viernes, 1 de febrero de 2013

Tus hijos no son tus hijos

Hace unos días en las redes sociales se hablaba con estupor acerca de un vídeo en el que se ve a un pobre niño de entre tres y seis años siendo obligado a tatuarse por su madre. El niño patalea y se retuerce de dolor mientras tres adultos le sujetan. Dicho vídeo ha dado la vuelta al mundo causando indignación por doquier. Desconozco los motivos de tatuar a una criatura indefensa (por ahí he leído que era por algo religioso, no sé si será cierto). Pero parémonos por un momento a pensar.
En el mundo entero, miles de niños son obligados a diario a todo tipo de modificaciones corporales, en función de las distintas culturas y creencias: tatuajes, escarificaciones, ablaciones, circuncisiones, perforaciones, deformaciones por joyas (como las célebres mujeres jirafa, de la tribu de los Padaung,  proceso que empieza a los cinco años). Sucede así desde siempre, y pocas personas ponen el grito en el cielo. Recuerdo una vez en la facultad a un profesor de antropología defender la ablación porque según él "no podemos verlo todo con una perspectiva etnocentrista, sin tener en cuenta el relativismo cultural".


Pues bien, señor profesor, lo siento muchísimo, llámeme etnocentrista, pero me resulta una auténtica burrada.

¿No nos parece a todos que obligar a un niño pequeño a modificar su cuerpo por capricho de sus progenitores no es lícito, no es moral, es un auténtico abuso de poder?

Entonces... ¿por qué hay gente que perfora las orejas de sus hijas?

Pues exactamente por lo mismo: porque está en su cultura. Y no lo ven. No se salen de ahí. (Marcamos a las niñas para hacer una distinción de género, no sea que alguien las confunda con chicos. Desde que tienen pocos días, ya tienen ahí ese sesgo de género, ya se condiciona cómo los demás las van a tratar. ¡Con lo cómodo que sería para los bebés vivir en un anonimato de género!)

Vaya, señor profesor, no soy tan etnocentrista como pensaba... ¿No habrá quizás una moral por encima de las culturas? ¿No debería estar el sensocentrismo por encima del etnocentrismo o de cualquier otro posicionamiento cultural? Hay que evitar sufrimiento a quienes pueden sufrir. Tan sencillo como eso.

Y ahora habrá gente que se agarrará al mañido argumento de que no es lo mismo, de que una cosa es un doloroso tatuaje y otra "un pinchacito de nada" de los pendientes. Pero es que el dolor es una cosa muy relativa, para empezar. Cada uno siente el dolor de un determinado modo, y no a todos nos duelen las mismas cosas con idéntica intensidad. Yo por ejemplo tengo un tatuaje, y éste no me dolió apenas cuando me lo hice. Lo que quiero decir es que... ¿quiénes somos nosotros para juzgar qué le duele a quién, y cuánto? Y, por otro lado, qué más da que sea más o menos doloroso, como si no lo fuera: modificar el cuerpo de tu hijo, basándote en tu superioridad sobre él, no es justo. Si los pendientes no dolieran en absoluto, opinaría exactamente igual. Yo no tengo derecho a decidir sobre el cuerpo de mi hija, porque mi hija no me pertenece.


Yo no le hice pendientes a ninguna de las dos. Cuando mi hija mayor tenía tres años, quiso hacérselos. Esperé varias semanas a ver si era algo pasajero o una decisión firme. Vi que se trataba de lo segundo, así que le acompañé, se los hizo muy feliz, y hoy en día es una presumida de sus pendientes. No fue más traumático para ella que hacérselos de bebé (aún hay gente que piensa que a los bebés las cosas no les duelen, no hace tanto que por esto eran operados sin anestesia, los pobres), al revés, lo fue mucho menos porque se trató de una decisión consciente por su parte. Ampararse en que el perforar de bebé es mejor "porque luego no se acuerdan" es totalmente inmoral. Es que entonces se puede justificar cualquier cosa. No se debe de hacer daño a los niños, independientemente de si se acuerdan o no. Tú sí te acordarás de que aquello sucedió.

En definitiva, creo que los prejuicios culturales muchas veces no nos dejan ver más allá. ¿Cómo podemos escandalizarnos de ver cómo tatúan a un pobre niño indefenso, y nos parece correcto ponerle un par de pendientes a un bebé de dos días? No lo comprendo, ni lo haré nunca.

Y termino con este poema tan hermoso de Kahlil Gibran que tanto hace pensar...

Tus hijos no son tus hijos 
son hijos e hijas de la vida 
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti 
y aunque estén contigo 
no te pertenecen.  

Puedes darles tu amor, 
pero no tus pensamientos, pues, 
ellos tienen sus propios pensamientos. 

Puedes abrigar sus cuerpos, 
pero no sus almas, porque ellas, 
viven en la casa del mañana, 
que no puedes visitar 
ni siquiera en sueños.  

Puedes esforzarte en ser como ellos, 
pero no procures hacerlos semejantes a ti 
porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.  

Tú eres el arco del cual, tus hijos 
como flechas vivas son lanzados. 
Deja que la inclinación 
en tu mano de arquero 
sea para la felicidad.

martes, 22 de enero de 2013

Mis tetas valen un potosí

Mi hija mayor nació rodeada de amor hace más de cuatro años. De amor... y de mucho desconocimiento por mi parte acerca de un montón de temas. Uno de ellos fue la lactancia. Porque yo nunca había visto a nadie dar teta. Porque pensaba que sólo había que ponerla al pecho y ya, como si fuera a salir algún tipo de magia. Porque creía que con leer un poco de teoría ya me lo sabía todo. Porque ignoraba la gran cantidad de problemas que podrían presentarse, uno tras otro.

Mi hija mayor no se enganchó a la teta nada más nacer. Mis pezones son planos, y yo no supe cómo ayudarla a hacerlo. Tuve un parto respetado, pero el ingreso fue en uno de los hospitales más cutres en temas de lactancia, postparto, etc. Así que me sentí totalmente sola. Una enfermera dijo que me comprara unas pezoneras. Otra me dijo que mis tetas eran malas para dar el pecho. La señora que entró a limpiar la habitación también daba su opinión. Una monja siniestra y vieja me dio un bote de leche de fórmula, cosa que por cierto es ilegal. Y encima, no paraban de venir visitas y visitas sin parar, sin preguntar siquiera, gente a la que yo no conocía apenas, que si la tía de Murcia o la vecina de mi abuela. Descubrí entonces una afición para pasar las tardes por parte de señoras desocupadas: ir a hospitales a ver recién nacidos y criticar. Y ahí, en medio de todo ese gentío de familiares lejanos y cercanos, de enfermeras respondonas, de monjas compradas, de limpiadoras meticonas, de gente que entraba y salía... ahí me sentí terriblemente desamparada. Yo sólo quería estar con mi hija, quería estar tranquila, aprender a darle el pecho, que ella me enseñara a alimentarla...

No hubo manera. En los dos días en que duró ese macabro vaudeville, mi pequeña lloró mucho, mis pechos sufrieron mucho, la leche no me subía... Salí del hospital con unas grietas del tamaño de la carretera de la Coruña, una ingurgitación espeluznante, y mi nena con medio kilo menos. Nadie, absolutamente nadie, se ofreció a ayudarme con la postura. La única "ayuda" que recibí fue el bote de leche de la monja enfermera nonagenaria.

Al llegar a casa, la sensación de soledad fue a más. Las pezoneras no evitaban las grietas, mi hija no se enganchaba del todo bien... y la pérdida de peso hizo que el pediatra que la visitó, otro ignorante redomado, me metiera miedo y me hiciera darla fórmula.

Mi hija tenía dos días y ya estábamos con lactancia mixta. Yo me moría de la rabia, me sentía que le estaba fallando por todas partes. Empecé a dejar de creer en mí. Alquilé un sacaleches profesional en la farmacia, ¡cuando a mi leche no le pasaba nada, era todo cuestión de confianza! ¡Tendría que haberme puesto más a la niña y menos al sacaleches! Nadie me ayudó... Nadie me explicó...

A los veinte días, acudí a un grupo de lactancia. Pero a todo el mundo le iba bien, nadie tenía problemas como yo. Me sentí como una extraterrestre, ¿qué pasaba conmigo? ¿Qué les pasaba a mis tetas? Lo curioso es que en el grupo tampoco me miraron la postura. Sólo me dijeron que en vez de usar biberón, que probara un relactador, para de ese modo ir eliminando la lactancia artificial poco a poco, en pos de la materna a nivel exclusivo. No me pareció un grupo muy serio, yo me sentía fatal y ellas charlaban de la película de la noche anterior en la televisión, pero estaba demasiado cohibida y fuera de lugar como para decir nada más.


Me marché de ahí pensando que lo estaba haciendo todo mal, fatal, que era todo culpa mía. Que era la única mamá que quería dar teta y no sabía cómo. Que mi cuerpo no funcionaba bien. Que yo no funcionaba bien.

Y las semanas pasaron. Yo seguía en una inercia estúpida que no conseguía romper. Hasta que un día, por internet, una chica me habló de cómo ella había relactado. Recordé entonces lo del relactador que me comentaron en el grupo de lactancia. Me enfadé conmigo misma, compré uno y pensé "se acabó, ahora o nunca". Y ahí estuvimos semanas y semanas dándole a la teta, yo de día y de noche con el cacharro ése colgado, además como tiene que estar vertical sólo podía dar el pecho sentada o de pie, así que por la noche era un auténtico calvario. Y veía cómo pasaban los días y cómo se acercaba mi vuelta al trabajo y eso me mataba por dentro, es como si hubiera estado dormida durante semanas, ¡esto tendría que haberlo hecho mucho antes! Pero ser primeriza y tener a un pediatra alarmista por detrás es lo que tiene. Te patea la confianza y te la deja a la altura del betún.

Pero ya era demasiado tarde. Las relactaciones, cuanto más tarde, más difíciles son. Y con cuatro meses y medio era casi imposible. Pero sí conseguí aumentarle las tomas de leche materna. Y eso ya era algo, visto lo visto.

Cuando me reincorporé al trabajo, me saqué leche tres veces al día en el cuarto de baño hasta que mi hija tuvo un año. Porque así, aunque gran parte de su lactancia fuera en diferido, al menos se beneficiaría de las ventajas de la leche materna. Siempre gozó de buena salud, y quiero pensar que algo tuvo que ver la lactancia materna.

La lactancia de mi hija mayor sólo duró quince meses. Supongo que al no estar correctamente establecida, ese temprano destete se explica fácilmente. Me dolió en el alma tanto, tantísimo... Mi grandísimo error fue el no reaccionar a tiempo. Pero también, ser cabezota me ayudó a por lo menos haber podido mantener una lactancia mixta quince meses, otras quizás habrían tirado la toalla mucho antes. En todos esos meses vi varios pediatras y enfermeras, y ni uno solo se ofreció a ayudar, a revisar la postura, etc... Así es como se fomenta la lactancia en España.

Toda esta larga introducción viene para contar que estoy viviendo ahora mismo un regalo. Con mi hija menor, la lactancia fue correctamente establecida y no ha tomado un biberón en su vida. Hoy tiene casi un año y medio y ahí sigue, sin parar día y noche... Pero es que la mayor, al principio por celillos, hace unos meses dijo que ella quería teta. Por supuesto, había olvidado cómo se mama. ¡A estas alturas! Pero no sé cómo, poco a poco, lo ha conseguido. Sabe sacar la leche, sabe beber esa leche, sabe disfrutar así con su madre.

¡Quién me iba a decir a mí que acabaría haciendo tándem! Aunque sean momentos muy puntuales, me siento feliz. Feliz porque aunque la lactancia con la peque ha sido y es estupenda, la espinita no me la he quitado del todo pues son dos nenas distintas. Y ahora, en cierto modo, aunque sea un poquito, siento que estamos recuperando el tiempo. El tiempo que nos robaron la ignorancia, la industria de la leche de fórmula, los sanitarios sin formación. El tiempo que robó mi tristeza. Ese tiempo que permití que se me escurriera por entre los dedos sin apenas poder reaccionar, abandonándome a una inercia esperpéntica en la que jamás me hubiera imaginado.

Tengo dos niñas preciosas. Y tengo dos tetas estupendas, porque yo soy capaz. Nunca dejes que nadie te diga que no lo eres. Y nunca escuches a las monjas con botes de fórmula en las manos. Sus intenciones nunca son buenas.

jueves, 10 de enero de 2013

Todos fuimos, alguna vez, niños asustados

Una de las cuestiones más recurrentemente polémicas son todas las referentes al maltrato infantil. Esto es, qué es maltrato y dónde está el límite. Porque claro, todo el mundo está de acuerdo en que (por ejemplo) quemar a un niño con un cigarro es maltrato, o pegarle con un cinturón. Pero hay una especie de zona turbia donde las opiniones se dividen, ¡y mucho además!

Para empezar, vamos a intentar no pensar en los niños como niños, sino sólo como seres más desvalidos, mental y físicamente. Pues bien, maltratar a seres más desvalidos es muy fácil, tremendamente fácil. Y ni siquiera hay que "hacer daño físicamente". Sólo con demostrar tu poder, tu posición dominante, es suficiente. Porque de ese modo crearás una sensación de indefensión, humillación, e incluso miedo. Si yo soy un hombre de 100 kilos y cuando mi mujer no hace lo que yo quiero, le pego un bofetón, aunque sea "flojo", habré conseguido "marcar territorio", decir que yo soy más fuerte, que yo mando, y que ella estará supeditada siempre a lo que yo opine.


Los dos argumentos más típicos que enarbolan quienes defienden el mal llamado "cachete educativo" son:
* "No es lo mismo un azote, o un cachete, que pegar con un cinturón, hay grados".
* "Pues a mí de pequeño/a me pegaron azotes y aquí estoy, sin ningún problema".

Lo de los grados es algo que no comprendo. ¿Está entonces mal llamar "gilipollas" a tu hijo pero es correcto decirle "imbécil", por ejemplo, puesto que son "grados diferentes" de insultos? ¿De verdad hay personas que opinan que la frontera es firme? ¿No ven que los límites son absolutamente difusos? Es que no se trata de "grados", de si "hace daño" o no. Se trata del trasfondo, de lo que hay por debajo, del mensaje que lanza cualquier tipo de violencia. Y este mensaje es siempre, siempre, el mismo. No nos engañemos. Este mensaje es "yo estoy arriba, tú estás debajo, yo ordeno, tú obedeces". Y para el caso, da igual pegar con una zapatilla, la mano abierta o un látigo de siete colas. Pegar es humillar. Pegar es demostrar tu poder. Pegar es vejar. Y pegar es dar mal ejemplo: no comprenderé nunca a la típica madre que le da un bofetón a su hijo como castigo porque él ha pegado a su hermano. ¿Qué estamos transmitiendo de ese modo, salvo que "hay clases" y que sólo unos cuantos tienen derecho a pegar? ¿Y entonces, cuando el hijo sea más fuerte que la madre... qué? ¿A un programa de ésos de la tele de "adolescentes tiranos"? La cadena del maltrato es poderosa.

En cuanto al mañido argumento de "a mí me han pegado, mis padres son estupendos y no tengo ningún trauma" me hace pensar, una vez más, en el sistema profundamente adultocentrista en el que nos movemos. Porque aunque ahora, a posteriori, con los años, nuestras neuronas espejo nos hayan posicionado del lado de nuestros padres (es más cómodo, así evitamos recordar cosas que nos harían daño), seguro que de pequeños no nos hacía ninguna gracia. Es más, seguro que de pequeños nos sentíamos desgraciados y humillados cuando nos castigaban de este modo. ¡Por qué lo hemos olvidado! El mecanismo de defensa de verlo todo desde una perspectiva oportunista es terriblemente efectivo. Porque de ese modo podemos olvidarnos de que nosotros también fuimos niños asustados.

Por lo tanto, no podré comprender jamás la defensa de ningún tipo de violencia, por "suave" que sea. Porque la violencia es violencia. Porque lo que importa no es tanto el daño físico, sino el mensaje que hay por detrás. Y eso psicológicamente es devastador, ya sea un azote, un bofetón, o una paliza.

martes, 8 de enero de 2013

"Mamá, quiero ir al circo"

... O "Mamá, quiero ir al zoo". Ambas son frases que espero jamás salgan de la boca de mis hijas.

Si te paras a pensar, la cosificación de los animales está en todas partes. En todas. Muchas personas se escandalizan con las corridas de toros, o con las "tradiciones" espantosas de algunos pueblos donde se torturan animales, y es estupendo que la gente reaccione ante eso. Pero es que la cosa no acaba ahí.

No voy a hablar en esta ocasión del consumo de productos animales (masificación, modificaciones genéticas, condiciones higiénicas espantosas, trato y muertes con muchísimo sufrimiento, etc). Tampoco voy a hablar del testeo con animales de los cosméticos y productos afines (para estar tú toda mona con un penetrante eye-liner le han quemado los ojos a decenas de conejos, por ejemplo). Ni de la peletería, industria del cuero, etc...

Lo que quiero recalcar hoy son las formas de entretenimiento destinadas a los niños en las que los animales juegan un papel fundamental. El zoo y el circo son dos ejemplos clásicos, aunque hay otros. Los acuarios. Las ferias con los "caballitos-pony" (ya lo decía la canción... "no hay nada más triste que los caballitos-pony"). Incluso las cabalgatas de los reyes magos, o los belenes vivientes, donde se usan todo tipo de animales muertos de miedo.



Tú llevas a tu hijo, que se divierte observando a los delfines haciendo estúpidas acrobacias, a los elefantes andando a dos patas, o a los monitos pegando saltos. Y pagando esa entrada, estás colaborando en algo terrible: la privación de la libertad de seres sintientes que, como tú, sólo desean vivir felices junto a su familia. Mucha gente no se para a pensar en qué hay detrás de todo eso. En qué hay detrás de los animales del circo (¿acaso se piensan que aprenden a hacer esas gracias a fuerza de caricias?... El estereotipo de domador con el látigo sigue de rabiosa actualidad). De los del zoo y el acuarium (muchos animales llegan de contrabando, y para que por ejemplo lleguen 10 chimpancés han tenido que morir 1000 por el camino, por no hablar de las pésimas condiciones de vida que tendrán que sobrellevar en su cautiverio, sobre todo por la noche, cuando "nadie mira").

Estamos viviendo una auténtica revolución en cuanto a la crianza. Cada vez más padres y madres deciden criar y educar desde el respeto, para que el día de mañana sus hijos sean adultos empáticos y respetuosos hacia los demás. Pero muchas veces, demasiadas, nos olvidamos de extender ese respeto hacia los demás seres vivos. Cada vez que llevas a tu hijo a un entretenimiento con animales, lo que le enseñas no es respeto sino todo lo contrario. No hay ninguna sensibilidad en observar a un tigre que da vueltas en una jaula, loco perdido. Un auténtico amante de los animales quiere a ese tigre libre, aunque eso suponga no poder verlo jamás más que en la televisión.

Cuando mis hijas me pidan ir a ver animales, las llevaré a un santuario como El Hogar de Luci. Un santuario de animales tiene un espíritu, una filosofía, totalmente diferentes. Porque creo que, para ser coherente con mi manera de criar (en el apego y el respeto), debo enseñarles a respetar a todo ser viviente. Y eso jamás será posible en un circo. Y eso jamás será posible en un zoo.

domingo, 30 de diciembre de 2012

De adopciones y más

Estos días he estado leyendo el libro "Venida de la lluvia. Historia de una adopción internacional", porque el tema de la adopción me atrae cada vez más por diversos motivos. La cuestión es que es un libro muy interesante porque se acerca a la adopción desde un punto de vista autobiográfico, contando cómo fue su proceso personal, lo cual resulta plenamente emotivo y esperanzador. Del libro me ha gustado sobre todo cómo separa la adopción con la mañida idea de "caridad": es que, aunque parezca mentira, muchas personas aún creen que adoptar un hijo se hace por caridad, o solidaridad, para el caso es lo mismo. Y es muy triste pensar de ese modo, ya que una adopción por esos motivos siempre estará ligada a una idea intrínseca de "agradecimiento" por parte del hijo. En plan "mira todo lo que he hecho por ti, recogiéndote de la miseria, debes estarme agradecido por ello". No digo que haya padres que pronuncien estas palabras. Pero esa sensación estará ahí, latente, para quienes vean en la adopción una especie de tarifa plana con el cielo o algo por el estilo.

La maternidad no tiene nada que ver con la solidaridad. Quienes deseen ser solidarios, sólo tienen que apuntarse a una ONG, hay muchas maneras de colaborar con los más necesitados. La maternidad sólo tiene que ver con el amor, y el amor es darse, sin más, sin esperar nada a cambio. No se busca ningún agradecimiento, ninguna respuesta. El amor es un sentimiento puro que, simplemente, brota, y ya no hay quien lo pueda parar. La solidaridad es un acto puntual, no puede mantenerse una relación de por vida basada en dicho sentimiento.


Por otro lado, no me ha gustado nada del libro la manera de criar que tiene la autora. Resulta sorprendente que una doctora en filosofía tenga tan poco pensamiento crítico. Se queja continuamente de dolor en los brazos al llevar a su hija (¿por qué no usó un portabebés?) y habla de malcriar, de niños tiranos, de que "los expertos recomiendan dejar al niño en la cama y marcharse antes de que se duerma". ¿Pero qué expertos son ésos? ¿Cómo puede ser que una persona que asumo que investigó durante años sobre crianza -puesto que, por desgracia, son siempre años hasta que se consigue tener al bebé entre tus brazos- sólo se quede con lo fácil? De hecho, los niños adoptados arrastran consigo una terrible mochila, una historia de abandono, soledad y traumas. ¿Cómo se puede hablar de "malcriar" a un niño que apenas ha recibido ninguna muestra de cariño en toda su vida? Eso me ha chocado hasta la absoluta perplejidad.

Y me hace pensar en cómo serán los psicólogos que evalúan a los futuros padres para la obtención del certificado de idoneidad: ¿será por pura suerte, según sea la manera personal de pensar y los prejuicios e ideas de cada profesional, o seguirán unos criterios establecidos y anticuados de "educación jerárquica"?

Es un mundo que no conozco nada, y hablo desde la más absoluta ignorancia. Pero me gustaría comprender cómo es ese proceso, por qué se juzga que una persona sí vale para ser madre y otra no.

Todo esto me ha hecho recordar que, este verano, estaba en el banco haciendo cola para realizar una gestión, y entró una mujer con dos niños, uno biológico y una niña china adoptada. Bueno, pues la señora se dedicó a chillar a los niños todo el rato que estuvimos ahí, a darles azotes sin parar... porque los pobres habían cometido el terrible pecado de ser niños, de querer correr y jugar en vez de estarse sentaditos en una aburrida silla (¡lógicamente!). Y en ese momento me lo pregunté: ¿cómo pudo esta señora obtener el certificado de idoneidad?

Me gustaría comprenderlo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

No es lo mismo

El otro día me hablaba mi marido de una compañera de trabajo que acaba de tener un bebé y que opina que éste únicamente necesita "calor humano", sin importar de quién, con lo cual da igual darle el pecho o el biberón, puesto que sólo quiere estar "en contacto con otro cuerpo", sin importar si es el de la madre o el del revisor de la caldera. Quien así habla es una persona con estudios superiores, dos ingenierías, matrículas de honor por todas partes, inteligente y culta. Quiero decir que no es una pobre boba ignorante ni mucho menos. ¿Cómo puede ser? A mí la verdad es que estas cosas me dejan de piedra. No ya por un mero "quien puede leer debe informarse", sino por cómo determinados prejuicios están tan sumamente arraigados en la sociedad que incluso personas con buenas capacidades no son conscientes de ellos.

Y me da mucha pena.

No sé si esa mamá le dará el pecho a su bebé, no se trata de eso. Quizás finalmente se sienta conquistada y el instinto consiga salir a flote, como tantas veces ocurre. Pero lo más probable es que, por desgracia, pase lo de siempre: que los prejuicios son tan fuertes que desista antes de intentarlo siquiera. Porque ni se le pase por la cabeza que su hijo lo que quiere es estar con ELLA, el único ser humano que conoce, el único olor familiar, el único regazo plenamente tranquilizador.

Claro que un bebé puede calmarse en contacto con otro cuerpo (y sí, necesita estar en contacto con alguien, y si no es la madre, pues se conformará, mejor eso que estar tirado solo en una cuna muerto de miedo a que venga un depredador a por él, el instinto de supervivencia es lo único que tiene). Pero en un mundo ideal, donde se tenga en cuenta la condición mamífera de dicho bebé (porque no es un renacuajo ni un lagarto ni una serpiente de cascabel), lo natural es que quiera estar pegado a su madre. Y es que la crianza, en los primeros meses, es cosa de la madre. Sólo hay que mirar a cualquier otra hembra mamífera. Al bebé humano le trae sin cuidado que estemos en una sociedad moderna, porque él sólo tiene sus instintos, y éstos son los mismos que el de un ternero o el de un lechón.

Por supuesto que habrá momentos en los que la madre necesite descansar, y para eso está el padre, o la abuela, o la tía de Murcia. Eso es lógico y no somos heroínas. Pero negarle por sistema, y desde el mismísimo principio, la teta al bebé, con la excusa de que "mientras esté con alguien, qué más da teta o biberón", me resulta cuando menos asombroso.

Asombroso porque ya hay tantísimos estudios demostrando la idoneidad de la leche materna frente a la artificial, que una persona podría quedar literalmente sepultada por éstos. Pretender desde un primer momento que es igual una que otra se me antoja no sólo surrealista, sino peligroso. Asombroso porque la gente que pretende tener un hijo como quien tiene un muñeco me hace abrir los ojos hasta el infinito. Asombroso porque no comprendo cómo una persona con formación científica niegue estos hechos y se quede tan ancha.

Y sí, cada mujer debe decidir si da el pecho. Es que no se trata de eso. Lo que yo quiero constatar es que, si alguien decide no darlo, debe de ser con pleno conocimiento de lo que está haciendo. Pero ocultar la verdad bajo un montón de prejuicios, arraigados a saber a través de quién y por qué, al final únicamente perjudica al más desvalido en toda esta historia, al que no podrá decir esta boca es mía y pagará el pato, a la víctima de todas estas historias: el bebé.


sábado, 24 de noviembre de 2012

El apego, también por la noche

Mi hija tiene quince meses y se despierta todas las noches cada hora más o menos. Además, está toda la noche tomando teta sin parar, lo que me obliga a permanecer en posturas rarísimas y me levanto con la espalda hecha un ocho. Y aun así, a pesar de todo, creo que merece la pena.
Muchas personas se escandalizarían con esto, por dos motivos:
- en primer lugar, porque mi hija siga tomando el pecho con quince meses
- en segundo lugar, porque durmamos juntas.

En este mundo absurdo y competitivo, se nos ha olvidado el saber primordial, lo llevamos dentro pero muchas personas deciden callarlo a manotazos, por el qué dirán, por miedo, por inseguridad, por pura vaguería... Hemos olvidado escuchar a nuestra intuición de mamíferas.

Yo jamás he visto a una mamá gorila que obligue a dormir a su pequeño lejos de ella. Ni a una mamá gata, ni a ninguna mamá mamífera de ningún tipo. ¿Que somos más "sofisticados" que todos esos animales? ¿Qué quiere decir eso exactamente? Efectivamente, tenemos más capacidades intelectuales, un raciocinio mucho mayor... pero eso no tiene NADA QUE VER con la crianza. A ver, ser inteligente es estupendo y leer libros, resolver ecuaciones de segundo grado, o complejos problemas, está fenomenal... pero al bebé eso le trae sin cuidado. Le importa tres pepinos, porque el bebé cuando nace sólo tiene sus intuiciones para sobrevivir, su instinto de succión, y la necesidad constante de estar con un cuidador. Sólo así garantiza su supervivencia.


La independencia se alcanza de manera gradual, nosotros no podemos imponer esa independencia a nadie. Un bebé no nace dependiente y de repente, mágicamente, al cumplir tres meses, cuatro días, siete horas y quince segundos ya está capacitado para todo. Somos seres altriciales, somos bebés mucho tiempo, y necesitamos a mamá cerca muchos años. El bebé irá "despegándose" poco a poco, pero jamás podemos forzarlo. Forzar ese desapego sólo conseguirá tener niños inseguros a los que les ha faltado "algo" en su primera infancia.

Nunca he comprendido esa manía de "criar sólo durante el día". Es decir, una es mamá durante el día, y por la noche, como hay "que descansar", pues hala, el bebé en su habitación y la mamá en la suya, con un intercomunicador encendido por si se despierta, en los mejores casos. Y vamos, que estoy segura de que cuando inventen el bebé-tamagochi, que se puede apagar de noche, éste hará las delicias de los tantísimos cuidadores de mando a distancia que existen. ¿Y qué pasa? Pues que los pobres padres se pasan la noche como sonámbulos por los pasillos, de un lado a otro sin parar. Y al final la cosa se da la vuelta: es imposible descansar así. Y el siguiente paso es el temido método Estivill, copia del método Feber (este último se arrepintió del metodito, pero el mal ya estaba hecho), que produce unas secuelas psicológicas espantosas.

¡Pero por favor, si es todo mucho, mucho más sencillo que eso! Un bebé no necesita carísimos cochecitos, ropa pija, mil y un gadgets absurdos. Un bebé sólo necesita teta, calor, amor, cariño, compañía. Y claro que criar con apego puede ser muy cansado. Pero como lo es en los restantes mamíferos. Tener hijos es cansado, eso hay que tenerlo claro desde el principio. No podemos apagar al bebé cuando nos aburra. No podemos pasar de él cuando estemos cansados. Y no debemos dejarlo llorar para que "aprenda" a dormir. Respetar la necesidad de dependencia de nuestros hijos, y acompañarla, nos ofrecerá años después a niños más seguros de sí mismos, y con un apego bien establecido.