Por fin, tras varios meses, aquí están los resultados de la encuesta que realicé por medio de este blog y de distintas redes sociales sobre víctimas de violencia obstétrica. Tras eliminar las repeticiones, las encuestas incompletas y las "bromas e insultos varios", el número que quedó fue de 619. Su valor es meramente anecdótico, no se trata por ello de una encuesta formal y no forma parte del corpus de mi TFM, sino de un anexo ilustrativo de cómo perciben la realidad muchas víctimas en España.
Muchas gracias, de nuevo, a todas las que habéis participado.
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En primer lugar, veamos por números de partos:
Las edades de las encuestadas van desde los 18 a los 72 años, distribuidas de la siguiente forma:
La Sanidad Pública es lo que usó la mayoría de las mujeres:
La gran mayoría se considera bien informada sobre estos temas:
Cuantos más partos han vivido, más informadas se consideran (la experiencia es un grado):
De la totalidad de encuestadas, 231 se plantearon en algún momento el parto
en casa, 388 no se lo plantearon y 4 no saben o no contestan. Las razones
principales esgrimidas para no querer parir en casa son las siguientes:
Pero cuantos más partos se pasan, más aumenta el deseo de parir en casa:
es decir, cuando se sabe cómo funciona el hospital y sus protocolos, muchas
mujeres se sienten profundamente decepcionadas.
En cuanto al plan de parto, 169 mujeres presentaron uno, 415 no lo hicieron, y
35 quisieron hacerlo pero no se lo aceptaron. Las razones principales
esgrimidas para no presentar un plan de parto son las siguientes:
Las intervenciones más comunes en el embarazo son las siguientes:
Las intervenciones más comunes en el parto son las siguientes:
Hay cosas llamativas, como que suelen ir de la mano la imposibilidad de
moverse libremente con la imposibilidad de comer y beber: es así en 285
casos.
En cuanto al postparto:
Y en cuanto a los bebés que presentaron problemas (236 presentaron uno o varios de los siguientes):
Podemos observar que hay una cierta consonancia entre el número de
intervenciones en el parto y el número de problemas en el postparto:
También llama la atención cómo, normalizando la cantidad de mujeres que
entregan un plan de parto con las que no, se aprecia que esto apenas incide en
el número de intervenciones recibidas: es decir, los planes de parto NO
funcionan, porque no se respetan.
Si comparamos la sanidad pública con la privada, normalizando el número
(puesto que había más mujeres que habían parido por la sanidad pública),
observamos que en la sanidad privada, de media, se realizan más
intervenciones.
En un siguiente post, los testimonios.
Embarazo, parto respetado, lactancia, crianza, ecofeminismo, veganismo, ecología y más
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miércoles, 27 de mayo de 2015
viernes, 27 de junio de 2014
La indiferencia es la peor forma de violencia
Una de las cosas que más me cuesta desde siempre es callarme. Muchas
veces, me tengo que morder la lengua hasta el infinito y más allá cuando
escucho la típica perorata salpicada de ignorancia, prejuicios, u
opiniones sin fundamentar en general.
En relación a la maternidad, sé que no hay que juzgar, así que intento callarme con todas mis fuerzas. Pero muchas veces se me llevan los demonios. Me resulta muy difícil.
Y creo que, con diferencia, en el tema del embarazo/parto/lactancia y demás, lo que más me fastidia es la actitud del "me da igual". Porque una cosa es ser una persona sin la posibilidad de informarte, y otra cosa muy diferente es tener toda la información del mundo al alcance de la mano... y aun así, despreciarla.
Creo que, principalmente, se juntan tres factores:
- La autoridad. Seguimos pensando que los profesionales de la salud tienen la última palabra, como si no fuéramos mujeres maduras con la suficiente capacidad para responsabilizarnos de nuestra propia salud. Por ello, dejamos que el embarazo y el parto caigan en el saco de lo patológico, y sean tratados como una enfermedad. Así que, si son una enfermedad, qué menos que dejarse manipular por los médicos, "que son los que saben".
- La normalidad. Nos da miedo "ser diferentes", ser "pioneras", y es que "si siempre se ha hecho así, por algo será". Así, y casi como corolario del primer punto, el de la autoridad, nos quedamos calladitas, no damos guerra, no vamos a ser más que la vecina, no queremos dar la nota, no queremos destacar. Y nos dejamos hacer, nuevamente, para no molestar, para no ser "raras".
- El miedo. Y éste es, quizás, el más importante. Y el que muchas veces deja que los dos primeros puntos se produzcan, casi con alivio. Estamos tan desconectadas de nuestros cuerpos, de la vida en general, que tenemos miedo. Miedo a parir. Miedo a amamantar. Miedo a sujetar un bebé. Miedo a ser lo que somos: mamíferas. ¡Tenemos, sencillamente, miedo a ser! Esta desconexión es terrible, porque no sólo supone desconectarse de nuestra sabiduría instintiva que subyace dentro de todos nosotros, sino sobre todo desconectarse totalmente de nuestra propia esencia. Así que nos dejamos llevar, porque tenemos miedo a encontrarnos con nosotras mismas. A descubrirnos, ahí, debajo de todas esas capas de modernidad, internet, maquillajes, piercings y sofisticaciones. Tenemos terror al dolor, terror a vernos como criaturas que gimen, gritan, sangran, y entran en un trance sinigual, animal, como nunca antes habíamos experimentado. Así que mejor ponernos anestesias y todo tipo de parches para no abandonarnos en esa locura, tan poco racional, tan extraña... tan incontrolable y, por ende, temible. La pasividad como método de controlar el terror.
Y así nos va. A años luz de otros países en cuanto a la atención en el embarazo y parto. Con toda la información a nuestro alcance... pero nos da igual.
Y se suceden los episodios de violencia obstétrica sin que nadie diga ni mu: inducciones cuando el cuerpo no está preparado, maniobras de Kristeller, separación de membranas, tactos "porque sí", posiciones impuestas, enemas, rasurados, fórceps, ventosas, cesáreas innecesarias. Pero no nos quejamos, no nos informamos, no buscamos. Y hablo con la gente y mi experiencia en los partos no tiene nada que ver con lo que otras personas me cuentan. Y la diferencia está en algo muy sencillo: la información de la madre. El criterio. La capacidad de informarse, leer, decidir, y sobre todo, desarrollar una actitud crítica. (Actitud que, por cierto, sería deseable tener en todos los aspectos de la vida para progresar como persona... aunque ésa es otra cuestión.)
Pero luego, cuando pasan esos partos, esas mujeres no se sienten mal, no encuentran a faltar nada, no se sienten violentadas. Es decir, a veces sí; algunas veces, un tiempo después, repasan lo sucedido y comprenden cómo fue lo que realmente pasó. Pero por desgracia, la inmensa mayoría sale de estos procesos totalmente indiferentes, porque se han visto en el hospital cuando sentían que estaban en un proceso patológico, y como tal se han dejado hacer, se han dejado "curar". Porque así fue también en el caso de su vecina. Porque así se hace siempre. Porque no quieren ser diferentes. Porque los médicos son los que saben. Y porque... ¡qué miedo, eso de sentir dolor en tu cuerpo!
Y si no se dan cuenta, la violencia obstétrica puede seguir adelante, como si nada, como otra arma más de control del patriarcado sobre los cuerpos de las mujeres.
Porque la indiferencia es, quizás, la forma más terrible de violencia.
En relación a la maternidad, sé que no hay que juzgar, así que intento callarme con todas mis fuerzas. Pero muchas veces se me llevan los demonios. Me resulta muy difícil.
Y creo que, con diferencia, en el tema del embarazo/parto/lactancia y demás, lo que más me fastidia es la actitud del "me da igual". Porque una cosa es ser una persona sin la posibilidad de informarte, y otra cosa muy diferente es tener toda la información del mundo al alcance de la mano... y aun así, despreciarla.
Creo que, principalmente, se juntan tres factores:
- La autoridad. Seguimos pensando que los profesionales de la salud tienen la última palabra, como si no fuéramos mujeres maduras con la suficiente capacidad para responsabilizarnos de nuestra propia salud. Por ello, dejamos que el embarazo y el parto caigan en el saco de lo patológico, y sean tratados como una enfermedad. Así que, si son una enfermedad, qué menos que dejarse manipular por los médicos, "que son los que saben".
- La normalidad. Nos da miedo "ser diferentes", ser "pioneras", y es que "si siempre se ha hecho así, por algo será". Así, y casi como corolario del primer punto, el de la autoridad, nos quedamos calladitas, no damos guerra, no vamos a ser más que la vecina, no queremos dar la nota, no queremos destacar. Y nos dejamos hacer, nuevamente, para no molestar, para no ser "raras".
- El miedo. Y éste es, quizás, el más importante. Y el que muchas veces deja que los dos primeros puntos se produzcan, casi con alivio. Estamos tan desconectadas de nuestros cuerpos, de la vida en general, que tenemos miedo. Miedo a parir. Miedo a amamantar. Miedo a sujetar un bebé. Miedo a ser lo que somos: mamíferas. ¡Tenemos, sencillamente, miedo a ser! Esta desconexión es terrible, porque no sólo supone desconectarse de nuestra sabiduría instintiva que subyace dentro de todos nosotros, sino sobre todo desconectarse totalmente de nuestra propia esencia. Así que nos dejamos llevar, porque tenemos miedo a encontrarnos con nosotras mismas. A descubrirnos, ahí, debajo de todas esas capas de modernidad, internet, maquillajes, piercings y sofisticaciones. Tenemos terror al dolor, terror a vernos como criaturas que gimen, gritan, sangran, y entran en un trance sinigual, animal, como nunca antes habíamos experimentado. Así que mejor ponernos anestesias y todo tipo de parches para no abandonarnos en esa locura, tan poco racional, tan extraña... tan incontrolable y, por ende, temible. La pasividad como método de controlar el terror.
Y así nos va. A años luz de otros países en cuanto a la atención en el embarazo y parto. Con toda la información a nuestro alcance... pero nos da igual.
Y se suceden los episodios de violencia obstétrica sin que nadie diga ni mu: inducciones cuando el cuerpo no está preparado, maniobras de Kristeller, separación de membranas, tactos "porque sí", posiciones impuestas, enemas, rasurados, fórceps, ventosas, cesáreas innecesarias. Pero no nos quejamos, no nos informamos, no buscamos. Y hablo con la gente y mi experiencia en los partos no tiene nada que ver con lo que otras personas me cuentan. Y la diferencia está en algo muy sencillo: la información de la madre. El criterio. La capacidad de informarse, leer, decidir, y sobre todo, desarrollar una actitud crítica. (Actitud que, por cierto, sería deseable tener en todos los aspectos de la vida para progresar como persona... aunque ésa es otra cuestión.)
Pero luego, cuando pasan esos partos, esas mujeres no se sienten mal, no encuentran a faltar nada, no se sienten violentadas. Es decir, a veces sí; algunas veces, un tiempo después, repasan lo sucedido y comprenden cómo fue lo que realmente pasó. Pero por desgracia, la inmensa mayoría sale de estos procesos totalmente indiferentes, porque se han visto en el hospital cuando sentían que estaban en un proceso patológico, y como tal se han dejado hacer, se han dejado "curar". Porque así fue también en el caso de su vecina. Porque así se hace siempre. Porque no quieren ser diferentes. Porque los médicos son los que saben. Y porque... ¡qué miedo, eso de sentir dolor en tu cuerpo!
Y si no se dan cuenta, la violencia obstétrica puede seguir adelante, como si nada, como otra arma más de control del patriarcado sobre los cuerpos de las mujeres.
Porque la indiferencia es, quizás, la forma más terrible de violencia.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
El orgullo del florero
Fue noticia en Noruega, hace unos días, la mujer de un futbolista que, cuatro días después de parir, ha subido a internet una foto suya "totalmente recuperada del parto".
¿Qué quiere decir "totalmente recuperada"? ¿Quiere decir que ya se siente bien para retomar sus actividades cotidianas, que no tiene ningún dolor derivado del parto (qué sé yo, hemorroides, por ejemplo)? ¿Quiere decir que se encuentra feliz y pletórica?
No, nada de eso.
Lo que indica es que su barriga está plana. Que en tan sólo cuatro días ha perdido la tripa del embarazo, lo que le hace sentir "orgullosa de sí misma".
No está orgullosa de sí misma por haber tenido un bebé. Por haber parido. Por haber pasado por unos momentos emocional y físicamente agotadores. Por que su mundo se haya revolucionado. Si está orgullosa es por tener la tripa plana, por que su cuerpo haya "vuelto a la normalidad" en tan sólo cuatro días.
Pero vamos a ver, ¿de qué estamos hablando? El proceso natural de involución del útero después del parto, esto es, el tiempo que tarda un útero normal, sano, en volver a su posición y tamaño de antes del embarazo, es de entre cuatro a seis semanas. Sí, semanas, no días. Por otro lado, no se trata sólo del útero, sino que el cuerpo de la mujer, como el de cualquier hembra mamífera, acumula grasas durante el embarazo para poder afrontar la lactancia. Además, a lo largo del embarazo se retienen muchos líquidos que también contribuyen a que el peso sea mayor.
Cuando una mujer da a luz, está varias semanas con la tripa colgando, en mayor o menor medida, según su propia constitución. Pero NO puede tener la tripa plana. Y aunque la tuviera, ¿por qué hay que estar orgullosa de eso? ¿Qué importa, en esos momentos? Y sí, la genética tiene mucho que ver, pero hasta cierto punto. Algunas mujeres se recuperan antes que otras, qué duda cabe. ¿Pero tan importante es exhibirse en plan "mira, qué guapa estoy"? ¿Qué esconde a gritos esa fotografía?
La presión que ejerce la sociedad patriarcal para que la mujer vuelva a ser un florero a la mayor prontitud me resulta abrumadora. Es como si durante el embarazo se permitiera ese breve lapso donde la hembra ya no está "receptiva", donde puede permitirse ganar peso (pero no demasiado, "que luego tengo que perderlo"), pero después de eso hay que volver corriendo a entrar en el redil.
A mí personalmente me da igual que en esta imagen haya Photoshop o no, sea auténtica o no, haya cirugía o no. No me interesa el qué, sino el porqué.
Es lógico que muchas mujeres noruegas se hayan sentido profundamente ofendidas ante la imagen de esta señora posando en lencería cuatro días después de parir.
Porque además, cuando das a luz, y entras en la "cuarentena", te tiras varias semanas expulsando loquios por la vagina, así que tienes que usar compresas (no, no se pueden utilizar tampones o copa después del parto), lo cual no siempre es muy cómodo, la verdad. Al cuarto día, aún estás expulsando sangre y loquios en cantidades ingentes. No creo que esta señora lleve una compresa en esas bragas. Lo que me hace pensar que se ha puesto ese modelito para posar artificialmente en una foto que le suba la autoestima, y que además al ponerla en sus redes sociales, produzca la admiración de todos.
Es terriblemente triste querer sentirse "deseada" para poder sentirse "orgullosa".
Es terriblemente triste estar pendiente, cuatro días después del parto, de tu aspecto físico con tanto ahínco.
Es terriblemente triste aceptar ser un objeto de deseo, sin más, sin tiempo para una introspección necesaria en un contexto que debería ser profundamente reflexivo como es el del puerperio.
Pero lo que me resulta más triste es que admiradoras y detractoras no vean ahí a una mujer herida, víctima de sí misma y de una sociedad machista (sí, en Escandinavia también son muy machistas), víctima del bajón hormonal tras el parto, que no ha encontrado mejor forma de sentirse mejor que mirándose en el espejo y encontrando en él un reflejo de su antiguo yo.
Porque quizás sólo necesitaba un abrazo, un apoyo y un consuelo, y como no lo ha tenido, ha sustituido el sustento emocional por el físico... porque es más sencillo, y desde luego mucho más manejable.
¿Qué quiere decir "totalmente recuperada"? ¿Quiere decir que ya se siente bien para retomar sus actividades cotidianas, que no tiene ningún dolor derivado del parto (qué sé yo, hemorroides, por ejemplo)? ¿Quiere decir que se encuentra feliz y pletórica?
No, nada de eso.
Lo que indica es que su barriga está plana. Que en tan sólo cuatro días ha perdido la tripa del embarazo, lo que le hace sentir "orgullosa de sí misma".
No está orgullosa de sí misma por haber tenido un bebé. Por haber parido. Por haber pasado por unos momentos emocional y físicamente agotadores. Por que su mundo se haya revolucionado. Si está orgullosa es por tener la tripa plana, por que su cuerpo haya "vuelto a la normalidad" en tan sólo cuatro días.
Pero vamos a ver, ¿de qué estamos hablando? El proceso natural de involución del útero después del parto, esto es, el tiempo que tarda un útero normal, sano, en volver a su posición y tamaño de antes del embarazo, es de entre cuatro a seis semanas. Sí, semanas, no días. Por otro lado, no se trata sólo del útero, sino que el cuerpo de la mujer, como el de cualquier hembra mamífera, acumula grasas durante el embarazo para poder afrontar la lactancia. Además, a lo largo del embarazo se retienen muchos líquidos que también contribuyen a que el peso sea mayor.
Cuando una mujer da a luz, está varias semanas con la tripa colgando, en mayor o menor medida, según su propia constitución. Pero NO puede tener la tripa plana. Y aunque la tuviera, ¿por qué hay que estar orgullosa de eso? ¿Qué importa, en esos momentos? Y sí, la genética tiene mucho que ver, pero hasta cierto punto. Algunas mujeres se recuperan antes que otras, qué duda cabe. ¿Pero tan importante es exhibirse en plan "mira, qué guapa estoy"? ¿Qué esconde a gritos esa fotografía?
La presión que ejerce la sociedad patriarcal para que la mujer vuelva a ser un florero a la mayor prontitud me resulta abrumadora. Es como si durante el embarazo se permitiera ese breve lapso donde la hembra ya no está "receptiva", donde puede permitirse ganar peso (pero no demasiado, "que luego tengo que perderlo"), pero después de eso hay que volver corriendo a entrar en el redil.
A mí personalmente me da igual que en esta imagen haya Photoshop o no, sea auténtica o no, haya cirugía o no. No me interesa el qué, sino el porqué.
Es lógico que muchas mujeres noruegas se hayan sentido profundamente ofendidas ante la imagen de esta señora posando en lencería cuatro días después de parir.
Porque además, cuando das a luz, y entras en la "cuarentena", te tiras varias semanas expulsando loquios por la vagina, así que tienes que usar compresas (no, no se pueden utilizar tampones o copa después del parto), lo cual no siempre es muy cómodo, la verdad. Al cuarto día, aún estás expulsando sangre y loquios en cantidades ingentes. No creo que esta señora lleve una compresa en esas bragas. Lo que me hace pensar que se ha puesto ese modelito para posar artificialmente en una foto que le suba la autoestima, y que además al ponerla en sus redes sociales, produzca la admiración de todos.
Es terriblemente triste querer sentirse "deseada" para poder sentirse "orgullosa".
Es terriblemente triste estar pendiente, cuatro días después del parto, de tu aspecto físico con tanto ahínco.
Es terriblemente triste aceptar ser un objeto de deseo, sin más, sin tiempo para una introspección necesaria en un contexto que debería ser profundamente reflexivo como es el del puerperio.
Pero lo que me resulta más triste es que admiradoras y detractoras no vean ahí a una mujer herida, víctima de sí misma y de una sociedad machista (sí, en Escandinavia también son muy machistas), víctima del bajón hormonal tras el parto, que no ha encontrado mejor forma de sentirse mejor que mirándose en el espejo y encontrando en él un reflejo de su antiguo yo.
Porque quizás sólo necesitaba un abrazo, un apoyo y un consuelo, y como no lo ha tenido, ha sustituido el sustento emocional por el físico... porque es más sencillo, y desde luego mucho más manejable.
domingo, 9 de junio de 2013
Lo que nadie te cuenta
Es curioso cómo cuando aún no has sido madre tienes unas ideas de lo que es un bebé y cómo luego cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Y es que, si te pones a analizar la imagen de la maternidad y sobre todo del puerperio que transmiten los medios de comunicación y demás, resulta casi espeluznante. No tienes más que girar las páginas de las típicas revistas de puericultura donde casi todo es publicidad, y verás a madres exultantes que empujan un carrito con un recién nacido llevando un tacón de quince centímetros, ropa monísima de marca, la manicura hecha y las mechas recién dadas. O encender la televisión, donde los recién nacidos pueden apagarse y encenderse a voluntad, porque todo sigue igual y el bebé no ha cambiado nada, y en un capítulo de repente sale la madre tan pancha sin el niño (¿dónde lo tiene, escondido?).
También influyen las personas que, con intenciones a veces poco claras, vienen a comparar a tu vástago con el suyo, diciendo que su Manolito duerme diez horas del tirón, come muy bien, está hecho un pepón y es muy tranquilito.
Y ahí estás tú, recién parida, sangrando sin parar, sudando y sintiéndote sucia, con un bebé colgado de la teta día y noche, y sin tiempo ni para asearte debidamente porque no puedes soltar al pequeño sin que berré como si le estuvieras sacrificando, con lo que te lo acabas llevando hasta para sentarte en la taza.
Muchas madres se tiran esos primeros meses deseando que llegue el marido para al menos poder darse una ducha rápida, porque llevan todo el día en casa tumbadas en el sofá dando teta, han comido dando teta cualquier bocadillo cutre, no se han podido ni peinar y no han mantenido una conversación con un adulto en todo el día.
El puerperio es una etapa muy delicada. Y eso nadie te lo cuenta. La maternidad es dura, y exige una dedicación real, una entrega como quizás no hayas conocido hasta entonces. Y eso nadie te lo cuenta. La lactancia, hasta que se instaura debidamente, es a demanda, pero a demanda quiere decir muchas veces estar TODO EL DÍA Y TODA LA NOCHE con el bebé en la teta. No, no es una exageración, repito: TODO EL DÍA Y TODA LA NOCHE. Y eso nadie te lo cuenta.
La crianza en este mundo occidental y frenético ha perdido la referencia de la tribu, las familias son nucleares y muchas veces la mamá recién parida está horas y horas sola en casa con un bebé al que aún no comprende (el vínculo no siempre es instantáneo, aunque eso nadie te lo cuente). Y a veces aparecen las tristezas, las inseguridades, los miedos e incluso el enfado. Porque el cambio es abismal, las prioridades cambian totalmente, de repente te conviertes en el centro de la vida de una personita que depende total y absolutamente de ti, y tú sientes que no existes por ti misma, sino a través del bebé, pero eso nadie te lo cuenta.
Los recién nacidos humanos son vulnerables, altriciales, nacen aún fetos como precio a pagar por la bipedestación, y el estar pegados día y noche a su cuidador principal (generalmente la madre) es lo que garantiza su supervivencia. Hay muchas cosas que se pueden hacer para mejorar estos primeros meses. En primer lugar, portear. Personalmente no sabría criar sin portabebés, me resultaría totalmente imposible. Facilitan la vida enormemente y te permiten cocinar o darte un paseo o dar teta con las manos libres o peinarte un poco, qué sé yo. Después, el colecho: no sé cómo se puede mantener una lactancia sin colecho, realmente. Pero sobre todo y ante todo, hay que saber pedir ayuda. Porque no somos heroínas, y qué bien sienta que a veces venga una amiga a pasar contigo un par de horas y te sujete al bebé mientras te das una ducha. O quedar con otras mamás para compartir inquietudes. O que tu suegra te traiga tuppers repletos de comida para toda la semana. Y sobre todo, que alguien te pregunte "¿qué necesitas?". Esos pequeños gestos lo cambian todo.
¿Qué expectativas tenemos antes, cómo resulta la cosa después? Ser una mujer puérpera es encontrarse con momentos muy delicados, con tu propia sombra, es conocerte a ti misma como nunca imaginaste. Y eso puede resultar tremendamente duro y catártico. Pero eso nadie te lo cuenta.
También influyen las personas que, con intenciones a veces poco claras, vienen a comparar a tu vástago con el suyo, diciendo que su Manolito duerme diez horas del tirón, come muy bien, está hecho un pepón y es muy tranquilito.
Y ahí estás tú, recién parida, sangrando sin parar, sudando y sintiéndote sucia, con un bebé colgado de la teta día y noche, y sin tiempo ni para asearte debidamente porque no puedes soltar al pequeño sin que berré como si le estuvieras sacrificando, con lo que te lo acabas llevando hasta para sentarte en la taza.
Muchas madres se tiran esos primeros meses deseando que llegue el marido para al menos poder darse una ducha rápida, porque llevan todo el día en casa tumbadas en el sofá dando teta, han comido dando teta cualquier bocadillo cutre, no se han podido ni peinar y no han mantenido una conversación con un adulto en todo el día.
El puerperio es una etapa muy delicada. Y eso nadie te lo cuenta. La maternidad es dura, y exige una dedicación real, una entrega como quizás no hayas conocido hasta entonces. Y eso nadie te lo cuenta. La lactancia, hasta que se instaura debidamente, es a demanda, pero a demanda quiere decir muchas veces estar TODO EL DÍA Y TODA LA NOCHE con el bebé en la teta. No, no es una exageración, repito: TODO EL DÍA Y TODA LA NOCHE. Y eso nadie te lo cuenta.
La crianza en este mundo occidental y frenético ha perdido la referencia de la tribu, las familias son nucleares y muchas veces la mamá recién parida está horas y horas sola en casa con un bebé al que aún no comprende (el vínculo no siempre es instantáneo, aunque eso nadie te lo cuente). Y a veces aparecen las tristezas, las inseguridades, los miedos e incluso el enfado. Porque el cambio es abismal, las prioridades cambian totalmente, de repente te conviertes en el centro de la vida de una personita que depende total y absolutamente de ti, y tú sientes que no existes por ti misma, sino a través del bebé, pero eso nadie te lo cuenta.
Los recién nacidos humanos son vulnerables, altriciales, nacen aún fetos como precio a pagar por la bipedestación, y el estar pegados día y noche a su cuidador principal (generalmente la madre) es lo que garantiza su supervivencia. Hay muchas cosas que se pueden hacer para mejorar estos primeros meses. En primer lugar, portear. Personalmente no sabría criar sin portabebés, me resultaría totalmente imposible. Facilitan la vida enormemente y te permiten cocinar o darte un paseo o dar teta con las manos libres o peinarte un poco, qué sé yo. Después, el colecho: no sé cómo se puede mantener una lactancia sin colecho, realmente. Pero sobre todo y ante todo, hay que saber pedir ayuda. Porque no somos heroínas, y qué bien sienta que a veces venga una amiga a pasar contigo un par de horas y te sujete al bebé mientras te das una ducha. O quedar con otras mamás para compartir inquietudes. O que tu suegra te traiga tuppers repletos de comida para toda la semana. Y sobre todo, que alguien te pregunte "¿qué necesitas?". Esos pequeños gestos lo cambian todo.
¿Qué expectativas tenemos antes, cómo resulta la cosa después? Ser una mujer puérpera es encontrarse con momentos muy delicados, con tu propia sombra, es conocerte a ti misma como nunca imaginaste. Y eso puede resultar tremendamente duro y catártico. Pero eso nadie te lo cuenta.
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