lunes, 11 de febrero de 2013

Una sociedad recoge lo que siembra

Recientemente, a raíz de un programa televisivo sobre la situación educativa en Finlandia, ha saltado a la palestra el debate de por qué no tenemos en España un sistema educativo similar. Y es que por muchas vueltas que le demos, comparar Finlandia con España es como comparar manzanas con coches. Es que no tiene ningún sentido porque a nivel social estamos a años luz. No quiero caer en el típico cliché al que tanto tendemos de idealizar Escandinavia, porque nunca he estado ahí y no me veo cualificada para hablar de lo que no conozco, lógicamente. Así que trataré sólo de la parte con la que me topo a diario:


  • En España, los niños NO son lo primero. Y es curioso, porque cada vez tenemos menos hijos, pero en lugar de dedicarles más atención, les dedicamos menos. Y es que aquí, lo primero es el trabajo. Los horarios son absurdamente incompatibles con una vida familiar de calidad. Conservamos aún en gran parte de las empresas los horarios que surgieron en la época de Franco, en la cual el pater familias se iba a comer a casa y hasta podía echarse la siesta para después volver a la carga. El problema es que ya no sólo trabaja el marido. Si antes con un solo sueldo vivía toda la familia, ahora son necesarios dos muchas veces para llegar a duras penas a fin de mes. Y si ambos progenitores están trabajando hasta las siete de la tarde y más allá... ¿quién se encarga de los niños? ¿El colegio, las actividades extraescolares, los abuelos? ¿La televisión? No hay medidas de conciliación reales (NO, conciliar no es ampliar los horarios de guardería, conciliar es reducir los horarios de trabajo, volverlos más intensivos), y no deja de ser chocante cómo en España trabajamos más horas que en muchos otros países, pero la productividad es mucho menor. Ya explicó Marx en su día las diferencias entre plusvalía absoluta y plusvalía relativa, y no voy a entrar en eso... Pero existe una causa-efecto (muchas horas de trabajo -> poco tiempo con los hijos) difícil de romper. Si lo primero de un país no son los niños, esto es, el futuro de dicho país, mal empezamos. Además, tenemos tendencia al calientasillismo (estar muchas horas en el trabajo, aunque juguemos al solitario o nos rasquemos la nariz, para "aparentar" que trabajamos más que el compañero), lo cual se solucionaría si se trabajara por objetivos y no por horas. Por desgracia, muchos lugares de trabajo son paternalistas y viejunos y no confían en sus empleados, por lo que se dificulta el teletrabajo y otras medidas que ayudarían a la conciliación. La figura del jefe bigotudo y con olor a alcanfor paseándose entre las mesas comprobando que la gente está trabajando de verdad sigue siendo de plena actualidad. Y tiene muchísimo que ver con cómo estamos educados, con lo cual se forma un círculo vicioso. 
  • En España, la picaresca es el primer paso de la corrupción. Éste es un punto controvertido. Pero siempre he opinado que los políticos de un país son un claro reflejo de cómo está establecida su sociedad. Todos nos escandalizamos cuando un político roba miles de euros. Pero pocas personas se encuentran una cartera en el suelo y la devuelven a su dueño. Todos nos escandalizamos cuando un personaje público miente en sus declaraciones. Pero todos copiamos en los exámenes y mentimos en los currículos y ni nos despeinamos. Todos nos escandalizamos cuando en las altas esferas hay una carencia total de civismo... pero seguimos sin recoger las cacas de los perros, aparcamos en doble fila por no caminar tres metros y vamos, sin más, a nuestra absoluta bola. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que habría que ver cuántos de nosotros, en la situación de ser sobornados (por ejemplo), no caeríamos en el cesto. Por eso digo que la picaresca es una corrupción "light". No educamos para el civismo y la honradez. No lo hacemos. Pasamos poco tiempo con los hijos, y no les mostramos que la base de cualquier sociedad ha de ser el respeto hacia los demás. Una sociedad recoge lo que siembra.
  • En España, confundimos instrucción con educación. Consecuencia de los dos puntos anteriores, muchos padres delegan en el colegio absolutamente todo. Tienen un hijo, y ea, que sea el colegio quien se encargue de todo. Pues no. La crianza y la educación tienen que venir de las familias. Los colegios están para instruir. Es que no es lo mismo. Pero si no podemos pasar tiempo con nuestros hijos, y cuando llegamos a casa estamos tan cansados que sólo nos sale pegar cuatro gritos, ¿cómo vamos a educar a nadie? ¿Cómo vamos a enseñar respeto a nuestros hijos cuando estamos tan quemados del día a día en las junglas laborales, que sólo nos salen improperios?
  • En España, la educación de los colegios lleva años estancada en un modelo que no funciona. Las clases están planteadas con una estructura donde todos los niños se tratan sin tener en cuenta sus peculiaridades, porque aunque se llenen la boca como palabras como "diversidad", si una clase tiene 27 niños y un solo profesor, y una estructura decimonónica donde todos deban estar sentados durante horas sin moverse y sin fomentar la creatividad, el criterio propio o la curiosidad, añadir peculiaridades a este esquema (niños inmigrantes que no conozcan el idioma, niños en grupos de riesgo de exclusión social, niños con déficit de atención, o con necesidades especiales, etc) sólo lo empeora. Además se fomenta la competitividad en vez de la colaboración (luego será lógico que en la vida laboral no sepamos trabajar en equipo), y la calificación por medio de notas hace que no importe lo que aprendas realmente, sino que se trata de meterse un montón de datos dentro del cerebro, escupirlos en el examen y a otra cosa mariposa... ¿Cuántas cosas recordamos de las que aprendimos en el colegio? ¿Para qué sirve todo eso, entonces? Por no hablar de las reformas educativas, con clara carga política, que ponen patas arriba todo el sistema educativo una vez tras otra.


En fin, que creo que todo está relacionado. Educación, sociedad, trabajo, organización vital. No podemos pretender traer un modelo educativo que está basado en una estructura social que nos es totalmente extraña. Porque ese modelo educativo traería de la mano precisamente toda una serie de grandes cambios sociales.
Yo quiero ser optimista, porque veo que cada vez más personas alzan la voz contra este modelo demencial de trabajo y de educación. Y los cambios no siempre se producen de golpe, a veces hay pequeñas revoluciones silenciosas y lentas, pero que al final incluso calan más que la pataleta inmediata.
Pero lo que está claro es que por algún sitio hay que empezar. Que no sabemos si fue antes el huevo o la gallina. Pero que hasta que no tengamos claro que los niños son lo primero, y que sin educación no somos nada, no somos nadie, no podremos avanzar hacia una sociedad más madura y civilizada.

jueves, 7 de febrero de 2013

Soy una señorita, y estoy bien calladita

El otro día me preguntaron "¿señora o señorita?". Sí, año 2013. Sí, aún hay gente a quien no conozco de nada que juzga que el saber si estoy casada y desvirgada es algo importante para rellenar un formulario o para hacer cualquier gestión.

La palabra "señorita" es una de tantas que en castellano tiene una serie de connotaciones totalmente diferentes a las de su equivalente masculina. Porque así como un "señorito" es un pijo, hombre adinerado, o similar... "señorita" quiere decir "virgen". Como suena, sin más. Otro reflejo más de la sociedad patriarcal son estas constantes connotaciones sexuales en tantísimos vocablos aplicados a las mujeres.


Una señorita es una virgen, porque no se ha casado (porque claro, una mujer "de bien" ha de llegar virgen al matrimonio, esto ni se cuestiona). Pues eso: ¿cómo a día de hoy a nadie le extraña que siga existiendo un término tan absolutamente despectivo hacia la mujer, hacia su privacidad, hacia su sexualidad, y hacia la noción misma de igualdad?

Si yo tengo que aclarar si soy virgen o no para rellenar un formulario, algo raro pasa.

Y daría para un post aparte el hablar de las tantísimas otras palabras que existen (insultos, en su mayor parte) relacionadas con la mujer con connotaciones ineludiblemente sexuales. Porque como todo el mundo sabe, las mujeres no somos más que objetos. Las señoritas somos así.

domingo, 3 de febrero de 2013

Tomando ejemplo

Llevo un buen tiempo colaborando de manera virtual como voluntaria en El hogar de Luci. Pero puesto que mi bebé tiene casi un año y medio y ya aguanta unas horillas con su padre, esta mañana fui por fin a conocerlo y a ayudar físicamente.Y a pesar de que estoy teniendo unos días algo bajos de moral, he salido de ahí feliz, exultante y con el corazón conmovido.

He aprendido que las gallinas se comen sus propios huevos con voracidad, porque son suyos y les vienen estupendamente como fuente de proteínas.
He aprendido que las ovejas son animales cálidos y tremendamente cariñosos.
He aprendido que los cerditos son juguetones y traviesos como niños pequeños.
He aprendido que los conejos son tímidos y aman dormitar al sol hechos bolitas, todos juntos.
He aprendido que las vacas saben dar besos.
He aprendido que las cabritas disfrutan del aire libre y de la vida pacífica.
He aprendido que el tamaño no es lo importante, pues dos ocas pueden dominar a animales mucho más grandes que ellas.
He aprendido que los patos son simpáticos y cautos.
He aprendido que las palomas se encariñan con su casa y les cuesta adaptarse a situaciones nuevas.
He aprendido que a los gallos les encantan las caricias.
He aprendido que los cerdos vietnamitas son dóciles y delicados.
He aprendido que los perros y los gatos se quieren como hermanos.

Todos se quieren como hermanos, en realidad. He aprendido que los animales pueden convivir en perfecta armonía. Que la vida sencilla aligera el alma de cargas absurdas.

¿Por qué los humanos no podemos?


viernes, 1 de febrero de 2013

Tus hijos no son tus hijos

Hace unos días en las redes sociales se hablaba con estupor acerca de un vídeo en el que se ve a un pobre niño de entre tres y seis años siendo obligado a tatuarse por su madre. El niño patalea y se retuerce de dolor mientras tres adultos le sujetan. Dicho vídeo ha dado la vuelta al mundo causando indignación por doquier. Desconozco los motivos de tatuar a una criatura indefensa (por ahí he leído que era por algo religioso, no sé si será cierto). Pero parémonos por un momento a pensar.
En el mundo entero, miles de niños son obligados a diario a todo tipo de modificaciones corporales, en función de las distintas culturas y creencias: tatuajes, escarificaciones, ablaciones, circuncisiones, perforaciones, deformaciones por joyas (como las célebres mujeres jirafa, de la tribu de los Padaung,  proceso que empieza a los cinco años). Sucede así desde siempre, y pocas personas ponen el grito en el cielo. Recuerdo una vez en la facultad a un profesor de antropología defender la ablación porque según él "no podemos verlo todo con una perspectiva etnocentrista, sin tener en cuenta el relativismo cultural".


Pues bien, señor profesor, lo siento muchísimo, llámeme etnocentrista, pero me resulta una auténtica burrada.

¿No nos parece a todos que obligar a un niño pequeño a modificar su cuerpo por capricho de sus progenitores no es lícito, no es moral, es un auténtico abuso de poder?

Entonces... ¿por qué hay gente que perfora las orejas de sus hijas?

Pues exactamente por lo mismo: porque está en su cultura. Y no lo ven. No se salen de ahí. (Marcamos a las niñas para hacer una distinción de género, no sea que alguien las confunda con chicos. Desde que tienen pocos días, ya tienen ahí ese sesgo de género, ya se condiciona cómo los demás las van a tratar. ¡Con lo cómodo que sería para los bebés vivir en un anonimato de género!)

Vaya, señor profesor, no soy tan etnocentrista como pensaba... ¿No habrá quizás una moral por encima de las culturas? ¿No debería estar el sensocentrismo por encima del etnocentrismo o de cualquier otro posicionamiento cultural? Hay que evitar sufrimiento a quienes pueden sufrir. Tan sencillo como eso.

Y ahora habrá gente que se agarrará al mañido argumento de que no es lo mismo, de que una cosa es un doloroso tatuaje y otra "un pinchacito de nada" de los pendientes. Pero es que el dolor es una cosa muy relativa, para empezar. Cada uno siente el dolor de un determinado modo, y no a todos nos duelen las mismas cosas con idéntica intensidad. Yo por ejemplo tengo un tatuaje, y éste no me dolió apenas cuando me lo hice. Lo que quiero decir es que... ¿quiénes somos nosotros para juzgar qué le duele a quién, y cuánto? Y, por otro lado, qué más da que sea más o menos doloroso, como si no lo fuera: modificar el cuerpo de tu hijo, basándote en tu superioridad sobre él, no es justo. Si los pendientes no dolieran en absoluto, opinaría exactamente igual. Yo no tengo derecho a decidir sobre el cuerpo de mi hija, porque mi hija no me pertenece.


Yo no le hice pendientes a ninguna de las dos. Cuando mi hija mayor tenía tres años, quiso hacérselos. Esperé varias semanas a ver si era algo pasajero o una decisión firme. Vi que se trataba de lo segundo, así que le acompañé, se los hizo muy feliz, y hoy en día es una presumida de sus pendientes. No fue más traumático para ella que hacérselos de bebé (aún hay gente que piensa que a los bebés las cosas no les duelen, no hace tanto que por esto eran operados sin anestesia, los pobres), al revés, lo fue mucho menos porque se trató de una decisión consciente por su parte. Ampararse en que el perforar de bebé es mejor "porque luego no se acuerdan" es totalmente inmoral. Es que entonces se puede justificar cualquier cosa. No se debe de hacer daño a los niños, independientemente de si se acuerdan o no. Tú sí te acordarás de que aquello sucedió.

En definitiva, creo que los prejuicios culturales muchas veces no nos dejan ver más allá. ¿Cómo podemos escandalizarnos de ver cómo tatúan a un pobre niño indefenso, y nos parece correcto ponerle un par de pendientes a un bebé de dos días? No lo comprendo, ni lo haré nunca.

Y termino con este poema tan hermoso de Kahlil Gibran que tanto hace pensar...

Tus hijos no son tus hijos 
son hijos e hijas de la vida 
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti 
y aunque estén contigo 
no te pertenecen.  

Puedes darles tu amor, 
pero no tus pensamientos, pues, 
ellos tienen sus propios pensamientos. 

Puedes abrigar sus cuerpos, 
pero no sus almas, porque ellas, 
viven en la casa del mañana, 
que no puedes visitar 
ni siquiera en sueños.  

Puedes esforzarte en ser como ellos, 
pero no procures hacerlos semejantes a ti 
porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.  

Tú eres el arco del cual, tus hijos 
como flechas vivas son lanzados. 
Deja que la inclinación 
en tu mano de arquero 
sea para la felicidad.

martes, 22 de enero de 2013

Mis tetas valen un potosí

Mi hija mayor nació rodeada de amor hace más de cuatro años. De amor... y de mucho desconocimiento por mi parte acerca de un montón de temas. Uno de ellos fue la lactancia. Porque yo nunca había visto a nadie dar teta. Porque pensaba que sólo había que ponerla al pecho y ya, como si fuera a salir algún tipo de magia. Porque creía que con leer un poco de teoría ya me lo sabía todo. Porque ignoraba la gran cantidad de problemas que podrían presentarse, uno tras otro.

Mi hija mayor no se enganchó a la teta nada más nacer. Mis pezones son planos, y yo no supe cómo ayudarla a hacerlo. Tuve un parto respetado, pero el ingreso fue en uno de los hospitales más cutres en temas de lactancia, postparto, etc. Así que me sentí totalmente sola. Una enfermera dijo que me comprara unas pezoneras. Otra me dijo que mis tetas eran malas para dar el pecho. La señora que entró a limpiar la habitación también daba su opinión. Una monja siniestra y vieja me dio un bote de leche de fórmula, cosa que por cierto es ilegal. Y encima, no paraban de venir visitas y visitas sin parar, sin preguntar siquiera, gente a la que yo no conocía apenas, que si la tía de Murcia o la vecina de mi abuela. Descubrí entonces una afición para pasar las tardes por parte de señoras desocupadas: ir a hospitales a ver recién nacidos y criticar. Y ahí, en medio de todo ese gentío de familiares lejanos y cercanos, de enfermeras respondonas, de monjas compradas, de limpiadoras meticonas, de gente que entraba y salía... ahí me sentí terriblemente desamparada. Yo sólo quería estar con mi hija, quería estar tranquila, aprender a darle el pecho, que ella me enseñara a alimentarla...

No hubo manera. En los dos días en que duró ese macabro vaudeville, mi pequeña lloró mucho, mis pechos sufrieron mucho, la leche no me subía... Salí del hospital con unas grietas del tamaño de la carretera de la Coruña, una ingurgitación espeluznante, y mi nena con medio kilo menos. Nadie, absolutamente nadie, se ofreció a ayudarme con la postura. La única "ayuda" que recibí fue el bote de leche de la monja enfermera nonagenaria.

Al llegar a casa, la sensación de soledad fue a más. Las pezoneras no evitaban las grietas, mi hija no se enganchaba del todo bien... y la pérdida de peso hizo que el pediatra que la visitó, otro ignorante redomado, me metiera miedo y me hiciera darla fórmula.

Mi hija tenía dos días y ya estábamos con lactancia mixta. Yo me moría de la rabia, me sentía que le estaba fallando por todas partes. Empecé a dejar de creer en mí. Alquilé un sacaleches profesional en la farmacia, ¡cuando a mi leche no le pasaba nada, era todo cuestión de confianza! ¡Tendría que haberme puesto más a la niña y menos al sacaleches! Nadie me ayudó... Nadie me explicó...

A los veinte días, acudí a un grupo de lactancia. Pero a todo el mundo le iba bien, nadie tenía problemas como yo. Me sentí como una extraterrestre, ¿qué pasaba conmigo? ¿Qué les pasaba a mis tetas? Lo curioso es que en el grupo tampoco me miraron la postura. Sólo me dijeron que en vez de usar biberón, que probara un relactador, para de ese modo ir eliminando la lactancia artificial poco a poco, en pos de la materna a nivel exclusivo. No me pareció un grupo muy serio, yo me sentía fatal y ellas charlaban de la película de la noche anterior en la televisión, pero estaba demasiado cohibida y fuera de lugar como para decir nada más.


Me marché de ahí pensando que lo estaba haciendo todo mal, fatal, que era todo culpa mía. Que era la única mamá que quería dar teta y no sabía cómo. Que mi cuerpo no funcionaba bien. Que yo no funcionaba bien.

Y las semanas pasaron. Yo seguía en una inercia estúpida que no conseguía romper. Hasta que un día, por internet, una chica me habló de cómo ella había relactado. Recordé entonces lo del relactador que me comentaron en el grupo de lactancia. Me enfadé conmigo misma, compré uno y pensé "se acabó, ahora o nunca". Y ahí estuvimos semanas y semanas dándole a la teta, yo de día y de noche con el cacharro ése colgado, además como tiene que estar vertical sólo podía dar el pecho sentada o de pie, así que por la noche era un auténtico calvario. Y veía cómo pasaban los días y cómo se acercaba mi vuelta al trabajo y eso me mataba por dentro, es como si hubiera estado dormida durante semanas, ¡esto tendría que haberlo hecho mucho antes! Pero ser primeriza y tener a un pediatra alarmista por detrás es lo que tiene. Te patea la confianza y te la deja a la altura del betún.

Pero ya era demasiado tarde. Las relactaciones, cuanto más tarde, más difíciles son. Y con cuatro meses y medio era casi imposible. Pero sí conseguí aumentarle las tomas de leche materna. Y eso ya era algo, visto lo visto.

Cuando me reincorporé al trabajo, me saqué leche tres veces al día en el cuarto de baño hasta que mi hija tuvo un año. Porque así, aunque gran parte de su lactancia fuera en diferido, al menos se beneficiaría de las ventajas de la leche materna. Siempre gozó de buena salud, y quiero pensar que algo tuvo que ver la lactancia materna.

La lactancia de mi hija mayor sólo duró quince meses. Supongo que al no estar correctamente establecida, ese temprano destete se explica fácilmente. Me dolió en el alma tanto, tantísimo... Mi grandísimo error fue el no reaccionar a tiempo. Pero también, ser cabezota me ayudó a por lo menos haber podido mantener una lactancia mixta quince meses, otras quizás habrían tirado la toalla mucho antes. En todos esos meses vi varios pediatras y enfermeras, y ni uno solo se ofreció a ayudar, a revisar la postura, etc... Así es como se fomenta la lactancia en España.

Toda esta larga introducción viene para contar que estoy viviendo ahora mismo un regalo. Con mi hija menor, la lactancia fue correctamente establecida y no ha tomado un biberón en su vida. Hoy tiene casi un año y medio y ahí sigue, sin parar día y noche... Pero es que la mayor, al principio por celillos, hace unos meses dijo que ella quería teta. Por supuesto, había olvidado cómo se mama. ¡A estas alturas! Pero no sé cómo, poco a poco, lo ha conseguido. Sabe sacar la leche, sabe beber esa leche, sabe disfrutar así con su madre.

¡Quién me iba a decir a mí que acabaría haciendo tándem! Aunque sean momentos muy puntuales, me siento feliz. Feliz porque aunque la lactancia con la peque ha sido y es estupenda, la espinita no me la he quitado del todo pues son dos nenas distintas. Y ahora, en cierto modo, aunque sea un poquito, siento que estamos recuperando el tiempo. El tiempo que nos robaron la ignorancia, la industria de la leche de fórmula, los sanitarios sin formación. El tiempo que robó mi tristeza. Ese tiempo que permití que se me escurriera por entre los dedos sin apenas poder reaccionar, abandonándome a una inercia esperpéntica en la que jamás me hubiera imaginado.

Tengo dos niñas preciosas. Y tengo dos tetas estupendas, porque yo soy capaz. Nunca dejes que nadie te diga que no lo eres. Y nunca escuches a las monjas con botes de fórmula en las manos. Sus intenciones nunca son buenas.

jueves, 10 de enero de 2013

Todos fuimos, alguna vez, niños asustados

Una de las cuestiones más recurrentemente polémicas son todas las referentes al maltrato infantil. Esto es, qué es maltrato y dónde está el límite. Porque claro, todo el mundo está de acuerdo en que (por ejemplo) quemar a un niño con un cigarro es maltrato, o pegarle con un cinturón. Pero hay una especie de zona turbia donde las opiniones se dividen, ¡y mucho además!

Para empezar, vamos a intentar no pensar en los niños como niños, sino sólo como seres más desvalidos, mental y físicamente. Pues bien, maltratar a seres más desvalidos es muy fácil, tremendamente fácil. Y ni siquiera hay que "hacer daño físicamente". Sólo con demostrar tu poder, tu posición dominante, es suficiente. Porque de ese modo crearás una sensación de indefensión, humillación, e incluso miedo. Si yo soy un hombre de 100 kilos y cuando mi mujer no hace lo que yo quiero, le pego un bofetón, aunque sea "flojo", habré conseguido "marcar territorio", decir que yo soy más fuerte, que yo mando, y que ella estará supeditada siempre a lo que yo opine.


Los dos argumentos más típicos que enarbolan quienes defienden el mal llamado "cachete educativo" son:
* "No es lo mismo un azote, o un cachete, que pegar con un cinturón, hay grados".
* "Pues a mí de pequeño/a me pegaron azotes y aquí estoy, sin ningún problema".

Lo de los grados es algo que no comprendo. ¿Está entonces mal llamar "gilipollas" a tu hijo pero es correcto decirle "imbécil", por ejemplo, puesto que son "grados diferentes" de insultos? ¿De verdad hay personas que opinan que la frontera es firme? ¿No ven que los límites son absolutamente difusos? Es que no se trata de "grados", de si "hace daño" o no. Se trata del trasfondo, de lo que hay por debajo, del mensaje que lanza cualquier tipo de violencia. Y este mensaje es siempre, siempre, el mismo. No nos engañemos. Este mensaje es "yo estoy arriba, tú estás debajo, yo ordeno, tú obedeces". Y para el caso, da igual pegar con una zapatilla, la mano abierta o un látigo de siete colas. Pegar es humillar. Pegar es demostrar tu poder. Pegar es vejar. Y pegar es dar mal ejemplo: no comprenderé nunca a la típica madre que le da un bofetón a su hijo como castigo porque él ha pegado a su hermano. ¿Qué estamos transmitiendo de ese modo, salvo que "hay clases" y que sólo unos cuantos tienen derecho a pegar? ¿Y entonces, cuando el hijo sea más fuerte que la madre... qué? ¿A un programa de ésos de la tele de "adolescentes tiranos"? La cadena del maltrato es poderosa.

En cuanto al mañido argumento de "a mí me han pegado, mis padres son estupendos y no tengo ningún trauma" me hace pensar, una vez más, en el sistema profundamente adultocentrista en el que nos movemos. Porque aunque ahora, a posteriori, con los años, nuestras neuronas espejo nos hayan posicionado del lado de nuestros padres (es más cómodo, así evitamos recordar cosas que nos harían daño), seguro que de pequeños no nos hacía ninguna gracia. Es más, seguro que de pequeños nos sentíamos desgraciados y humillados cuando nos castigaban de este modo. ¡Por qué lo hemos olvidado! El mecanismo de defensa de verlo todo desde una perspectiva oportunista es terriblemente efectivo. Porque de ese modo podemos olvidarnos de que nosotros también fuimos niños asustados.

Por lo tanto, no podré comprender jamás la defensa de ningún tipo de violencia, por "suave" que sea. Porque la violencia es violencia. Porque lo que importa no es tanto el daño físico, sino el mensaje que hay por detrás. Y eso psicológicamente es devastador, ya sea un azote, un bofetón, o una paliza.

martes, 8 de enero de 2013

"Mamá, quiero ir al circo"

... O "Mamá, quiero ir al zoo". Ambas son frases que espero jamás salgan de la boca de mis hijas.

Si te paras a pensar, la cosificación de los animales está en todas partes. En todas. Muchas personas se escandalizan con las corridas de toros, o con las "tradiciones" espantosas de algunos pueblos donde se torturan animales, y es estupendo que la gente reaccione ante eso. Pero es que la cosa no acaba ahí.

No voy a hablar en esta ocasión del consumo de productos animales (masificación, modificaciones genéticas, condiciones higiénicas espantosas, trato y muertes con muchísimo sufrimiento, etc). Tampoco voy a hablar del testeo con animales de los cosméticos y productos afines (para estar tú toda mona con un penetrante eye-liner le han quemado los ojos a decenas de conejos, por ejemplo). Ni de la peletería, industria del cuero, etc...

Lo que quiero recalcar hoy son las formas de entretenimiento destinadas a los niños en las que los animales juegan un papel fundamental. El zoo y el circo son dos ejemplos clásicos, aunque hay otros. Los acuarios. Las ferias con los "caballitos-pony" (ya lo decía la canción... "no hay nada más triste que los caballitos-pony"). Incluso las cabalgatas de los reyes magos, o los belenes vivientes, donde se usan todo tipo de animales muertos de miedo.



Tú llevas a tu hijo, que se divierte observando a los delfines haciendo estúpidas acrobacias, a los elefantes andando a dos patas, o a los monitos pegando saltos. Y pagando esa entrada, estás colaborando en algo terrible: la privación de la libertad de seres sintientes que, como tú, sólo desean vivir felices junto a su familia. Mucha gente no se para a pensar en qué hay detrás de todo eso. En qué hay detrás de los animales del circo (¿acaso se piensan que aprenden a hacer esas gracias a fuerza de caricias?... El estereotipo de domador con el látigo sigue de rabiosa actualidad). De los del zoo y el acuarium (muchos animales llegan de contrabando, y para que por ejemplo lleguen 10 chimpancés han tenido que morir 1000 por el camino, por no hablar de las pésimas condiciones de vida que tendrán que sobrellevar en su cautiverio, sobre todo por la noche, cuando "nadie mira").

Estamos viviendo una auténtica revolución en cuanto a la crianza. Cada vez más padres y madres deciden criar y educar desde el respeto, para que el día de mañana sus hijos sean adultos empáticos y respetuosos hacia los demás. Pero muchas veces, demasiadas, nos olvidamos de extender ese respeto hacia los demás seres vivos. Cada vez que llevas a tu hijo a un entretenimiento con animales, lo que le enseñas no es respeto sino todo lo contrario. No hay ninguna sensibilidad en observar a un tigre que da vueltas en una jaula, loco perdido. Un auténtico amante de los animales quiere a ese tigre libre, aunque eso suponga no poder verlo jamás más que en la televisión.

Cuando mis hijas me pidan ir a ver animales, las llevaré a un santuario como El Hogar de Luci. Un santuario de animales tiene un espíritu, una filosofía, totalmente diferentes. Porque creo que, para ser coherente con mi manera de criar (en el apego y el respeto), debo enseñarles a respetar a todo ser viviente. Y eso jamás será posible en un circo. Y eso jamás será posible en un zoo.