jueves, 26 de marzo de 2015

Canas, arquetipos y esquemas interiorizados

¡Cuántas veces habré oído decir eso de que "las canas en los hombres quedan bien, pero en las mujeres no"! ¿Alguna vez nos hemos preguntado el porqué de esto? Porque todas las cosas tienen su explicación, subrepticia, sutil, quizás retorcida, pero ahí está. Y esto no va a ser menos.

Tenemos tan interiorizadas las actitudes sexistas, tan peligrosamente metidas en nuestro seso más profundo, que no somos conscientes de que están por todas partes. Así, cuando pensamos en un hombre canoso, ¿qué palabra es la más repetida? Es "interesante". Sí, porque las canas, EN LOS VARONES, dan un aire "interesante", de persona madura, y una persona madura es sabia, y esa sabiduría es atractiva. Hasta ahí, todo bien.



¿Y qué pasa con las mujeres? ¿Por qué ellas no son "interesantes" con canas, por qué en ellas la sabiduría no es un plus, por qué no se identifica "mujer canosa" con "mujer atractiva"? Pues porque las canas, EN LAS MUJERES, dan un aire de VEJEZ. Y eso quiere decir que las mujeres ya no están sexualmente disponibles (¡porque para eso estamos!). Y eso quiere decir que ya no tienen valor.




La sabiduría masculina se aprecia porque ellos siempre están vinculados con lo intelectual, con lo público, esto es, con lo que se valora a nivel social. La femenina se asocia a algo más casero (el arquetipo del hombre médico y de la mujer curandera, esto es, con sabiduría de "más bajo nivel", más "de andar por casa", siguen siendo muy poderosos), con lo que inevitablemente queda relegada al ámbito privado, doméstico, porque ése es el espacio que el patriarcado ha elegido para nosotras.

Las mujeres no sólo somos ciudadanas de segunda. Nuestro atractivo está condicionado a nuestro aspecto juvenil, porque en nosotras sólo importa el cuerpo, que ha de ser siempre lozano y fresco. Los hombres maduros, sin embargo, pueden lucir sus canas con orgullo y despreocupación. Porque ellos pueden permitírselo. Porque ellos pueden envejecer.

Qué difícil es salirnos de nuestra zona de confort y pensar en los esquemas y arquetipos que tenemos tan interiorizados que ya casi, casi, somos nosotros mismos.


lunes, 9 de marzo de 2015

La mística de la feminidad (Betty Friedan)

A la mujer se la enseñó a compadecer a aquellas mujeres neuróticas, desgraciadas y carentes de feminidad que pretendían ser poetas, médicos o
políticos. Aprendió que las mujeres verdaderamente femeninas no aspiran a seguir una carrera, a recibir una educación superior, a obtener los
derechos políticos, la independencia y las oportunidades por las que habían luchado las antiguas sufragistas. […]
Miles de voces autorizadas aplaudían su feminidad, su compostura, su nueva madurez.
Todo lo que tenían que hacer era dedicarse desde su más temprana edad a encontrar marido y a tener y criar hijos.

La mística de la feminidad es la obra más conocida de Betty Friedan. No sólo eso: resulta uno de los libros más importantes en la historia del feminismo, pues constituyó una auténtica revolución en su aparición, 1963, momento en el que la sociedad americana se enfrentaba a un babyboom y a intensos conflictos raciales y sociales por la consecución de los derechos civiles. Aunque el libro chocó totalmente con las ideas americanas de la época, fue rápidamente un éxito, y Friedan recibió el prestigioso premio Pulitzer sólo un año después de su publicación. Tras la segunda guerra mundial, el feminismo en EEUU se encontraba paralizado, con lo que La mística de la feminidad resulta crucial para comprender cómo el feminismo regresó a América, cómo las mujeres descubrieron un mundo más allá de sus “ratoneras”, y cómo el problema que no tiene nombre, de repente, consiguió salir a la palestra. 

Y es que por todas partes se impelía a las mujeres a “cazar un hombre”, a convertirse en amas de casa, a tener un montón de hijos, y a disfrutar con esta vida, que es la que les correspondía: las revistas, el cine, la radio, la publicidad, incluso los profesionales (médicos, psicólogos, sociólogos; no olvidemos que el psicoanálisis freudiano -tan en boga en la época- veía en las neurosis femeninas un síntoma de la “envidia del pene”) animaban a que las mujeres se volcaran en la “esencia femenina”, en su supuesta naturaleza, para así ajustarse siempre a su función social, a lo que se esperaba de su género: el triángulo esposa-madre-ama de casa: madres y esposas abnegadas, subyugadas a sus maridos y cumpliendo lo dispuesto por la sociedad patriarcal.

Pero el problema de intentar ajustarse a este rol de “ama de casa perfecta” es que la casa se acaba convirtiendo en una ratonera, las mujeres se infantilizan (pasando del padre al marido, «siempre ha habido alguien o algo que dirigiese mi vida»), y terminan por renunciar incluso a su propia identidad: ¿quiénes son ellas, en realidad? ¿Son sólo esposas, son sólo madres? Ahí es donde surge “el problema sin nombre”: la crisis existencial que lleva a todas esas mujeres al hastío, a la desesperación, a la depresión… al vacío absoluto. 



Desde niñas, se “domesticaba” (que no educaba) a las mujeres a que persiguieran como único fin en su vida el buscar un marido y el convertirse en madres, desconfiando de las que tienen otras inquietudes “poco femeninas”, como estudiar medicina o ser económicamente independientes. Así, «las chicas empezaron a tener novio formal a los doce y a los trece años» y «los confeccionistas de ropa interior femenina lanzaron sostenes con falsos senos de espuma para niñas de diez años». Como dijo Shulamith Firestone, los ideales de belleza asfixiantes son tales que «a las mujeres sólo se les ha permitido conseguir su individualidad a través de la experiencia externa».

Pero en 1960, «el problema que no tiene nombre reventó como un forúnculo oculto bajo la imagen de una feliz ama de casa norteamericana». La mujer aquejada de este problema «tiene un hambre que el alimento material no puede satisfacer». Y «una vez que empieza a ver a través de los engaños de la mística de la feminidad y se da cuenta de que ni su esposo, ni sus hijos, ni las labores del hogar, ni la sexualidad, ni el hecho de ser como las demás mujeres, pueden darle personalidad... encuentra a menudo que la solución es mucho más fácil que lo que creyó en un principio». Se trata de idear, sencillamente, un nuevo plan de vida.

Una persona, sea hombre o mujer, sólo puede conocerse a sí misma mediante «el ejercicio de su propio trabajo creador». Si la mujer elige salir de su “ratonera” buscando un empleo, éste tiene que ser un trabajo serio, que importe, por el cual pueda se convierta en parte de la sociedad: es «la necesidad psicológica de ser económicamente productiva». Y la llave que abre la “ratonera” es siempre la instrucción: la instrucción «es peligrosa y provoca frustraciones... pero únicamente cuando las mujeres no la utilizan».



Ya se preguntaba Simone de Beauvoir : «¿Por qué las mujeres no se cuestionan la soberanía masculina?»Y también: «¿en qué medida el hecho de ser mujeres ha afectado a nuestra vida? ¿Qué oportunidades se nos han dado y cuáles se nos han negado?», «¿Cómo puede realizarse un ser humano dentro de la condición femenina?» 

Podríamos contestar a esto que realizarse dentro de la condición femenina pasa por escapar de los engaños de la mística de la feminidad. Porque el problema que no tiene nombre no es, por lo tanto, sino el impedimento de que las mujeres desarrollen plenamente sus capacidades, y esto «está causando más víctimas en el campo de la salud mental y física que cualquier otra enfermedad conocida». Sólo modificando drásticamente el prototipo cultural de la feminidad, sólo derribando las barreras que se oponen a la completa igualdad, las mujeres podrán realizarse como personas, como ciudadanas, como individuos plenos. Así, cada vez surgirán generaciones de mujeres más seguras de sí mismas, más empoderadas, que «no necesitarán que un hombre las mire para sentirse vivas». Porque las mujeres ya no podrán ahogar la voz interior que las impulsa a individualizarse, a ser seres humanos completos y gozar, por fin, de la libertad de ser ellas mismas.


BIBLIOGRAFÍA

FIRESTONE, Shulamith (1976). Dialéctica del sexo. Barcelona: Ed. Kairós.
BEAUVOIR, Simone de (2005). El segundo sexo. Madrid: Ed. Cátedra.
FRIEDAN, Betty (2009). La mística de la feminidad. Madrid: Ed. Cátedra.

martes, 17 de febrero de 2015

Las matronas temerosas y su crisis de identidad

Cuando tengo la gripe, acudo al médico. Cuando me lesiono practicando deporte, acudo al fisioterapeuta. Cuando me siento triste o hastiada, acudo al psicólogo. Nunca me ha dicho el médico que por qué no voy a verle a él para recibir un masaje, ni el fisio me ha pretendido curar una situación de ansiedad, por ejemplo. Se trata de tres tipos de profesionales diferentes, que ejercen tres funciones muy distintas.

Si en este caso se comprende fácilmente, ¿por qué quieren hacernos creer que las doulas están realizando el trabajo de las matronas? Una matrona es la profesional de la salud encargada de la asistencia al parto normal. Una doula es una acompañante designada por la parturienta para ayudarle psicológicamente, para sostenerla. Son, pues, dos cosas muy diferentes. Las doulas están ahí cuando las voluntades de las mujeres flaquean, cuando las zarpas de la violencia obstétrica se acercan peligrosamente a las embarazadas, que en esos momentos se sienten vulnerables, muchas veces -demasiadas- pequeñas y desempoderadas; las doulas son quienes se encargan de velar por que se respete la voluntad y los deseos de la gestante, por que se respete su cuerpo. Por que se respete, sin más. Son también quienes ayudan en el postparto, quienes ayudan con la lactancia (¿cuántas horas se dedica a la lactancia a lo largo de la formación del profesional sanitario? Si los pediatras -que son quienes más saben de niños, en teoría- sólo estudian DOS HORAS a lo largo de TODA LA CARRERA, ¿cuántas horas de lactancia ven las matronas? A tenor de las barbaridades que suelen decir, o se forman por su cuenta, o jamás sabrán nada de este tema, francamente). Quienes escuchan a las mamás recientes, muchas veces abrumadas y empequeñecidas y temerosas, otras veces simplemente un poco desorientadas. En este mundo moderno y apresurado, donde la crianza ya no es en tribu como antes, la maternidad suele sorprenderte sin saber muy bien qué hacer. ¿Qué tiene que ver una matrona en eso?



Entonces, si son dos ámbitos bien diferenciados, ¿de qué tienen miedo las matronas? ¿A santo de qué viene realizar un informe ridículo donde se acusa a las doulas de fomentar el canibalismo, de pertenecer a sectas, de no tener ninguna formación? Sí, es cierto que en España la formación de las doulas no está reglada. Mal. Y las tarifas tampoco son homogéneas. Mal también. Pero tampoco la carrera de arquitectura de interiores lo está, y hay muchas formaciones que (aún) no están reconocidas. ¿Pero qué daño puede hacer una acompañante, si su trabajo no tiene nada que ver con la asistencia al parto? Quiero decir que las doulas NO asisten partos (o no deberían), las doulas NO ponen sueros, al igual que las matronas NO hacen cesáreas (que no he visto yo ningún informe de obstetras acusando a las matronas de intrusismo profesional)... A cada cual, lo suyo.
¿No será que las matronas ven que hay algo "que no funciona"? ¿No será que están empezando a ser conscientes de que las mujeres ya no se dejan manipular como antes? ¿No será que las mujeres, sencillamente, estamos decidiendo tomar de una vez por todas las riendas de nuestras vidas, y elegir, sin paternalismos recalcitrantes y casposos, que ya nos sobran? ¿No será que la mayoría de matronas trabajan sobre protocolos obsoletos que atentan contra la dignidad de las mujeres, y que las doulas les molestan porque se inmuscuyen en dichos protocolos? ¿No será que es más fácil echar balones fuera que realizar una autocrítica constructiva y tratar de comprender qué está pasando?


Porque en mi encuesta de violencia obstétrica (aún sigue abierta, publicaré los resultados en unos meses) he recogido testimonios espeluznantes de actuaciones de matronas. Pero espeluznantes. Cuando el paternalismo sanitario, hijo sano del patriarcado, normaliza las prácticas de violencia obstétrica como algo hegemónico, ¿qué nos queda? La violencia obstétrica aún no está reconocida como lo que es: un tipo de violencia de género. No tenemos leyes pioneras como en Venezuela que persigan dichas actuaciones, así que hay impunidad para humillar libremente a las mujeres, para cortarlas y apretarlas y meterle la mano en la vagina quince veces, porque nadie hará nada para impedirlo. Excepto, quizás, la doula. La doula en esos momentos estará ahí, para impedir, para frenar, para contrarrestar ese paternalismo burdo y algo bobo con un poco de humanidad y sentido común.

Así que si yo quiero parir con una doula o con un mariachi tocando las maracas, eso es cosa mía. Porque no soy ninguna imbécil, y tengo (¡oh, milagro!) la capacidad de decidir por mí misma. No soy una pobre niñita con necesidad de tutela. Porque las mujeres no somos niñas eternas. Porque eso ya se ha terminado. Y porque cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar.    

viernes, 30 de enero de 2015

El simbólico puntapié y las cuotas de género

Cuando empezó el feminismo como movimiento consolidado, allá por la Ilustración, las mujeres protestaron porque sus reivindicaciones no eran incluidas en los nuevos sistemas, aunque bien que cuando hicieron falta se las dejó pertenecer a esa masa crítica. Así, en la Revolución Francesa, ellas también salieron a las calles, ellas también formaron parte, ellas también estuvieron ahí. Pero cuando la revolución terminó, se las mandó de vuelta a casa con un simbólico puntapié. Lo mismo sucedió en el movimiento americano de abolición de la esclavitud. En las guerras mundiales. En tantísimos conflictos donde se aprovecharon de las mujeres para "hacer bulto" (¡claro, así eran el doble!), pero una vez conseguida la meta, el bulto tenía que volver a sus cocinas.

En la actualidad, nuevos movimientos sociales están emergiendo, poco a poco, y recuerdan un poco, de lejos, a esos movimientos antiguos de ciudadanos movidos por el hartazgo y los abusos constantes. ¿Dónde quedan los feminismos en medio de todo esto? Porque nuevamente, a las mujeres se las acoge para las protestas. Pero luego llega la hora de la verdad y ni se escuchan las reivindicaciones de género ni se establecen cuotas de paridad. Syriza no ha puesto a mujeres ministras. Y la gente se lleva las manos a la cabeza, o sonríe socarronamente, cuando explicas que es un grave error que esto sea así. "Hay cosas más importantes ahora que hacer, lo del feminismo puede esperar", dicen. Como si los feminismos fueran algo secundario, un capricho tonto de un montón de niñas aburridas que no tienen nada mejor que hacer. Qué zarpas tan largas, qué paternalismo tan insultante, tiene el patriarcado, porque estamos todos imbuidos en él sin darnos ni cuenta, nuestros argumentos están siempre pasados por ese filtro, que tenemos tan interiorizado que ya ni somos conscientes.



¿Reivindicaciones secundarias? Las mujeres somos las víctimas principales de la crisis. Mayor precariedad laboral, mayores tasas de paro, salarios mucho más bajos. Dobles jornadas, porque seguimos siendo las principales cuidadoras de niños y mayores, y las que más tareas del hogar realizamos, aunque trabajemos las mismas horas o más que los varones. ¿De verdad es secundario lo que opine la mitad de la población? ¿Y por qué es secundario, porque somos la alteridad, porque lo primario ya lo deciden "ellos"? ¿Porque su opinión vale más? Otra vez la misma trampa. El mismo bache en el camino, con el que tropezamos ad infinitum.

Las cuotas de paridad son necesarias, hoy por hoy. Es un parche, una imposición, es cierto, pero mientras no exista un compromiso feminista de facto, las cuotas deberían darse siempre. Y digo siempre porque actualmente éstas dependen únicamente de la "buena voluntad" de los partidos políticos: ni son obligatorias ni son necesarias, sólo las aplican los partidos políticos que así lo desean. Y entonces pasa lo de siempre: que los varones lo tienen más fácil desde el primer momento, porque su meta está más cerca, porque sus obstáculos serán menores, porque únicamente por ostentar un género determinado tendrán muchas más posibilidades de dedicarse a la vida pública. Es así, no hay más. Sólo hay que echar un vistazo por cualquier periódico. Los feminismos aún necesitan de tanta pedagogía (empezando por que la mayoría de la gente ni siquiera sabe lo que son) que resulta complejo emprender una acción así, que parece tan impositiva. Pero mientras no exista una alta representatividad femenina en los gobiernos, nuestras reivindicaciones continuarán en el aire, como un mero "capricho tonto".


Y nos seguirán dando el simbólico puntapié una vez ganadas las batallas, porque ya hemos hecho el bulto, porque ya se ha terminado... porque ya no hacemos falta, en un mundo de hombres y para hombres.

jueves, 8 de enero de 2015

Violencia obstétrica

Hoy sólo quisiera pedirte un favor. Dentro de unos meses tengo que defender mi TFM, que va sobre violencia obstétrica. Para ello, he elaborado una pequeña encuesta que me ayudará enormemente, ya que las experiencias individuales son la salsa de cualquier estudio, o así debería ser.

Te agradezco si la rellenas, o si la difundes, o ambas cosas. Estará disponible durante unos meses, pero cuantas más respuestas consiga, más datos tendré para analizar, lógicamente.

¡Muchas gracias!

Éste es el enlace: https://docs.google.com/forms/d/1szKQSSQYp2wCjFeTZ1G5f5O21UzVN0mWjohURD0zYi8/viewform?usp=send_form

domingo, 4 de enero de 2015

Reflexiones sobre "The Yellow Wallpaper", de Charlotte Perkins Gilman

There are things in that paper that
nobody knows but me, or ever will.

Esta pequeña historia está basada en la depresión postparto que sufrió la autora tras dar a luz a su única hija y en el método habitual con el que se curaba la histeria femenina por aquel entonces: la postración terapéutica, es decir, la inactividad física y, sobre todo, la intelectual. En la época victoriana, los diagnósticos de “histeria” eran absurdamente comunes: un médico de 1859 dijo que una de cuatro mujeres la padecía; cualquier dolencia leve era susceptible de ser un síntoma de histeria, enfermedad propiciada, según se decía, por la tensión de la vida moderna. En realidad, evidentemente, se trató de un modo más de controlar a la población femenina.

El doctor Silas W. Mitchell, médico de Perkins, fue quien le recetó una de sus famosas “curas de reposo”, por las que no podría llevar a cabo ningún tipo de actividad creativa ni intelectual. Paralelamente, la protagonista de esta historia, tras sufrir un supuesto desorden nervioso, es enviada junto a su familia a una mansión colonial en el campo, para que repose y se reponga, mediante la total inactividad, por lo que tiene que escribir a escondidas de su marido: «John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado (...) y tengo absolutamente prohibido “trabajar” hasta que me recupere».

El personaje del marido es el paradigma de lo masculino en la época: racional, cabeza de familia, paternalista, trata a su mujer como a una niña, se ríe de ella, la regaña y le ordena qué tiene que hacer. En palabras de Mary Wollestonecraft, las mujeres se mantienen «en un estado de infancia», convertidas «en simples muñecas»: cuando la voz femenina es silenciada, oprimida, ignorada, sólo queda una niña asustada y dividida entre el miedo («estoy tomándole miedo a John») y el deseo de resistencia a esos ideales masculinos («personalmente, no comparto sus ideas»). Así, leemos: «John se ríe de mí, por supuesto, pero qué, si no, podría esperarse del matrimonio», «apenas me deja moverme sin su consentimiento», «me tiene programadas todas las horas del día», «¡se ríe tanto de mí!», «me llamó bendito gansito», «me hace tomar aceite de hígado de bacalao». Además, se dirige a su mujer como si hablara con una niña: «muchachita», «bendito sea su corazoncito», haremos un agradable viajecito», «soy doctor, querida». Según Wollestonecraft, «los hombres que se precian de conceder ese respeto arbitrario e insolente al sexo con la exactitud más escrupulosa son los más inclinados a tiranizarlo y a despreciar la misma debilidad que animan».

Los otros personajes femeninos que aparecen se caracterizan por saber “pasar por el aro”, personificando correctamente el ideal deseado de feminidad. La hermana de John, por ejemplo, es servil, es lo que se espera de una mujer: «es un ama de llaves perfecta y entusiasta, y no aspira a otra profesión». También, Mary, la chica que cuida del bebé, se dedica a él en cuerpo y alma. Y es que la protagonista no puede estar con su hijo: «¡me pone tan nerviosa!». En palabras de Mary Wollestonecraft, «la esposa obediente se vuelve una madre débil e indolente»; «[si los hombres rompieran las cadenas,] los niños no se irían a cobijar a un pecho extraño, al no haber encontrado nunca un hogar en el de su madre». La narradora envidia esa capacidad de “encajar” de las mujeres que “cumplen” con lo esperado, por ello se siente también escindida: ella no puede, no sabe, ser así.


En este contexto, el declive de la protagonista es total, aunque paulatino. Poco a poco, la obsesión por el papel pintado de la pared empieza a aumentar, hasta llegar a convertirse en el centro mismo de su existencia. La mujer que ve dentro del papel es, finalmente, ella misma, atrapada en una vida que es una jaula de oro. De ese modo, se va identificando cada vez más con la extraña mujer que vive en la pared, hasta el punto de que, al final, se funden en un único ser y la pared se vuelve espejo: «supongo que tendré que volver a meterme detrás del dibujo cuando se haga de noche», «por fin he conseguido salir, a pesar de ti y de Jane». La mujer que vive en el papel está «todo el tiempo intentando salir de las barras»: esta proyección de su propia existencia miserable de encierro y privación la convierten a la vez en la mujer que vive cautiva dentro del papel y la liberadora de ésta: «yo tiraba y ella lo sacudía, yo sacudía y ella tiraba». El papel es el símbolo de la familia, del matrimonio, de la medicina, y de la auténtica prisión que todo esto representa.

La protagonista se rebela del único modo que puede: si quieren en ella histeria, histeria tendrán. Vemos cómo va degenerando de una pasividad aceptada, aunque sea a regañadientes («pero... ¿qué puede hacer una?», «yo debo cuidarme y tener buena salud por su bien»), a una degradación emocional total, a un estado de locura, de estar “fuera de sí”. Cuando no se permite hacer uso del intelecto, de la creatividad, ésta acaba explotando igualmente, del modo en que puede. El ambiente claustrofóbico de la historia consigue su cometido de acompañar a la protagonista en esa prisión aplastante, logrando que cada vez sintamos un nudo en la garganta más y más fuerte y poderoso. El color amarillo, además, no es casual, porque es el color de las fotografías deslavadas, el color de la decadencia, que impregna los ropajes y toda la casa. El final de la historia es perfecto, porque se queda abierto: John entra en la habitación y se desmaya, y podemos entrever o un suicidio, o que textualmente ella «gatea por encima de él una y otra vez»: el simbolismo es claro. Los papeles se invierten, y él, ahora vulnerable, se encuentra en el suelo, inconsciente, víctima por fin de la pasividad absoluta que él quiso para su mujer, mientras que ella, imparable, liberada por fin de la prisión, pasa sobre él repetidas veces. Sea como sea, muerta o loca, ha escapado.


Podemos, por lo tanto, ver en este exquisito cuento una fina crítica a la tiranía de la sumisión impuesta por el matrimonio a las mujeres, y el largo y tortuoso camino hacia la independencia, logrado mediante una absoluta catarsis y una explosión de locura y degeneración. Perkins explicó en un artículo sobre por qué escribió esta historia que su intención «no era que la gente se volviera loca, sino impedir que a esas mismas personas las volvieran locas, y funcionó».

martes, 18 de noviembre de 2014

Mujeres y ciudadanía de mercado

¿Cómo entender la ciudadanía,hoy por hoy, sin el concepto de “ciudadanía de mercado”? Cuando las mujeres empezaron a integrarse en el mundo laboral, como una artimaña más del capitalismo, sobre todo a raíz de la primera guerra mundial donde había “escasez de mano de obra masculina”, entonces se “permitió” a las mujeres formar parte de ese aspecto público que hasta entonces les había estado prohibido.

Según T.H. Marshall, la ciudadanía es el máximo estatus de una persona dentro de una comunidad política, y la divide en tres dimensiones:
- dimensión civil (derechos de la persona y sus propiedades)
- dimensión política (posibilidad de elegir representantes políticos y de ser elegido a su vez)
- dimensión social (derecho a la salud, a la vivienda, al empleo, a la educación, etc).

Así, la mayoría de las mujeres no goza de estas tres dimensiones, sino sólo de una, dos, o en los peores casos, de ninguna. Es decir, que las mujeres, en la mayor parte del mundo, no son ciudadanas plenas. (Otra cosa que cabría dialogar, de un modo paralelo, es si este concepto de ciudadanía es válido para las mujeres, puesto que se trata, tal vez, de un concepto propio de una sociedad androcéntrica... por lo que habría que repensar nuevamente qué significa la ciudadanía y si ese concepto nos sigue valiendo hoy en día.)

¿Cómo pueden las mujeres estar consideradas plenamente integradas en el mercado laboral (que es, indudablemente, un paso importantísimo), si en la mayor parte del mundo no se remunera su trabajo, o si se hace, siempre es por mucho menos que sus homólogos masculinos? Además, el principal desafío es la conciliación de la vida laboral con la personal; de sobra es conocido para todos que muchas mujeres tienen que hacer un doble trabajo: no hay más que ver las estadísticas de la distribución del trabajo doméstico, sigue siendo la mujer quien más hace aunque trabaje las mismas horas que su pareja masculina.

En la “Encuesta de empleo del tiempo 2009-2010” del INE, podemos ver cómo en España las diferencias son absolutamente significativas:
- Trabajo remunerado: 38,7% en hombres, 28,2% en mujeres.
- Labores del hogar: 74,7% en hombres, 91,9% en mujeres. En su conjunto las mujeres dedican cada día dos horas y cuarto más que los hombres a las tareas del hogar.
- Ocio: los hombres participan en más actividades de tiempo libre y durante más tiempo, dedican de media 11 minutos más en vida social, y 17 minutos en comunicación.
Puede verse aquí un resumen de los datos de dicha encuesta.

¿Qué está pasando?



Lo que pasa es que se considera que el trabajo “importante”, dentro de una estructura familiar “tradicional” es el realizado por el marido; el de la mujer sería sólo un “sobresueldo” o dinero de apoyo. En este sentido, poco se ha avanzado. De hecho, se realizó un estudio entre distintos países desarrollados (Gornik, Meyers, Ross) demostrando que hay un claro correlato entre las políticas públicas que apoyan a la maternidad y los patrones de empleo femenino: en los países donde más se apoya las tareas reproductivas, más mujeres hay en el mercado laboral. PERO igualmente, cuantas más “facilidades” se dan para compaginar el cuidado de los niños con el trabajo, éstas suelen recaer siempre en las madres, que siguen apareciendo como principales cuidadoras, así que de nuevo son apartadas del mercado laboral, puesto que sus trabajos suelen ser considerados “de segunda”, como un “extra”.

La igualdad de género se dará cuando se desnaturalicen los roles actuales, cuando las mujeres puedan integrarse plenamente en la ciudadanía de mercado, y cuando los hombres puedan involucrarse plenamente en la economía del cuidado, es decir, cuando hombres y mujeres puedan desarrollarse en lo público y en lo privado. Para ello será absolutamente necesario que el Estado, o los poderes públicos, se encarguen de implementar políticas que fomenten esta igualdad. Me gusta cómo lo dice la CEPAL, que aunque va destinado a América Latina, puede extrapolarse:

Para promover la ciudadanía en un sentido más republicano, los Estados y sistemas políticos deben ser capaces de absorber y reflejar las nuevas prácticas de los movimientos sociales y combinar las políticas públicas con el capital social que la propia sociedad, a través de sus organizaciones, va forjando.

Y a eso hay que llegar...