hijo le dieron al menos dos biberones, cuando expresamente había pedido que no lo hicieran» (#339).
Las consecuencias psicológicas (estrés postraumático, depresión y ansiedad al recordar lo vivido) son muy frecuentes: «el primer parto me dejó en estado de shock por todo lo vivido; me separaron de mi bebé y ni siquiera me importó» (#50), «las secuelas psicológicas y físicas me han impedido tener más hijos» (#113), «siento odio hacia las personas que me asistieron» (#73), «me he quedado con la sensación de no haberlo hecho bien, lo que me costó una pequeña depresión post parto; hasta el día de hoy (2 años han pasado) sigo FURIOSA» (#208), «en su momento no denuncié la negligencia porque estaba agotada tras un posparto que casi me mata; me arrepiento de no haberlo hecho» (#252), «me da ansiedad revivirlo» (#303), «aún se me ponen los pelos de punta; han pasado casi 8 años» (#337).
Igualmente, hay consecuencias físicas: «después de 15 meses lo paso fatal para hacer caca; no he vuelto a tener relaciones sexuales satisfactorias» (#54), «no pude volver a tener relaciones pasados el año y medio y después de sesiones de fisio» (#101), «me hicieron una gran episiotomía que hasta hoy, 9 años después, siento» (#135), «9 meses después sigo con dolores vaginales» (#260), «después de mi mala experiencia en el parto tuve que hacer rehabilitación vaginal durante varios meses» (#265), «a día de hoy, mi hijo tiene 14 meses, sigo sin disfrutar satisfactoriamente del sexo» (#279).
Pero cuando solicitan los informes, para comprender qué ha pasado o poner una reclamación, se encuentran con que éstos están incompletos o repletos de mentiras: en ningún informe se pone que se realiza la maniobra de Kristeller, por ejemplo, pero es tremendamente común (casi en el 30% de los casos aquí recogidos). Igualmente, se miente sobre los motivos que llevan a practicar algún procedimiento: «en los papeles del alta mintieron indicando "necesidad urgente de cesárea por más de 24 horas con bolsa rota"; la bolsa la rompieron ellos 2 horas antes de la cesárea» (#11), «en el informe de la cesárea pone distocia de dilatación y yo dilaté hasta 6 cm» (#181), «hice una queja formal a mi hospital 8 meses después y me contestaron con que esa maniobra [Kristeller] no constaba en el informe» (#219), «solicité los informes y hay tachones y no hay nada explicado, como si todo hubiese ido genial» (#227).
También se resalta la falta de sensibilidad ante las pérdidas de embarazos: «en urgencias me comunicaron fríamente que estaba abortando, fuimos al ecógrafo y el gine sin dirigirse a mí, avisa a una doctora y le dice que es "negativo"; así me entero que no hay latido, sin una palabra amable» (#192), «me pasé día y medio ingresada en una planta llena de bebés que lloraban mientras mi bebé estaba muerto dentro de mí; fue una auténtica tortura» (#272).
No es de extrañar que algunas víctimas de violencia obstétrica decidan tener el siguiente parto en casa, para evitar el volver a pasar por algo así: «un infierno del que aprendí mucho; el próximo parto en CASA» (#14), «no volvería a parir a un hospital» (#69), «el dinero mejor invertido en mi vida fue pagar a las matronas que me atendieron antes, durante y después de mi maravilloso parto en casa» (#100), «si tuviera un tercero, creo que lo haría en casa» (#109). Y es que «es una vergüenza que sigamos en la situación en la que estamos en la mayoría de los hospitales y que lo que esté generalizado en las mujeres y la sociedad sean violencia, protocolos intervencionistas y prejuicios y poca confianza en los cuerpos de las mujeres y en el proceso fisiológico de parir» (#172).
jueves, 26 de marzo de 2015
Canas, arquetipos y esquemas interiorizados
¡Cuántas veces habré oído decir eso de que "las canas en los hombres quedan bien, pero en las mujeres no"! ¿Alguna vez nos hemos preguntado el porqué de esto? Porque todas las cosas tienen su explicación, subrepticia, sutil, quizás retorcida, pero ahí está. Y esto no va a ser menos.
Tenemos tan interiorizadas las actitudes sexistas, tan peligrosamente metidas en nuestro seso más profundo, que no somos conscientes de que están por todas partes. Así, cuando pensamos en un hombre canoso, ¿qué palabra es la más repetida? Es "interesante". Sí, porque las canas, EN LOS VARONES, dan un aire "interesante", de persona madura, y una persona madura es sabia, y esa sabiduría es atractiva. Hasta ahí, todo bien.
¿Y qué pasa con las mujeres? ¿Por qué ellas no son "interesantes" con canas, por qué en ellas la sabiduría no es un plus, por qué no se identifica "mujer canosa" con "mujer atractiva"? Pues porque las canas, EN LAS MUJERES, dan un aire de VEJEZ. Y eso quiere decir que las mujeres ya no están sexualmente disponibles (¡porque para eso estamos!). Y eso quiere decir que ya no tienen valor.
La sabiduría masculina se aprecia porque ellos siempre están vinculados con lo intelectual, con lo público, esto es, con lo que se valora a nivel social. La femenina se asocia a algo más casero (el arquetipo del hombre médico y de la mujer curandera, esto es, con sabiduría de "más bajo nivel", más "de andar por casa", siguen siendo muy poderosos), con lo que inevitablemente queda relegada al ámbito privado, doméstico, porque ése es el espacio que el patriarcado ha elegido para nosotras.
Las mujeres no sólo somos ciudadanas de segunda. Nuestro atractivo está condicionado a nuestro aspecto juvenil, porque en nosotras sólo importa el cuerpo, que ha de ser siempre lozano y fresco. Los hombres maduros, sin embargo, pueden lucir sus canas con orgullo y despreocupación. Porque ellos pueden permitírselo. Porque ellos pueden envejecer.
Qué difícil es salirnos de nuestra zona de confort y pensar en los esquemas y arquetipos que tenemos tan interiorizados que ya casi, casi, somos nosotros mismos.
Tenemos tan interiorizadas las actitudes sexistas, tan peligrosamente metidas en nuestro seso más profundo, que no somos conscientes de que están por todas partes. Así, cuando pensamos en un hombre canoso, ¿qué palabra es la más repetida? Es "interesante". Sí, porque las canas, EN LOS VARONES, dan un aire "interesante", de persona madura, y una persona madura es sabia, y esa sabiduría es atractiva. Hasta ahí, todo bien.
¿Y qué pasa con las mujeres? ¿Por qué ellas no son "interesantes" con canas, por qué en ellas la sabiduría no es un plus, por qué no se identifica "mujer canosa" con "mujer atractiva"? Pues porque las canas, EN LAS MUJERES, dan un aire de VEJEZ. Y eso quiere decir que las mujeres ya no están sexualmente disponibles (¡porque para eso estamos!). Y eso quiere decir que ya no tienen valor.
La sabiduría masculina se aprecia porque ellos siempre están vinculados con lo intelectual, con lo público, esto es, con lo que se valora a nivel social. La femenina se asocia a algo más casero (el arquetipo del hombre médico y de la mujer curandera, esto es, con sabiduría de "más bajo nivel", más "de andar por casa", siguen siendo muy poderosos), con lo que inevitablemente queda relegada al ámbito privado, doméstico, porque ése es el espacio que el patriarcado ha elegido para nosotras.
Las mujeres no sólo somos ciudadanas de segunda. Nuestro atractivo está condicionado a nuestro aspecto juvenil, porque en nosotras sólo importa el cuerpo, que ha de ser siempre lozano y fresco. Los hombres maduros, sin embargo, pueden lucir sus canas con orgullo y despreocupación. Porque ellos pueden permitírselo. Porque ellos pueden envejecer.
Qué difícil es salirnos de nuestra zona de confort y pensar en los esquemas y arquetipos que tenemos tan interiorizados que ya casi, casi, somos nosotros mismos.
viernes, 30 de enero de 2015
El simbólico puntapié y las cuotas de género
Cuando empezó el feminismo como movimiento consolidado, allá por la Ilustración, las mujeres protestaron porque sus reivindicaciones no eran incluidas en los nuevos sistemas, aunque bien que cuando hicieron falta se las dejó pertenecer a esa masa crítica. Así, en la Revolución Francesa, ellas también salieron a las calles, ellas también formaron parte, ellas también estuvieron ahí. Pero cuando la revolución terminó, se las mandó de vuelta a casa con un simbólico puntapié. Lo mismo sucedió en el movimiento americano de abolición de la esclavitud. En las guerras mundiales. En tantísimos conflictos donde se aprovecharon de las mujeres para "hacer bulto" (¡claro, así eran el doble!), pero una vez conseguida la meta, el bulto tenía que volver a sus cocinas.
En la actualidad, nuevos movimientos sociales están emergiendo, poco a poco, y recuerdan un poco, de lejos, a esos movimientos antiguos de ciudadanos movidos por el hartazgo y los abusos constantes. ¿Dónde quedan los feminismos en medio de todo esto? Porque nuevamente, a las mujeres se las acoge para las protestas. Pero luego llega la hora de la verdad y ni se escuchan las reivindicaciones de género ni se establecen cuotas de paridad. Syriza no ha puesto a mujeres ministras. Y la gente se lleva las manos a la cabeza, o sonríe socarronamente, cuando explicas que es un grave error que esto sea así. "Hay cosas más importantes ahora que hacer, lo del feminismo puede esperar", dicen. Como si los feminismos fueran algo secundario, un capricho tonto de un montón de niñas aburridas que no tienen nada mejor que hacer. Qué zarpas tan largas, qué paternalismo tan insultante, tiene el patriarcado, porque estamos todos imbuidos en él sin darnos ni cuenta, nuestros argumentos están siempre pasados por ese filtro, que tenemos tan interiorizado que ya ni somos conscientes.
¿Reivindicaciones secundarias? Las mujeres somos las víctimas principales de la crisis. Mayor precariedad laboral, mayores tasas de paro, salarios mucho más bajos. Dobles jornadas, porque seguimos siendo las principales cuidadoras de niños y mayores, y las que más tareas del hogar realizamos, aunque trabajemos las mismas horas o más que los varones. ¿De verdad es secundario lo que opine la mitad de la población? ¿Y por qué es secundario, porque somos la alteridad, porque lo primario ya lo deciden "ellos"? ¿Porque su opinión vale más? Otra vez la misma trampa. El mismo bache en el camino, con el que tropezamos ad infinitum.
Las cuotas de paridad son necesarias, hoy por hoy. Es un parche, una imposición, es cierto, pero mientras no exista un compromiso feminista de facto, las cuotas deberían darse siempre. Y digo siempre porque actualmente éstas dependen únicamente de la "buena voluntad" de los partidos políticos: ni son obligatorias ni son necesarias, sólo las aplican los partidos políticos que así lo desean. Y entonces pasa lo de siempre: que los varones lo tienen más fácil desde el primer momento, porque su meta está más cerca, porque sus obstáculos serán menores, porque únicamente por ostentar un género determinado tendrán muchas más posibilidades de dedicarse a la vida pública. Es así, no hay más. Sólo hay que echar un vistazo por cualquier periódico. Los feminismos aún necesitan de tanta pedagogía (empezando por que la mayoría de la gente ni siquiera sabe lo que son) que resulta complejo emprender una acción así, que parece tan impositiva. Pero mientras no exista una alta representatividad femenina en los gobiernos, nuestras reivindicaciones continuarán en el aire, como un mero "capricho tonto".
Y nos seguirán dando el simbólico puntapié una vez ganadas las batallas, porque ya hemos hecho el bulto, porque ya se ha terminado... porque ya no hacemos falta, en un mundo de hombres y para hombres.
En la actualidad, nuevos movimientos sociales están emergiendo, poco a poco, y recuerdan un poco, de lejos, a esos movimientos antiguos de ciudadanos movidos por el hartazgo y los abusos constantes. ¿Dónde quedan los feminismos en medio de todo esto? Porque nuevamente, a las mujeres se las acoge para las protestas. Pero luego llega la hora de la verdad y ni se escuchan las reivindicaciones de género ni se establecen cuotas de paridad. Syriza no ha puesto a mujeres ministras. Y la gente se lleva las manos a la cabeza, o sonríe socarronamente, cuando explicas que es un grave error que esto sea así. "Hay cosas más importantes ahora que hacer, lo del feminismo puede esperar", dicen. Como si los feminismos fueran algo secundario, un capricho tonto de un montón de niñas aburridas que no tienen nada mejor que hacer. Qué zarpas tan largas, qué paternalismo tan insultante, tiene el patriarcado, porque estamos todos imbuidos en él sin darnos ni cuenta, nuestros argumentos están siempre pasados por ese filtro, que tenemos tan interiorizado que ya ni somos conscientes.
¿Reivindicaciones secundarias? Las mujeres somos las víctimas principales de la crisis. Mayor precariedad laboral, mayores tasas de paro, salarios mucho más bajos. Dobles jornadas, porque seguimos siendo las principales cuidadoras de niños y mayores, y las que más tareas del hogar realizamos, aunque trabajemos las mismas horas o más que los varones. ¿De verdad es secundario lo que opine la mitad de la población? ¿Y por qué es secundario, porque somos la alteridad, porque lo primario ya lo deciden "ellos"? ¿Porque su opinión vale más? Otra vez la misma trampa. El mismo bache en el camino, con el que tropezamos ad infinitum.
Las cuotas de paridad son necesarias, hoy por hoy. Es un parche, una imposición, es cierto, pero mientras no exista un compromiso feminista de facto, las cuotas deberían darse siempre. Y digo siempre porque actualmente éstas dependen únicamente de la "buena voluntad" de los partidos políticos: ni son obligatorias ni son necesarias, sólo las aplican los partidos políticos que así lo desean. Y entonces pasa lo de siempre: que los varones lo tienen más fácil desde el primer momento, porque su meta está más cerca, porque sus obstáculos serán menores, porque únicamente por ostentar un género determinado tendrán muchas más posibilidades de dedicarse a la vida pública. Es así, no hay más. Sólo hay que echar un vistazo por cualquier periódico. Los feminismos aún necesitan de tanta pedagogía (empezando por que la mayoría de la gente ni siquiera sabe lo que son) que resulta complejo emprender una acción así, que parece tan impositiva. Pero mientras no exista una alta representatividad femenina en los gobiernos, nuestras reivindicaciones continuarán en el aire, como un mero "capricho tonto".
Y nos seguirán dando el simbólico puntapié una vez ganadas las batallas, porque ya hemos hecho el bulto, porque ya se ha terminado... porque ya no hacemos falta, en un mundo de hombres y para hombres.
jueves, 8 de enero de 2015
Violencia obstétrica
Hoy sólo quisiera pedirte un favor. Dentro de unos meses tengo que defender mi TFM, que va sobre violencia obstétrica. Para ello, he elaborado una pequeña encuesta que me ayudará enormemente, ya que las experiencias individuales son la salsa de cualquier estudio, o así debería ser.
Te agradezco si la rellenas, o si la difundes, o ambas cosas. Estará disponible durante unos meses, pero cuantas más respuestas consiga, más datos tendré para analizar, lógicamente.
¡Muchas gracias!
Éste es el enlace: https://docs.google.com/forms/d/1szKQSSQYp2wCjFeTZ1G5f5O21UzVN0mWjohURD0zYi8/viewform?usp=send_form
Te agradezco si la rellenas, o si la difundes, o ambas cosas. Estará disponible durante unos meses, pero cuantas más respuestas consiga, más datos tendré para analizar, lógicamente.
¡Muchas gracias!
Éste es el enlace: https://docs.google.com/forms/d/1szKQSSQYp2wCjFeTZ1G5f5O21UzVN0mWjohURD0zYi8/viewform?usp=send_form
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sufrimiento,
violencia
martes, 18 de noviembre de 2014
Mujeres y ciudadanía de mercado
¿Cómo entender la ciudadanía,hoy por hoy, sin el concepto de
“ciudadanía de mercado”? Cuando las mujeres empezaron a
integrarse en el mundo laboral, como una artimaña más del
capitalismo, sobre todo a raíz de la primera guerra mundial donde
había “escasez de mano de obra masculina”, entonces se
“permitió” a las mujeres formar parte de ese aspecto público
que hasta entonces les había estado prohibido.
Según
T.H. Marshall, la ciudadanía es el máximo estatus de una persona
dentro de una comunidad política, y la divide en tres dimensiones:
-
dimensión civil (derechos de la persona y sus propiedades)
-
dimensión política (posibilidad de elegir representantes políticos
y de ser elegido a su vez)
-
dimensión social (derecho a la salud, a la vivienda, al empleo, a la
educación, etc).
Así,
la mayoría de las mujeres no goza de estas tres dimensiones, sino
sólo de una, dos, o en los peores casos, de ninguna. Es decir, que las
mujeres, en la mayor parte del mundo, no son ciudadanas plenas.
(Otra cosa que cabría dialogar, de un modo paralelo, es si este
concepto de ciudadanía es válido para las mujeres, puesto que se
trata, tal vez, de un concepto propio de una sociedad
androcéntrica... por lo que habría que repensar nuevamente qué
significa la ciudadanía y si ese concepto nos sigue valiendo hoy en
día.)
¿Cómo
pueden las mujeres estar consideradas plenamente integradas en el
mercado laboral (que es, indudablemente, un paso importantísimo), si
en la mayor parte del mundo no se remunera su trabajo, o si se hace,
siempre es por mucho menos que sus homólogos masculinos? Además,
el principal desafío es la conciliación de la vida laboral con la
personal; de sobra es conocido para todos que muchas mujeres tienen
que hacer un doble trabajo: no hay más que ver las estadísticas de
la distribución del trabajo doméstico, sigue siendo la mujer quien
más hace aunque trabaje las mismas horas que su pareja masculina.
En
la “Encuesta de empleo del tiempo 2009-2010” del INE, podemos ver
cómo en España las diferencias son absolutamente significativas:
-
Trabajo remunerado: 38,7% en hombres, 28,2% en mujeres.
-
Labores del hogar: 74,7% en hombres, 91,9% en mujeres. En su conjunto
las mujeres dedican cada día dos horas y cuarto más que los hombres
a las tareas del hogar.
-
Ocio: los hombres participan en más actividades de tiempo libre y
durante más tiempo, dedican de media 11 minutos más en vida social,
y 17 minutos en comunicación.
Puede
verse aquí un resumen de los datos de dicha encuesta.
¿Qué
está pasando?
Lo
que pasa es que se considera que el trabajo “importante”, dentro
de una estructura familiar “tradicional” es el realizado por el
marido; el de la mujer sería sólo un “sobresueldo” o dinero de
apoyo. En este sentido, poco se ha avanzado. De hecho, se realizó un
estudio entre distintos países desarrollados (Gornik, Meyers, Ross)
demostrando que hay un claro correlato entre las políticas públicas
que apoyan a la maternidad y los patrones de empleo femenino: en los
países donde más se apoya las tareas reproductivas, más mujeres
hay en el mercado laboral. PERO igualmente, cuantas más
“facilidades” se dan para compaginar el cuidado de los niños con
el trabajo, éstas suelen recaer siempre en las madres, que siguen
apareciendo como principales cuidadoras, así que de nuevo son
apartadas del mercado laboral, puesto que sus trabajos suelen ser
considerados “de segunda”, como un “extra”.
La
igualdad de género se dará cuando se desnaturalicen los roles
actuales, cuando las mujeres puedan integrarse plenamente en la
ciudadanía de mercado, y cuando los hombres puedan involucrarse
plenamente en la economía del cuidado, es decir, cuando hombres y
mujeres puedan desarrollarse en lo público y en lo privado. Para
ello será absolutamente necesario que el Estado, o los poderes
públicos, se encarguen de implementar políticas que fomenten esta
igualdad. Me gusta cómo lo dice la CEPAL, que aunque va destinado a
América Latina, puede extrapolarse:
Para
promover la ciudadanía en un sentido más republicano, los Estados y
sistemas políticos deben ser capaces de absorber y reflejar las
nuevas prácticas de los movimientos sociales y combinar las
políticas públicas con el capital social que la propia sociedad, a
través de sus organizaciones, va forjando.
Y a eso hay que llegar...
lunes, 7 de julio de 2014
El deporte es cosa de hombres
Lo confieso: no me gustan los deportes de competición. Es decir, sí me agradan los valores de autosuperación, autodisciplina, intentar cada día conseguir una meta un poco más alta. Yo misma me inicié en el running y me pico conmigo misma, imponiéndome desafíos que voy consiguiendo solventar.
Pero a lo que me refiero es a esos típicos deportes de alta competición que podemos ver por la televisión. El fútbol, claro, principalmente. Pero no se quedan atrás muchos otros.
Y es que a mí eso de que sólo por ser hombre vayas a tener más oportunidades deportivas ya me chirría de tal modo que me impide disfrutar con el visionado de ningún deporte. Sólo hay que ver en el documental "Cuestión de pelotas" cómo las oportunidades siempre van a ser infinitamente menores sólo por ser equipos FEMENINOS. De hecho, a sus integrantes no se las considera como jugadoras profesionales, ya que existe un estúpido Real Decreto que dice que "La denominación de las ligas profesionales deberá incluir la indicación de la modalidad deportiva de que se trate. No podrá existir más que una liga profesional por cada modalidad deportiva y sexo en el ámbito estatal": es decir, que si existe una liga masculina, no puede haber una femenina. Ni más, ni menos.
Pincha aquí para ver el documental "Cuestión de pelotas".
Porque a las mujeres no se las toma en serio como deportistas. Se las ve siempre de un modo profundamente paternalista, como niñas pequeñas que "juegan" a imitar a sus homólogos masculinos.
Y quisiera saber quién sigue los deportes femeninos (exceptuando unos cuantos de los que hablaré ahora) más allá de los conocidos de las propias deportistas. Y más allá de algún periodista aburrido que efectuará una breve reseña al final del Marca. Y más allá de algún baboso. Y ahí se quedará todo.
Las mujeres están "autorizadas" desde los Juegos Olímpicos de 1904 a competir. Antes, era un ámbito exclusivamente masculino. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Porque el que puedas hacer una cosa no quiere decir que a alguien le vaya a interesar dicha cosa. Y más cuando se invierte tantísimo dinero en promocionar el deporte masculino, y apenas nada en el femenino, excepto...
... Excepto en los deportes donde sí que parece ser que las mujeres tienen cabida: la natación, el tenis (¡con falditas cada vez más cortas!), el volley (tienen que ir casi desnudas obligatoriamente) o la gimnasia, el patinaje, etc... Deportes donde el cuerpo tiene un gran papel, donde hay demasiados factores estéticos de por medio. Deportes vistos como "graciosos", "elegantes"... es decir, vistos como típicamente "femeninos" y por ende "aptos para mujeres".
Pero todo lo que escape a esa dualidad de género (deportes masculinos: todos los deportes "activos", de competición feroz, que supongan una gran superación / deportes femeninos: los deportes "estéticos", gráciles, elegantes, graciosos)... parece ser que es algo donde las mujeres no tienen cabida seria. Y no hay que irse únicamente a los deportes "físicos". No hay más que ver lo mal que lo han pasado las hermanas Polgar, campeonas de ajedrez, para abrirse paso casi a codazos en un mundo profundamente masculino. De hecho, cuando se decidió subir el Elo 100 puntos a todas las jugadoras de ajedrez, a las Polgar se las dejó fuera, porque "destacaban demasiado". Cuando Judit Polgar vencía a grandes jugadores masculinos de ajedrez (como al gran maestro Karpov), éstos se sentían HUMILLADOS por haber sido vencidos por la jovencísima jugadora. Hoy Judit tiene un Elo de 2700, está entre los 10 mejores del mundo. No puedo ni imaginarme lo que han tenido que pasar las hermanas Polgar para conseguir avanzar entre tanta zancadilla.
Cuando yo era niña, me gustaba jugar al ajedrez. Recuerdo que en un campamento de verano hicimos un "campeonato", y lo gané. Mi último rival fue un chico al que vencí fácilmente, y que fue diciendo por ahí que "me había dejado ganar". Porque yo era una chica, y se sentía humillado. Porque ya con doce años los estereotipos de género son tan sumamente poderosos que es casi imposible huir de ellos.
Ahí fue cuando decidí dejar de jugar al ajedrez.
Y me resulta ridículo que muchas mujeres que se dicen feministas sigan con devoción deportes como el fútbol sin percatarse de que lo que están apoyando de ese modo es que siga siendo un mundo puramente masculino. Porque si incluso las mujeres consideran las competiciones femeninas como "de segunda"... entonces la cosa está muy mal.
Y es que, por desgracia, al igual que en el mundo laboral lo tenemos mucho más difícil... aquí pasa lo mismo. Y hasta que el deporte femenino no sea visto como algo serio, a la misma altura que el masculino... lo siento mucho, pero yo no pienso dedicarle ni un minuto de atención a este último.
Porque a las Polgar nadie las deja ganar. Al revés: a ellas se las lleva mucho más al límite, y cuando con un competidor masculino ya se habrían pedido tablas, se las exige mucho más, sólo por ser mujeres. Y no hay más que ver las espantosas declaraciones del neandertal Checo Pérez para darse cuenta de esta realidad.Y es que los deportes no son sino un reflejo más de la sociedad.
Y eso se ve, para bien o para mal, en todos los ámbitos.
Pero a lo que me refiero es a esos típicos deportes de alta competición que podemos ver por la televisión. El fútbol, claro, principalmente. Pero no se quedan atrás muchos otros.
Y es que a mí eso de que sólo por ser hombre vayas a tener más oportunidades deportivas ya me chirría de tal modo que me impide disfrutar con el visionado de ningún deporte. Sólo hay que ver en el documental "Cuestión de pelotas" cómo las oportunidades siempre van a ser infinitamente menores sólo por ser equipos FEMENINOS. De hecho, a sus integrantes no se las considera como jugadoras profesionales, ya que existe un estúpido Real Decreto que dice que "La denominación de las ligas profesionales deberá incluir la indicación de la modalidad deportiva de que se trate. No podrá existir más que una liga profesional por cada modalidad deportiva y sexo en el ámbito estatal": es decir, que si existe una liga masculina, no puede haber una femenina. Ni más, ni menos.
Pincha aquí para ver el documental "Cuestión de pelotas".
Porque a las mujeres no se las toma en serio como deportistas. Se las ve siempre de un modo profundamente paternalista, como niñas pequeñas que "juegan" a imitar a sus homólogos masculinos.
Y quisiera saber quién sigue los deportes femeninos (exceptuando unos cuantos de los que hablaré ahora) más allá de los conocidos de las propias deportistas. Y más allá de algún periodista aburrido que efectuará una breve reseña al final del Marca. Y más allá de algún baboso. Y ahí se quedará todo.
Uniforme de volley femenino versus uniforme masculino
Las mujeres están "autorizadas" desde los Juegos Olímpicos de 1904 a competir. Antes, era un ámbito exclusivamente masculino. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Porque el que puedas hacer una cosa no quiere decir que a alguien le vaya a interesar dicha cosa. Y más cuando se invierte tantísimo dinero en promocionar el deporte masculino, y apenas nada en el femenino, excepto...
... Excepto en los deportes donde sí que parece ser que las mujeres tienen cabida: la natación, el tenis (¡con falditas cada vez más cortas!), el volley (tienen que ir casi desnudas obligatoriamente) o la gimnasia, el patinaje, etc... Deportes donde el cuerpo tiene un gran papel, donde hay demasiados factores estéticos de por medio. Deportes vistos como "graciosos", "elegantes"... es decir, vistos como típicamente "femeninos" y por ende "aptos para mujeres".
Pero todo lo que escape a esa dualidad de género (deportes masculinos: todos los deportes "activos", de competición feroz, que supongan una gran superación / deportes femeninos: los deportes "estéticos", gráciles, elegantes, graciosos)... parece ser que es algo donde las mujeres no tienen cabida seria. Y no hay que irse únicamente a los deportes "físicos". No hay más que ver lo mal que lo han pasado las hermanas Polgar, campeonas de ajedrez, para abrirse paso casi a codazos en un mundo profundamente masculino. De hecho, cuando se decidió subir el Elo 100 puntos a todas las jugadoras de ajedrez, a las Polgar se las dejó fuera, porque "destacaban demasiado". Cuando Judit Polgar vencía a grandes jugadores masculinos de ajedrez (como al gran maestro Karpov), éstos se sentían HUMILLADOS por haber sido vencidos por la jovencísima jugadora. Hoy Judit tiene un Elo de 2700, está entre los 10 mejores del mundo. No puedo ni imaginarme lo que han tenido que pasar las hermanas Polgar para conseguir avanzar entre tanta zancadilla.
Cuando yo era niña, me gustaba jugar al ajedrez. Recuerdo que en un campamento de verano hicimos un "campeonato", y lo gané. Mi último rival fue un chico al que vencí fácilmente, y que fue diciendo por ahí que "me había dejado ganar". Porque yo era una chica, y se sentía humillado. Porque ya con doce años los estereotipos de género son tan sumamente poderosos que es casi imposible huir de ellos.
Ahí fue cuando decidí dejar de jugar al ajedrez.
Y me resulta ridículo que muchas mujeres que se dicen feministas sigan con devoción deportes como el fútbol sin percatarse de que lo que están apoyando de ese modo es que siga siendo un mundo puramente masculino. Porque si incluso las mujeres consideran las competiciones femeninas como "de segunda"... entonces la cosa está muy mal.
En 1967 intentaron impedir a Kathrine Switzer que corriera la maratón de Boston sólo por ser mujer.
Y es que, por desgracia, al igual que en el mundo laboral lo tenemos mucho más difícil... aquí pasa lo mismo. Y hasta que el deporte femenino no sea visto como algo serio, a la misma altura que el masculino... lo siento mucho, pero yo no pienso dedicarle ni un minuto de atención a este último.
Porque a las Polgar nadie las deja ganar. Al revés: a ellas se las lleva mucho más al límite, y cuando con un competidor masculino ya se habrían pedido tablas, se las exige mucho más, sólo por ser mujeres. Y no hay más que ver las espantosas declaraciones del neandertal Checo Pérez para darse cuenta de esta realidad.Y es que los deportes no son sino un reflejo más de la sociedad.
Y eso se ve, para bien o para mal, en todos los ámbitos.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
El orgullo del florero
Fue noticia en Noruega, hace unos días, la mujer de un futbolista que, cuatro días después de parir, ha subido a internet una foto suya "totalmente recuperada del parto".
¿Qué quiere decir "totalmente recuperada"? ¿Quiere decir que ya se siente bien para retomar sus actividades cotidianas, que no tiene ningún dolor derivado del parto (qué sé yo, hemorroides, por ejemplo)? ¿Quiere decir que se encuentra feliz y pletórica?
No, nada de eso.
Lo que indica es que su barriga está plana. Que en tan sólo cuatro días ha perdido la tripa del embarazo, lo que le hace sentir "orgullosa de sí misma".
No está orgullosa de sí misma por haber tenido un bebé. Por haber parido. Por haber pasado por unos momentos emocional y físicamente agotadores. Por que su mundo se haya revolucionado. Si está orgullosa es por tener la tripa plana, por que su cuerpo haya "vuelto a la normalidad" en tan sólo cuatro días.
Pero vamos a ver, ¿de qué estamos hablando? El proceso natural de involución del útero después del parto, esto es, el tiempo que tarda un útero normal, sano, en volver a su posición y tamaño de antes del embarazo, es de entre cuatro a seis semanas. Sí, semanas, no días. Por otro lado, no se trata sólo del útero, sino que el cuerpo de la mujer, como el de cualquier hembra mamífera, acumula grasas durante el embarazo para poder afrontar la lactancia. Además, a lo largo del embarazo se retienen muchos líquidos que también contribuyen a que el peso sea mayor.
Cuando una mujer da a luz, está varias semanas con la tripa colgando, en mayor o menor medida, según su propia constitución. Pero NO puede tener la tripa plana. Y aunque la tuviera, ¿por qué hay que estar orgullosa de eso? ¿Qué importa, en esos momentos? Y sí, la genética tiene mucho que ver, pero hasta cierto punto. Algunas mujeres se recuperan antes que otras, qué duda cabe. ¿Pero tan importante es exhibirse en plan "mira, qué guapa estoy"? ¿Qué esconde a gritos esa fotografía?
La presión que ejerce la sociedad patriarcal para que la mujer vuelva a ser un florero a la mayor prontitud me resulta abrumadora. Es como si durante el embarazo se permitiera ese breve lapso donde la hembra ya no está "receptiva", donde puede permitirse ganar peso (pero no demasiado, "que luego tengo que perderlo"), pero después de eso hay que volver corriendo a entrar en el redil.
A mí personalmente me da igual que en esta imagen haya Photoshop o no, sea auténtica o no, haya cirugía o no. No me interesa el qué, sino el porqué.
Es lógico que muchas mujeres noruegas se hayan sentido profundamente ofendidas ante la imagen de esta señora posando en lencería cuatro días después de parir.
Porque además, cuando das a luz, y entras en la "cuarentena", te tiras varias semanas expulsando loquios por la vagina, así que tienes que usar compresas (no, no se pueden utilizar tampones o copa después del parto), lo cual no siempre es muy cómodo, la verdad. Al cuarto día, aún estás expulsando sangre y loquios en cantidades ingentes. No creo que esta señora lleve una compresa en esas bragas. Lo que me hace pensar que se ha puesto ese modelito para posar artificialmente en una foto que le suba la autoestima, y que además al ponerla en sus redes sociales, produzca la admiración de todos.
Es terriblemente triste querer sentirse "deseada" para poder sentirse "orgullosa".
Es terriblemente triste estar pendiente, cuatro días después del parto, de tu aspecto físico con tanto ahínco.
Es terriblemente triste aceptar ser un objeto de deseo, sin más, sin tiempo para una introspección necesaria en un contexto que debería ser profundamente reflexivo como es el del puerperio.
Pero lo que me resulta más triste es que admiradoras y detractoras no vean ahí a una mujer herida, víctima de sí misma y de una sociedad machista (sí, en Escandinavia también son muy machistas), víctima del bajón hormonal tras el parto, que no ha encontrado mejor forma de sentirse mejor que mirándose en el espejo y encontrando en él un reflejo de su antiguo yo.
Porque quizás sólo necesitaba un abrazo, un apoyo y un consuelo, y como no lo ha tenido, ha sustituido el sustento emocional por el físico... porque es más sencillo, y desde luego mucho más manejable.
¿Qué quiere decir "totalmente recuperada"? ¿Quiere decir que ya se siente bien para retomar sus actividades cotidianas, que no tiene ningún dolor derivado del parto (qué sé yo, hemorroides, por ejemplo)? ¿Quiere decir que se encuentra feliz y pletórica?
No, nada de eso.
Lo que indica es que su barriga está plana. Que en tan sólo cuatro días ha perdido la tripa del embarazo, lo que le hace sentir "orgullosa de sí misma".
No está orgullosa de sí misma por haber tenido un bebé. Por haber parido. Por haber pasado por unos momentos emocional y físicamente agotadores. Por que su mundo se haya revolucionado. Si está orgullosa es por tener la tripa plana, por que su cuerpo haya "vuelto a la normalidad" en tan sólo cuatro días.
Pero vamos a ver, ¿de qué estamos hablando? El proceso natural de involución del útero después del parto, esto es, el tiempo que tarda un útero normal, sano, en volver a su posición y tamaño de antes del embarazo, es de entre cuatro a seis semanas. Sí, semanas, no días. Por otro lado, no se trata sólo del útero, sino que el cuerpo de la mujer, como el de cualquier hembra mamífera, acumula grasas durante el embarazo para poder afrontar la lactancia. Además, a lo largo del embarazo se retienen muchos líquidos que también contribuyen a que el peso sea mayor.
Cuando una mujer da a luz, está varias semanas con la tripa colgando, en mayor o menor medida, según su propia constitución. Pero NO puede tener la tripa plana. Y aunque la tuviera, ¿por qué hay que estar orgullosa de eso? ¿Qué importa, en esos momentos? Y sí, la genética tiene mucho que ver, pero hasta cierto punto. Algunas mujeres se recuperan antes que otras, qué duda cabe. ¿Pero tan importante es exhibirse en plan "mira, qué guapa estoy"? ¿Qué esconde a gritos esa fotografía?
La presión que ejerce la sociedad patriarcal para que la mujer vuelva a ser un florero a la mayor prontitud me resulta abrumadora. Es como si durante el embarazo se permitiera ese breve lapso donde la hembra ya no está "receptiva", donde puede permitirse ganar peso (pero no demasiado, "que luego tengo que perderlo"), pero después de eso hay que volver corriendo a entrar en el redil.
A mí personalmente me da igual que en esta imagen haya Photoshop o no, sea auténtica o no, haya cirugía o no. No me interesa el qué, sino el porqué.
Es lógico que muchas mujeres noruegas se hayan sentido profundamente ofendidas ante la imagen de esta señora posando en lencería cuatro días después de parir.
Porque además, cuando das a luz, y entras en la "cuarentena", te tiras varias semanas expulsando loquios por la vagina, así que tienes que usar compresas (no, no se pueden utilizar tampones o copa después del parto), lo cual no siempre es muy cómodo, la verdad. Al cuarto día, aún estás expulsando sangre y loquios en cantidades ingentes. No creo que esta señora lleve una compresa en esas bragas. Lo que me hace pensar que se ha puesto ese modelito para posar artificialmente en una foto que le suba la autoestima, y que además al ponerla en sus redes sociales, produzca la admiración de todos.
Es terriblemente triste querer sentirse "deseada" para poder sentirse "orgullosa".
Es terriblemente triste estar pendiente, cuatro días después del parto, de tu aspecto físico con tanto ahínco.
Es terriblemente triste aceptar ser un objeto de deseo, sin más, sin tiempo para una introspección necesaria en un contexto que debería ser profundamente reflexivo como es el del puerperio.
Pero lo que me resulta más triste es que admiradoras y detractoras no vean ahí a una mujer herida, víctima de sí misma y de una sociedad machista (sí, en Escandinavia también son muy machistas), víctima del bajón hormonal tras el parto, que no ha encontrado mejor forma de sentirse mejor que mirándose en el espejo y encontrando en él un reflejo de su antiguo yo.
Porque quizás sólo necesitaba un abrazo, un apoyo y un consuelo, y como no lo ha tenido, ha sustituido el sustento emocional por el físico... porque es más sencillo, y desde luego mucho más manejable.
viernes, 22 de noviembre de 2013
sábado, 2 de noviembre de 2013
Echándonos tierra encima
El otro día me comentaba una compañera de trabajo que los hombres conducen mejor. Que está comprobado. Es la misma compañera que hace años me dijo, cuando me mostré preocupada por sacar el coche del aparcamiento tras una copiosa nevada (un aparcamiento en cuesta y sin asfaltar, repleto de baches), que se lo pidiera a un compañero (varón) para que lo hiciera él. Como si tener un pene entre las piernas garantizara el ser capaz de luchar contra las inclemencias del tiempo mejor. Como si la nieve se arrodillara ante ese pene diciendo "oh, voy a fundirme, gran señor, y a dejarte paso".
¿Y no será que ella conduce mal (porque sí, porque no todo el mundo tiene la misma habilidad para todo) y ya extrapola todo? ¿Y no será que además está tan imbuida en este sistema patriarcal que ya lo acepta como algo natural, y se pone esa limitación?
Sé que se trata de algo totalmente anecdótico. Pero dice mucho de cómo es la sociedad. Si nosotras mismas nos echamos tierra encima, apaga y vámonos. Si nosotras mismas nos ponemos en un escalón inferior, porque "está comprobado" que tal o cual (¿comprobado por quién, cuándo, cómo? ¿dónde están esos estudios? Yo pensaba que era justo al revés, a tenor de lo que dicen las aseguradoras... aunque evidentemente creo que ni lo uno ni lo otro, la gente conduce bien o mal independientemente de su sexo, qué chorrada es ésa...), ¿qué mensaje le transmitimos a nuestros hijos?
Conduzco bastante, me hago al menos cien kilómetros al día, y personalmente sólo temo a dos tipos de conductores: a los viejecitos (porque ya no están en disposición de según qué cosas), y a los que van por ahí con cochazos pensando que la carretera es suya.
Sé que todos transmitimos valores sexistas. Es inevitable y, muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta. Con algunos comentarios, con algunas actitudes, con algunas poses. El mensaje se perpetúa sin quererlo y penetra en las cabecitas de los más pequeños, queramos o no. Pero algunas actitudes son más que eso. Algunas actitudes son tan sumamente obvias que duelen, sin más.
Si nosotras mismas no nos empezamos a dar cuenta de que podemos hacer las cosas exactamente igual, ¿cómo despertaremos entonces? ¿Qué legado transmitiremos?
¿Y no será que ella conduce mal (porque sí, porque no todo el mundo tiene la misma habilidad para todo) y ya extrapola todo? ¿Y no será que además está tan imbuida en este sistema patriarcal que ya lo acepta como algo natural, y se pone esa limitación?
Sé que se trata de algo totalmente anecdótico. Pero dice mucho de cómo es la sociedad. Si nosotras mismas nos echamos tierra encima, apaga y vámonos. Si nosotras mismas nos ponemos en un escalón inferior, porque "está comprobado" que tal o cual (¿comprobado por quién, cuándo, cómo? ¿dónde están esos estudios? Yo pensaba que era justo al revés, a tenor de lo que dicen las aseguradoras... aunque evidentemente creo que ni lo uno ni lo otro, la gente conduce bien o mal independientemente de su sexo, qué chorrada es ésa...), ¿qué mensaje le transmitimos a nuestros hijos?
Conduzco bastante, me hago al menos cien kilómetros al día, y personalmente sólo temo a dos tipos de conductores: a los viejecitos (porque ya no están en disposición de según qué cosas), y a los que van por ahí con cochazos pensando que la carretera es suya.
Sé que todos transmitimos valores sexistas. Es inevitable y, muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta. Con algunos comentarios, con algunas actitudes, con algunas poses. El mensaje se perpetúa sin quererlo y penetra en las cabecitas de los más pequeños, queramos o no. Pero algunas actitudes son más que eso. Algunas actitudes son tan sumamente obvias que duelen, sin más.
Si nosotras mismas no nos empezamos a dar cuenta de que podemos hacer las cosas exactamente igual, ¿cómo despertaremos entonces? ¿Qué legado transmitiremos?
jueves, 25 de julio de 2013
De paradojas y puritanismos
El otro día fue célebre la noticia de una pareja joven que cenaba tranquilamente en un restaurante chic de Nueva York y que fue humillada y tratada como un comando terrorista, con un despliegue policial digno de un telefilm casposo de Antena 3. ¿Su crimen? Amamantar a su bebé, ¡oh dioses!, en medio de ese templo esnob de glamour y canapés. Independientemente de la noticia en sí, que no me extraña a estas alturas (un país donde rige tamaño puritanismo es lo que tiene, que se dan estas nefastas paradojas, que las armas son guays y la desnudez es tabú, porque la sociedad patriarcal despunta, y con ello la competitividad, y a mayor competitividad menor afectividad, y a menor afectividad más se separa a los niños desde que nacen, con sus nefastas consecuencias y su perpetuación del círculo vicioso infinito... pero bueno, ésa es otra historia, que me voy).
Lo que me sorprende, lo que me indigna, son los comentarios del artículo en cuestión.
Y es que no aprendo. Hace tiempo que me prometí a mí misma no leer esos comentarios ignorantes y repletos de prejuicios que surgen como setas en cualquier rincón de internet, tipo Menéame (reducto de quinceañeros pajilleros que se atreven a opinar de todo lo que se mueve, ¡ea, no hay miseria!), forocoches, y demás indicadores del profundo saber popular de nuestro país.
Pero vuelvo a caer una y otra vez. Y acabo leyendo los comentarios de los artículos y abriendo perpleja la boca con asombro infinito ante cómo las personas sólo se atreven a expresar lo que realmente piensan bajo el anonimato virtual. Y esas opiniones son muchas, demasiadas, veces aterradoras.
Desde quien dice que "sólo las gitanas y personas con poca educación" dan el pecho en público (curioso que en Escandinavia, países donde las tasas de lactancia son las más altas, sea también donde la educación es la mejor del mundo), hasta quien opina que dar teta en público es sólo propio de "progres" y "exhibicionistas", o quien equipara el alimentar a tu vástago con hacer tus necesidades en público ("yo no cago en público, a ver por qué tienen que dar el pecho delante de todo el mundo"), pasando por quien compara EEUU con países como Afganistán ("seguro que si estuviera en Afganistán no se habría atrevido a amamantar en público"... ¿pero EEUU no era la tierra de la libertad?).
Cuando das teta a tu bebé (porque fíjate tú, los bebés no entienden de horarios, convenciones sociales, ni demás superficialidades que no pintan nada en la mera supervivencia), la cabeza tapa el pecho (sí, aún no he visto ningún niño transparente), con lo cual sólo "se ve algo" si "te esfuerzas" en verlo. Vamos, que no es tan obvio. Tienes que estar observando atentamente para pillar el segundo exacto en el que el pequeño suelta el pezón y la mamá se lo tapa. Y desde luego, si hay alguien esperando ese instante, me parece cuando menos enfermizo. Desde luego, si la queja de los escandalizados comensales iban encaminadas a evitar el micro instante fatídico de la visualización del trozo de pezón... apaga y vámonos.
¡Que esas exhibicionistas descaradas, maleducadas y progres se vayan a amamantar al baño, entre dulces olores la mar de acogedores! ¡O que se pongan un burka de ésos de dar teta! Quizás quienes damos el pecho tendremos que quedarnos encerradas en casa haciendo calceta, no sea que nos sorprenda un pezón furtivo el hipócrita de turno que luego tiene escondido bajo el colchón un arsenal de revistas porno... Aaah, pero es que ahí los pechos cumplen su función de objeto sexual y cuando amamantan no. ¿No irán por ahí los tiros? ¡Qué miedo, una mujer dueña de sus tetas, que la detengan, que se me descoloca todo y eso hace pupa!
Y lo peor de todo, como siempre, son los comentarios de mujeres. Terribles. Dolorosos. Tristísimos. Y una muestra como cualquier otra de lo poco madura que aún está nuestra sociedad. Tenemos tanto, tantísimo, que aprender. Tenemos tanto, tantísimo, que reaprender. Tenemos tanto, tantísimo, que desaprender...
Lo que me sorprende, lo que me indigna, son los comentarios del artículo en cuestión.
Y es que no aprendo. Hace tiempo que me prometí a mí misma no leer esos comentarios ignorantes y repletos de prejuicios que surgen como setas en cualquier rincón de internet, tipo Menéame (reducto de quinceañeros pajilleros que se atreven a opinar de todo lo que se mueve, ¡ea, no hay miseria!), forocoches, y demás indicadores del profundo saber popular de nuestro país.
Pero vuelvo a caer una y otra vez. Y acabo leyendo los comentarios de los artículos y abriendo perpleja la boca con asombro infinito ante cómo las personas sólo se atreven a expresar lo que realmente piensan bajo el anonimato virtual. Y esas opiniones son muchas, demasiadas, veces aterradoras.
Desde quien dice que "sólo las gitanas y personas con poca educación" dan el pecho en público (curioso que en Escandinavia, países donde las tasas de lactancia son las más altas, sea también donde la educación es la mejor del mundo), hasta quien opina que dar teta en público es sólo propio de "progres" y "exhibicionistas", o quien equipara el alimentar a tu vástago con hacer tus necesidades en público ("yo no cago en público, a ver por qué tienen que dar el pecho delante de todo el mundo"), pasando por quien compara EEUU con países como Afganistán ("seguro que si estuviera en Afganistán no se habría atrevido a amamantar en público"... ¿pero EEUU no era la tierra de la libertad?).
Cuando das teta a tu bebé (porque fíjate tú, los bebés no entienden de horarios, convenciones sociales, ni demás superficialidades que no pintan nada en la mera supervivencia), la cabeza tapa el pecho (sí, aún no he visto ningún niño transparente), con lo cual sólo "se ve algo" si "te esfuerzas" en verlo. Vamos, que no es tan obvio. Tienes que estar observando atentamente para pillar el segundo exacto en el que el pequeño suelta el pezón y la mamá se lo tapa. Y desde luego, si hay alguien esperando ese instante, me parece cuando menos enfermizo. Desde luego, si la queja de los escandalizados comensales iban encaminadas a evitar el micro instante fatídico de la visualización del trozo de pezón... apaga y vámonos.
El burka tetil para un restaurante viene fenomenal, así además te ahorras ponerte la servilleta...
¡Que esas exhibicionistas descaradas, maleducadas y progres se vayan a amamantar al baño, entre dulces olores la mar de acogedores! ¡O que se pongan un burka de ésos de dar teta! Quizás quienes damos el pecho tendremos que quedarnos encerradas en casa haciendo calceta, no sea que nos sorprenda un pezón furtivo el hipócrita de turno que luego tiene escondido bajo el colchón un arsenal de revistas porno... Aaah, pero es que ahí los pechos cumplen su función de objeto sexual y cuando amamantan no. ¿No irán por ahí los tiros? ¡Qué miedo, una mujer dueña de sus tetas, que la detengan, que se me descoloca todo y eso hace pupa!
Y lo peor de todo, como siempre, son los comentarios de mujeres. Terribles. Dolorosos. Tristísimos. Y una muestra como cualquier otra de lo poco madura que aún está nuestra sociedad. Tenemos tanto, tantísimo, que aprender. Tenemos tanto, tantísimo, que reaprender. Tenemos tanto, tantísimo, que desaprender...
viernes, 21 de junio de 2013
Las niñas-repollo
Tengo dos hijas. No les puse pendientes (la mayor se los puso luego, pero porque ella quiso). Siempre les di juguetes de todo tipo (menos bélicos) para que pudieran jugar con lo que a ellas más les gustase. Siempre he intentado escucharlas, respetar sus gustos, hacerlas entender que ellas son especiales por ser quienes son. Por supuesto, por no ponerles pendientes tuve que escuchar un montón de críticas, sobre todo con la mayor que fue quien allanó el camino. La típica señora que te dice por la calle "uy, ¿es una niña? como no lleva pendientes...", a lo que siempre contestaba "sí, señora, ya tendrá tiempo a que la discriminen por ser mujer más adelante, que disfrute ahora de estos años de inocencia pura". La señora de turno no comprendía nada, claro.
Mi hija pequeña tiene casi dos años y no se preocupa por su aspecto. Ella sólo quiere jugar tranquilamente y disfrutar. Le gustan mucho los coches (los vehículos, en general) y subirse a todas partes como una cabra loca. Pero entonces siempre tiene que venir otra típica señora a criticar que por qué no le pongo vestidos. ¿Y a usted qué le importa? ¿Por qué no se pone usted sombreros de copa, que me gustan a mí?
Estas pequeñas actitudes sexistas van haciendo mella, quiera o no, en ellas. Es imposible aislarlas de esto. Y yo luego no sé cómo explicarles que las mujeres no somos objetos, que no somos muñecas tontas a las que sólo les importan los vestidos, el maquillaje y los tacones. Mi hija mayor está cada vez más atrapada en este inevitable paradigma, ¡y no tiene aún cinco años! Me habla de que quiere más vestidos, de que quiere maquillaje, de que le tengo que pintar las uñas...
Es muy complicado, y muy frustrante muchas veces, ir contra corriente. Huir de los papeles esencialistas distribuidos desde el mismo momento del nacimiento, en el que si la criatura tiene vulva ya se la condiciona a ser de determinada manera. Que con minutos de vida ya tengas que entrar en el redil es cruel y sobre todo muy triste. Que tengas que aguantar toda tu infancia ir vestida de repollo y jugar en el parque con un vestidito que no te puedes manchar en vez de con un chándal cómodo no tiene ningún sentido. Y es que si no detectamos y frenamos estas actitudes desde el principio, las cosas nunca cambiarán, y nuestras hijas seguirán preocupándose por superficialidades... que esconden cosas mucho más profundas y peligrosas.
Mi hija pequeña tiene casi dos años y no se preocupa por su aspecto. Ella sólo quiere jugar tranquilamente y disfrutar. Le gustan mucho los coches (los vehículos, en general) y subirse a todas partes como una cabra loca. Pero entonces siempre tiene que venir otra típica señora a criticar que por qué no le pongo vestidos. ¿Y a usted qué le importa? ¿Por qué no se pone usted sombreros de copa, que me gustan a mí?
Estas pequeñas actitudes sexistas van haciendo mella, quiera o no, en ellas. Es imposible aislarlas de esto. Y yo luego no sé cómo explicarles que las mujeres no somos objetos, que no somos muñecas tontas a las que sólo les importan los vestidos, el maquillaje y los tacones. Mi hija mayor está cada vez más atrapada en este inevitable paradigma, ¡y no tiene aún cinco años! Me habla de que quiere más vestidos, de que quiere maquillaje, de que le tengo que pintar las uñas...
Es muy complicado, y muy frustrante muchas veces, ir contra corriente. Huir de los papeles esencialistas distribuidos desde el mismo momento del nacimiento, en el que si la criatura tiene vulva ya se la condiciona a ser de determinada manera. Que con minutos de vida ya tengas que entrar en el redil es cruel y sobre todo muy triste. Que tengas que aguantar toda tu infancia ir vestida de repollo y jugar en el parque con un vestidito que no te puedes manchar en vez de con un chándal cómodo no tiene ningún sentido. Y es que si no detectamos y frenamos estas actitudes desde el principio, las cosas nunca cambiarán, y nuestras hijas seguirán preocupándose por superficialidades... que esconden cosas mucho más profundas y peligrosas.
martes, 4 de junio de 2013
Menos humos y más lucha
Leo apabullada opiniones reacias al feminismo de la diferencia acusándolo de patriarcado encubierto. Explico por encima para quien no sepa de qué hablo: dos de las "corrientes" más mayoritarias dentro del feminismo son el de la igualdad (las mujeres son iguales a los hombres, porque el lugar en el que nos colocamos tiene que ver con los roles aprendidos, con el género que se nos impone desde pequeños) y el de la diferencia (ser mujer es algo bueno y digno de ser reivindicado, y habría que rehuir del patriarcado construyendo algo nuevo, bueno, femenino y diferente). Vale, grosso modo; es mucho más complejo, pero para que nos entendamos. La cuestión es que en muchas webs y blogs sobre el tema, se acusa al feminismo de la diferencia de intentar volver a colocar a las mujeres en sus roles de género (cocina, casa cuidando a los niños, etc), por ejemplo, aquí.
Vamos a ver, para empezar, no existen dos corrientes fácil y claramente delimitadas, sino que existen pensadoras. Y cada pensadora tiene sus ideas. Y dudo mucho que nadie se defina como seguidor al cien por cien de ninguna ideología o corriente filosófica o política (personalmente, por eso encuentro muy difícil el aceptar una religión o partido político, porque siempre le encuentro peros a todo). Así que meter en el mismo saco a todas las "seguidoras" de una corriente (por seguidoras quiero decir a las que más o menos se podría calificar de pertenecientes a dicha ideología, con sus matices, a las simpatizantes por así decirlo) es simplista al máximo.
Voy a intentar exponer mi humilde punto de vista al respecto. Según Françoise Héritier, el patriarcado surgió en épocas prehistóricas como un intento por parte de los hombres de controlar el cuerpo femenino, ya que éste tenía un poder: el de crear nueva vida. Porque el patriarcado, dice Cristine Northrup, es la separación entre mente y cuerpo. Así, aunque el patriarcado está estrechamente vinculado al capitalismo, las raíces son muchísimo más antiguas. Las mujeres llevamos alienadas toda nuestra existencia.
Ahora entonces vendrán y me dirán que qué es eso de identificar sexo con género. Que existe la intersexualidad. Que no todo es blanco o negro (vaya, justo lo que yo digo respecto a las corrientes feminismo de la igualdad-feminismo de la diferencia). Que no hay mujeres ni hombres, sino personas con genitales de cierta índole, genes y hormonas, y que genéticamente no todo está tan claro siempre. ¡Y sí, de acuerdo, pero no se trata "sólo" de eso!
Si el patriarcado quiere dominar el cuerpo femenino, ¿no es de lógica volver a recuperar dicho control, proclamándonos dueñas de nuestros cuerpos, poderosas, autónomas? No se trata de ir de ecoguay loca que se come su menstruación a cucharadas y venera la sabiduría femenina en un akelarre todos los jueves a las ocho y cuarto. No me refiero a eso. Es que creo que hay que empezar por distinguir entre dos ámbitos: el personal y el social. El problema surge cuando se mezclan ambos sin ton ni son.
Yo no he estado particularmente orgullosa de mis embarazos, ni de mis partos. No me considero ninguna diosa por haber hecho lo que mi cuerpo sabe hacer. Es absurdo. Me encontré feliz y repleta de hormonas, pero eso es todo. No pensé por ello que las mujeres somos superiores por nuestros atributos femeninos. No escondo ninguna androfobia. Estoy muy orgullosa de mis hijas, sí, pero no de mis funciones fisiológicas. Puedo parir y puedo comer y puedo orinar y puedo dormir.
Pero tampoco soy una machista encubierta por haber decidido dar el pecho a mis hijas, por haber optado por una crianza con apego, por haber solicitado una excedencia. Porque lo siento mucho, físicamente yo soy la única dentro de mi pareja que es capaz de dar el pecho. Es que es así, porque mi pareja es un hombre. Si resulta que de repente mi pareja empezara a excretar prolactina por los costados y leche como aquel caso tan célebre, la cosa sería diferente. Pero físicamente, hoy por hoy, soy la que puede hacerlo. No soy mejor por ello. No soy menos tampoco. Es lo que hay. Y por respeto a mis hijas, que cuando nacen no entienden nada de luchas sociales, de feminismos o machismos, acepto esa diferencia y su gran utilidad, y hago uso de ella porque para eso está, porque para mí la lactancia es sólo la prolongación del embarazo, pues viene en el mismo lote. Y no voy a dar biberones para que sea "equitativo". En esos momentos, acepto ser una hembra mamífera, y como tal actúo.
El problema viene cuando identificamos esta diferencia física (que, repito, no quiere decir que un género sea mejor que otro, o que haya géneros puros, dentro de los cuales las mujeres son chupi guays y deban reivindicar un matriarcado falofóbico; hablo de poder tener hijos, me da igual que quien pueda tenerlos tenga genes de tal o cual sexo) con diferencias sociales. El problema viene cuando por el simple hecho de que una mujer pueda tener hijos cobre menos, tenga peores trabajos, y sea peor considerada en el ámbito laboral, aunque resulte igual de buena que los trabajadores masculinos (este experimento lo demuestra ampliamente). A las mujeres siempre se nos valora menos.
Las mujeres somos iguales a nivel laboral. Podemos hacer las mismas cosas. Podemos tener los mismos trabajos. Podemos tener los mismos sueldos. Somos iguales a nivel de inteligencia. Somos iguales en muchísimas cosas a los hombres, pero...
Las mujeres somos físicamente diferentes. Y aquí me da igual que nos identifiquemos con la palabra mujer o no. Yo me refiero a quienes pueden gestar, parir y amamantar. Punto.
Y si la vida personal se mezcla con la vida laboral, si las mujeres presentan un mayor absentismo a causa de los hijos, y si ése es siempre el argumento para degradarnos y no permitirnos ascender o cobrar más... las culpables no somos nosotras. Es el patriarcado, es el capitalismo, es la falta total y absoluta de conciliación. Eso NO quiere decir que las mujeres quieran volver a quedarse en casa con la pata quebrada. Es simplemente que a veces no les queda más remedio porque son despedidas al quedarse embarazadas. Porque su sueldo suele ser más bajo, así que si uno de los dos miembros de la pareja pide una excedencia, suele ser el sueldo de ella el que se sacrifica. Y de todas formas, si dentro de una pareja uno de los dos miembros decide no trabajar, si es un acuerdo entre ellos, ¿dónde está el problema? Eso entra dentro de la intimidad, y no creo que tenga absolutamente nada que ver con machismo.
Si le buscamos tres pies al gato y nos entretenemos con debates de nombres, con rizar el rizo, rizar el rizo rizado y alisar el rizo, al final, ¿qué nos queda? Humo. Nos queda humo, mucha palabrería... pero poca lucha.
Vamos a ver, para empezar, no existen dos corrientes fácil y claramente delimitadas, sino que existen pensadoras. Y cada pensadora tiene sus ideas. Y dudo mucho que nadie se defina como seguidor al cien por cien de ninguna ideología o corriente filosófica o política (personalmente, por eso encuentro muy difícil el aceptar una religión o partido político, porque siempre le encuentro peros a todo). Así que meter en el mismo saco a todas las "seguidoras" de una corriente (por seguidoras quiero decir a las que más o menos se podría calificar de pertenecientes a dicha ideología, con sus matices, a las simpatizantes por así decirlo) es simplista al máximo.
Voy a intentar exponer mi humilde punto de vista al respecto. Según Françoise Héritier, el patriarcado surgió en épocas prehistóricas como un intento por parte de los hombres de controlar el cuerpo femenino, ya que éste tenía un poder: el de crear nueva vida. Porque el patriarcado, dice Cristine Northrup, es la separación entre mente y cuerpo. Así, aunque el patriarcado está estrechamente vinculado al capitalismo, las raíces son muchísimo más antiguas. Las mujeres llevamos alienadas toda nuestra existencia.
Ahora entonces vendrán y me dirán que qué es eso de identificar sexo con género. Que existe la intersexualidad. Que no todo es blanco o negro (vaya, justo lo que yo digo respecto a las corrientes feminismo de la igualdad-feminismo de la diferencia). Que no hay mujeres ni hombres, sino personas con genitales de cierta índole, genes y hormonas, y que genéticamente no todo está tan claro siempre. ¡Y sí, de acuerdo, pero no se trata "sólo" de eso!
Si el patriarcado quiere dominar el cuerpo femenino, ¿no es de lógica volver a recuperar dicho control, proclamándonos dueñas de nuestros cuerpos, poderosas, autónomas? No se trata de ir de ecoguay loca que se come su menstruación a cucharadas y venera la sabiduría femenina en un akelarre todos los jueves a las ocho y cuarto. No me refiero a eso. Es que creo que hay que empezar por distinguir entre dos ámbitos: el personal y el social. El problema surge cuando se mezclan ambos sin ton ni son.
Yo no he estado particularmente orgullosa de mis embarazos, ni de mis partos. No me considero ninguna diosa por haber hecho lo que mi cuerpo sabe hacer. Es absurdo. Me encontré feliz y repleta de hormonas, pero eso es todo. No pensé por ello que las mujeres somos superiores por nuestros atributos femeninos. No escondo ninguna androfobia. Estoy muy orgullosa de mis hijas, sí, pero no de mis funciones fisiológicas. Puedo parir y puedo comer y puedo orinar y puedo dormir.
Pero tampoco soy una machista encubierta por haber decidido dar el pecho a mis hijas, por haber optado por una crianza con apego, por haber solicitado una excedencia. Porque lo siento mucho, físicamente yo soy la única dentro de mi pareja que es capaz de dar el pecho. Es que es así, porque mi pareja es un hombre. Si resulta que de repente mi pareja empezara a excretar prolactina por los costados y leche como aquel caso tan célebre, la cosa sería diferente. Pero físicamente, hoy por hoy, soy la que puede hacerlo. No soy mejor por ello. No soy menos tampoco. Es lo que hay. Y por respeto a mis hijas, que cuando nacen no entienden nada de luchas sociales, de feminismos o machismos, acepto esa diferencia y su gran utilidad, y hago uso de ella porque para eso está, porque para mí la lactancia es sólo la prolongación del embarazo, pues viene en el mismo lote. Y no voy a dar biberones para que sea "equitativo". En esos momentos, acepto ser una hembra mamífera, y como tal actúo.
El problema viene cuando identificamos esta diferencia física (que, repito, no quiere decir que un género sea mejor que otro, o que haya géneros puros, dentro de los cuales las mujeres son chupi guays y deban reivindicar un matriarcado falofóbico; hablo de poder tener hijos, me da igual que quien pueda tenerlos tenga genes de tal o cual sexo) con diferencias sociales. El problema viene cuando por el simple hecho de que una mujer pueda tener hijos cobre menos, tenga peores trabajos, y sea peor considerada en el ámbito laboral, aunque resulte igual de buena que los trabajadores masculinos (este experimento lo demuestra ampliamente). A las mujeres siempre se nos valora menos.
Las mujeres somos iguales a nivel laboral. Podemos hacer las mismas cosas. Podemos tener los mismos trabajos. Podemos tener los mismos sueldos. Somos iguales a nivel de inteligencia. Somos iguales en muchísimas cosas a los hombres, pero...
Las mujeres somos físicamente diferentes. Y aquí me da igual que nos identifiquemos con la palabra mujer o no. Yo me refiero a quienes pueden gestar, parir y amamantar. Punto.
Y si la vida personal se mezcla con la vida laboral, si las mujeres presentan un mayor absentismo a causa de los hijos, y si ése es siempre el argumento para degradarnos y no permitirnos ascender o cobrar más... las culpables no somos nosotras. Es el patriarcado, es el capitalismo, es la falta total y absoluta de conciliación. Eso NO quiere decir que las mujeres quieran volver a quedarse en casa con la pata quebrada. Es simplemente que a veces no les queda más remedio porque son despedidas al quedarse embarazadas. Porque su sueldo suele ser más bajo, así que si uno de los dos miembros de la pareja pide una excedencia, suele ser el sueldo de ella el que se sacrifica. Y de todas formas, si dentro de una pareja uno de los dos miembros decide no trabajar, si es un acuerdo entre ellos, ¿dónde está el problema? Eso entra dentro de la intimidad, y no creo que tenga absolutamente nada que ver con machismo.
Si le buscamos tres pies al gato y nos entretenemos con debates de nombres, con rizar el rizo, rizar el rizo rizado y alisar el rizo, al final, ¿qué nos queda? Humo. Nos queda humo, mucha palabrería... pero poca lucha.
jueves, 7 de febrero de 2013
Soy una señorita, y estoy bien calladita
El otro día me preguntaron "¿señora o señorita?". Sí, año 2013. Sí, aún hay gente a quien no conozco de nada que juzga que el saber si estoy casada y desvirgada es algo importante para rellenar un formulario o para hacer cualquier gestión.
La palabra "señorita" es una de tantas que en castellano tiene una serie de connotaciones totalmente diferentes a las de su equivalente masculina. Porque así como un "señorito" es un pijo, hombre adinerado, o similar... "señorita" quiere decir "virgen". Como suena, sin más. Otro reflejo más de la sociedad patriarcal son estas constantes connotaciones sexuales en tantísimos vocablos aplicados a las mujeres.
Una señorita es una virgen, porque no se ha casado (porque claro, una mujer "de bien" ha de llegar virgen al matrimonio, esto ni se cuestiona). Pues eso: ¿cómo a día de hoy a nadie le extraña que siga existiendo un término tan absolutamente despectivo hacia la mujer, hacia su privacidad, hacia su sexualidad, y hacia la noción misma de igualdad?
Si yo tengo que aclarar si soy virgen o no para rellenar un formulario, algo raro pasa.
Y daría para un post aparte el hablar de las tantísimas otras palabras que existen (insultos, en su mayor parte) relacionadas con la mujer con connotaciones ineludiblemente sexuales. Porque como todo el mundo sabe, las mujeres no somos más que objetos. Las señoritas somos así.
La palabra "señorita" es una de tantas que en castellano tiene una serie de connotaciones totalmente diferentes a las de su equivalente masculina. Porque así como un "señorito" es un pijo, hombre adinerado, o similar... "señorita" quiere decir "virgen". Como suena, sin más. Otro reflejo más de la sociedad patriarcal son estas constantes connotaciones sexuales en tantísimos vocablos aplicados a las mujeres.
Una señorita es una virgen, porque no se ha casado (porque claro, una mujer "de bien" ha de llegar virgen al matrimonio, esto ni se cuestiona). Pues eso: ¿cómo a día de hoy a nadie le extraña que siga existiendo un término tan absolutamente despectivo hacia la mujer, hacia su privacidad, hacia su sexualidad, y hacia la noción misma de igualdad?
Si yo tengo que aclarar si soy virgen o no para rellenar un formulario, algo raro pasa.
Y daría para un post aparte el hablar de las tantísimas otras palabras que existen (insultos, en su mayor parte) relacionadas con la mujer con connotaciones ineludiblemente sexuales. Porque como todo el mundo sabe, las mujeres no somos más que objetos. Las señoritas somos así.
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