viernes, 30 de enero de 2015

El simbólico puntapié y las cuotas de género

Cuando empezó el feminismo como movimiento consolidado, allá por la Ilustración, las mujeres protestaron porque sus reivindicaciones no eran incluidas en los nuevos sistemas, aunque bien que cuando hicieron falta se las dejó pertenecer a esa masa crítica. Así, en la Revolución Francesa, ellas también salieron a las calles, ellas también formaron parte, ellas también estuvieron ahí. Pero cuando la revolución terminó, se las mandó de vuelta a casa con un simbólico puntapié. Lo mismo sucedió en el movimiento americano de abolición de la esclavitud. En las guerras mundiales. En tantísimos conflictos donde se aprovecharon de las mujeres para "hacer bulto" (¡claro, así eran el doble!), pero una vez conseguida la meta, el bulto tenía que volver a sus cocinas.

En la actualidad, nuevos movimientos sociales están emergiendo, poco a poco, y recuerdan un poco, de lejos, a esos movimientos antiguos de ciudadanos movidos por el hartazgo y los abusos constantes. ¿Dónde quedan los feminismos en medio de todo esto? Porque nuevamente, a las mujeres se las acoge para las protestas. Pero luego llega la hora de la verdad y ni se escuchan las reivindicaciones de género ni se establecen cuotas de paridad. Syriza no ha puesto a mujeres ministras. Y la gente se lleva las manos a la cabeza, o sonríe socarronamente, cuando explicas que es un grave error que esto sea así. "Hay cosas más importantes ahora que hacer, lo del feminismo puede esperar", dicen. Como si los feminismos fueran algo secundario, un capricho tonto de un montón de niñas aburridas que no tienen nada mejor que hacer. Qué zarpas tan largas, qué paternalismo tan insultante, tiene el patriarcado, porque estamos todos imbuidos en él sin darnos ni cuenta, nuestros argumentos están siempre pasados por ese filtro, que tenemos tan interiorizado que ya ni somos conscientes.



¿Reivindicaciones secundarias? Las mujeres somos las víctimas principales de la crisis. Mayor precariedad laboral, mayores tasas de paro, salarios mucho más bajos. Dobles jornadas, porque seguimos siendo las principales cuidadoras de niños y mayores, y las que más tareas del hogar realizamos, aunque trabajemos las mismas horas o más que los varones. ¿De verdad es secundario lo que opine la mitad de la población? ¿Y por qué es secundario, porque somos la alteridad, porque lo primario ya lo deciden "ellos"? ¿Porque su opinión vale más? Otra vez la misma trampa. El mismo bache en el camino, con el que tropezamos ad infinitum.

Las cuotas de paridad son necesarias, hoy por hoy. Es un parche, una imposición, es cierto, pero mientras no exista un compromiso feminista de facto, las cuotas deberían darse siempre. Y digo siempre porque actualmente éstas dependen únicamente de la "buena voluntad" de los partidos políticos: ni son obligatorias ni son necesarias, sólo las aplican los partidos políticos que así lo desean. Y entonces pasa lo de siempre: que los varones lo tienen más fácil desde el primer momento, porque su meta está más cerca, porque sus obstáculos serán menores, porque únicamente por ostentar un género determinado tendrán muchas más posibilidades de dedicarse a la vida pública. Es así, no hay más. Sólo hay que echar un vistazo por cualquier periódico. Los feminismos aún necesitan de tanta pedagogía (empezando por que la mayoría de la gente ni siquiera sabe lo que son) que resulta complejo emprender una acción así, que parece tan impositiva. Pero mientras no exista una alta representatividad femenina en los gobiernos, nuestras reivindicaciones continuarán en el aire, como un mero "capricho tonto".


Y nos seguirán dando el simbólico puntapié una vez ganadas las batallas, porque ya hemos hecho el bulto, porque ya se ha terminado... porque ya no hacemos falta, en un mundo de hombres y para hombres.

jueves, 8 de enero de 2015

Violencia obstétrica

Hoy sólo quisiera pedirte un favor. Dentro de unos meses tengo que defender mi TFM, que va sobre violencia obstétrica. Para ello, he elaborado una pequeña encuesta que me ayudará enormemente, ya que las experiencias individuales son la salsa de cualquier estudio, o así debería ser.

Te agradezco si la rellenas, o si la difundes, o ambas cosas. Estará disponible durante unos meses, pero cuantas más respuestas consiga, más datos tendré para analizar, lógicamente.

¡Muchas gracias!

Éste es el enlace: https://docs.google.com/forms/d/1szKQSSQYp2wCjFeTZ1G5f5O21UzVN0mWjohURD0zYi8/viewform?usp=send_form

domingo, 4 de enero de 2015

Reflexiones sobre "The Yellow Wallpaper", de Charlotte Perkins Gilman

There are things in that paper that
nobody knows but me, or ever will.

Esta pequeña historia está basada en la depresión postparto que sufrió la autora tras dar a luz a su única hija y en el método habitual con el que se curaba la histeria femenina por aquel entonces: la postración terapéutica, es decir, la inactividad física y, sobre todo, la intelectual. En la época victoriana, los diagnósticos de “histeria” eran absurdamente comunes: un médico de 1859 dijo que una de cuatro mujeres la padecía; cualquier dolencia leve era susceptible de ser un síntoma de histeria, enfermedad propiciada, según se decía, por la tensión de la vida moderna. En realidad, evidentemente, se trató de un modo más de controlar a la población femenina.

El doctor Silas W. Mitchell, médico de Perkins, fue quien le recetó una de sus famosas “curas de reposo”, por las que no podría llevar a cabo ningún tipo de actividad creativa ni intelectual. Paralelamente, la protagonista de esta historia, tras sufrir un supuesto desorden nervioso, es enviada junto a su familia a una mansión colonial en el campo, para que repose y se reponga, mediante la total inactividad, por lo que tiene que escribir a escondidas de su marido: «John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado (...) y tengo absolutamente prohibido “trabajar” hasta que me recupere».

El personaje del marido es el paradigma de lo masculino en la época: racional, cabeza de familia, paternalista, trata a su mujer como a una niña, se ríe de ella, la regaña y le ordena qué tiene que hacer. En palabras de Mary Wollestonecraft, las mujeres se mantienen «en un estado de infancia», convertidas «en simples muñecas»: cuando la voz femenina es silenciada, oprimida, ignorada, sólo queda una niña asustada y dividida entre el miedo («estoy tomándole miedo a John») y el deseo de resistencia a esos ideales masculinos («personalmente, no comparto sus ideas»). Así, leemos: «John se ríe de mí, por supuesto, pero qué, si no, podría esperarse del matrimonio», «apenas me deja moverme sin su consentimiento», «me tiene programadas todas las horas del día», «¡se ríe tanto de mí!», «me llamó bendito gansito», «me hace tomar aceite de hígado de bacalao». Además, se dirige a su mujer como si hablara con una niña: «muchachita», «bendito sea su corazoncito», haremos un agradable viajecito», «soy doctor, querida». Según Wollestonecraft, «los hombres que se precian de conceder ese respeto arbitrario e insolente al sexo con la exactitud más escrupulosa son los más inclinados a tiranizarlo y a despreciar la misma debilidad que animan».

Los otros personajes femeninos que aparecen se caracterizan por saber “pasar por el aro”, personificando correctamente el ideal deseado de feminidad. La hermana de John, por ejemplo, es servil, es lo que se espera de una mujer: «es un ama de llaves perfecta y entusiasta, y no aspira a otra profesión». También, Mary, la chica que cuida del bebé, se dedica a él en cuerpo y alma. Y es que la protagonista no puede estar con su hijo: «¡me pone tan nerviosa!». En palabras de Mary Wollestonecraft, «la esposa obediente se vuelve una madre débil e indolente»; «[si los hombres rompieran las cadenas,] los niños no se irían a cobijar a un pecho extraño, al no haber encontrado nunca un hogar en el de su madre». La narradora envidia esa capacidad de “encajar” de las mujeres que “cumplen” con lo esperado, por ello se siente también escindida: ella no puede, no sabe, ser así.


En este contexto, el declive de la protagonista es total, aunque paulatino. Poco a poco, la obsesión por el papel pintado de la pared empieza a aumentar, hasta llegar a convertirse en el centro mismo de su existencia. La mujer que ve dentro del papel es, finalmente, ella misma, atrapada en una vida que es una jaula de oro. De ese modo, se va identificando cada vez más con la extraña mujer que vive en la pared, hasta el punto de que, al final, se funden en un único ser y la pared se vuelve espejo: «supongo que tendré que volver a meterme detrás del dibujo cuando se haga de noche», «por fin he conseguido salir, a pesar de ti y de Jane». La mujer que vive en el papel está «todo el tiempo intentando salir de las barras»: esta proyección de su propia existencia miserable de encierro y privación la convierten a la vez en la mujer que vive cautiva dentro del papel y la liberadora de ésta: «yo tiraba y ella lo sacudía, yo sacudía y ella tiraba». El papel es el símbolo de la familia, del matrimonio, de la medicina, y de la auténtica prisión que todo esto representa.

La protagonista se rebela del único modo que puede: si quieren en ella histeria, histeria tendrán. Vemos cómo va degenerando de una pasividad aceptada, aunque sea a regañadientes («pero... ¿qué puede hacer una?», «yo debo cuidarme y tener buena salud por su bien»), a una degradación emocional total, a un estado de locura, de estar “fuera de sí”. Cuando no se permite hacer uso del intelecto, de la creatividad, ésta acaba explotando igualmente, del modo en que puede. El ambiente claustrofóbico de la historia consigue su cometido de acompañar a la protagonista en esa prisión aplastante, logrando que cada vez sintamos un nudo en la garganta más y más fuerte y poderoso. El color amarillo, además, no es casual, porque es el color de las fotografías deslavadas, el color de la decadencia, que impregna los ropajes y toda la casa. El final de la historia es perfecto, porque se queda abierto: John entra en la habitación y se desmaya, y podemos entrever o un suicidio, o que textualmente ella «gatea por encima de él una y otra vez»: el simbolismo es claro. Los papeles se invierten, y él, ahora vulnerable, se encuentra en el suelo, inconsciente, víctima por fin de la pasividad absoluta que él quiso para su mujer, mientras que ella, imparable, liberada por fin de la prisión, pasa sobre él repetidas veces. Sea como sea, muerta o loca, ha escapado.


Podemos, por lo tanto, ver en este exquisito cuento una fina crítica a la tiranía de la sumisión impuesta por el matrimonio a las mujeres, y el largo y tortuoso camino hacia la independencia, logrado mediante una absoluta catarsis y una explosión de locura y degeneración. Perkins explicó en un artículo sobre por qué escribió esta historia que su intención «no era que la gente se volviera loca, sino impedir que a esas mismas personas las volvieran locas, y funcionó».

martes, 18 de noviembre de 2014

Mujeres y ciudadanía de mercado

¿Cómo entender la ciudadanía,hoy por hoy, sin el concepto de “ciudadanía de mercado”? Cuando las mujeres empezaron a integrarse en el mundo laboral, como una artimaña más del capitalismo, sobre todo a raíz de la primera guerra mundial donde había “escasez de mano de obra masculina”, entonces se “permitió” a las mujeres formar parte de ese aspecto público que hasta entonces les había estado prohibido.

Según T.H. Marshall, la ciudadanía es el máximo estatus de una persona dentro de una comunidad política, y la divide en tres dimensiones:
- dimensión civil (derechos de la persona y sus propiedades)
- dimensión política (posibilidad de elegir representantes políticos y de ser elegido a su vez)
- dimensión social (derecho a la salud, a la vivienda, al empleo, a la educación, etc).

Así, la mayoría de las mujeres no goza de estas tres dimensiones, sino sólo de una, dos, o en los peores casos, de ninguna. Es decir, que las mujeres, en la mayor parte del mundo, no son ciudadanas plenas. (Otra cosa que cabría dialogar, de un modo paralelo, es si este concepto de ciudadanía es válido para las mujeres, puesto que se trata, tal vez, de un concepto propio de una sociedad androcéntrica... por lo que habría que repensar nuevamente qué significa la ciudadanía y si ese concepto nos sigue valiendo hoy en día.)

¿Cómo pueden las mujeres estar consideradas plenamente integradas en el mercado laboral (que es, indudablemente, un paso importantísimo), si en la mayor parte del mundo no se remunera su trabajo, o si se hace, siempre es por mucho menos que sus homólogos masculinos? Además, el principal desafío es la conciliación de la vida laboral con la personal; de sobra es conocido para todos que muchas mujeres tienen que hacer un doble trabajo: no hay más que ver las estadísticas de la distribución del trabajo doméstico, sigue siendo la mujer quien más hace aunque trabaje las mismas horas que su pareja masculina.

En la “Encuesta de empleo del tiempo 2009-2010” del INE, podemos ver cómo en España las diferencias son absolutamente significativas:
- Trabajo remunerado: 38,7% en hombres, 28,2% en mujeres.
- Labores del hogar: 74,7% en hombres, 91,9% en mujeres. En su conjunto las mujeres dedican cada día dos horas y cuarto más que los hombres a las tareas del hogar.
- Ocio: los hombres participan en más actividades de tiempo libre y durante más tiempo, dedican de media 11 minutos más en vida social, y 17 minutos en comunicación.
Puede verse aquí un resumen de los datos de dicha encuesta.

¿Qué está pasando?



Lo que pasa es que se considera que el trabajo “importante”, dentro de una estructura familiar “tradicional” es el realizado por el marido; el de la mujer sería sólo un “sobresueldo” o dinero de apoyo. En este sentido, poco se ha avanzado. De hecho, se realizó un estudio entre distintos países desarrollados (Gornik, Meyers, Ross) demostrando que hay un claro correlato entre las políticas públicas que apoyan a la maternidad y los patrones de empleo femenino: en los países donde más se apoya las tareas reproductivas, más mujeres hay en el mercado laboral. PERO igualmente, cuantas más “facilidades” se dan para compaginar el cuidado de los niños con el trabajo, éstas suelen recaer siempre en las madres, que siguen apareciendo como principales cuidadoras, así que de nuevo son apartadas del mercado laboral, puesto que sus trabajos suelen ser considerados “de segunda”, como un “extra”.

La igualdad de género se dará cuando se desnaturalicen los roles actuales, cuando las mujeres puedan integrarse plenamente en la ciudadanía de mercado, y cuando los hombres puedan involucrarse plenamente en la economía del cuidado, es decir, cuando hombres y mujeres puedan desarrollarse en lo público y en lo privado. Para ello será absolutamente necesario que el Estado, o los poderes públicos, se encarguen de implementar políticas que fomenten esta igualdad. Me gusta cómo lo dice la CEPAL, que aunque va destinado a América Latina, puede extrapolarse:

Para promover la ciudadanía en un sentido más republicano, los Estados y sistemas políticos deben ser capaces de absorber y reflejar las nuevas prácticas de los movimientos sociales y combinar las políticas públicas con el capital social que la propia sociedad, a través de sus organizaciones, va forjando.

Y a eso hay que llegar...


jueves, 9 de octubre de 2014

Sólo un perro

Ayer mataron a un perro. Un perro que jamás entendió qué estaba pasando, un perro que de la noche a la mañana se quedó solo en casa con un saco gigante de comida y la bañera llena de agua, y que vio desde su terraza cómo una multitud se congregaba en la calle, sin comprender qué estaba pasando. Y no hace falta ser "animalista" para ir ahí a defender a ese perro. Hace falta sólo tener sentido común. Un gobierno que pasa por encima de toda la población sin despeinarse lo más mínimo, que hace todo de la manera más auténticamente chapucera, que repatrió a dos moribundos sin tener las instalaciones habilitadas para tal efecto, ni los conocimientos, ni los trajes, no es sino un pedrusco inmenso en medio del supuesto paradigma de la democracia. Ahora, sólo tienen que usar a la auxiliar clínica infectada como chivo expiatorio, y el cóctel ya está servido: sin responsabilidades políticas, se puede seguir haciendo lo que a uno le venga en gana.

Me resulta curioso, cuando menos, que muchas personas que no simpatizan con la causa animalista arremetan contra la defensa de ese perro. Ese perro es un símbolo, ni más ni menos. Es la dignidad de la gente pisoteada. Es el derecho a hacer las cosas de otra manera, que no se ha respetado. Es lo privado, que sale a la palestra sin ningún rubor por parte de  nadie. Porque el pánico es el arma más poderosa que existe. Y bien manipulado, la población se dejará hacer de todo, si hay pánico de por medio.

El argumento clásico de "es que os importan más los animales que las personas" también cansa, cansa muchísimo. Imagino que quienes así discurren serán voluntarios de una ONG, y se pasarán el día alegrando a los niños con cáncer en los hospitales, o trabajando los veranos reconstruyendo edificios derrumbados por terremotos. No sé, digo yo. Porque si no es así, ¿por qué juzgan los actos de buena fe ajenos? ¿Ellos qué saben de la gente? ¿No puede ser que esa misma gente que defiende al perro también esté involucarada en otras causas más "aceptables" en su estrecha escala de valores? Es que me resulta curioso que venga alguien que conduce un Mercedes y lleva ropa cosida por niños esclavos, por ejemplo, diciendo que las personas son más importantes. ¿Y tú, qué haces por las personas? ¿Por qué tengo yo que ayudar más a las personas que tú? La dicotomía personas-animales es una falacia como un pino. Demagogia pura, vamos.


En este mundo, cada uno se involucra en las causas que más le tocan, por un motivo u otro. Y quizás a mí me toquen más la defensa de los animales, o de los niños diabéticos, o de los enfermos de colon irritable, ¡qué sé yo! Son ejemplos al azar. ¿Tendría por ello que involucrarme en absolutamente todas las causas que necesiten apoyo? Pues me encantaría, pero lo veo imposible. Porque la gente que le da un euro a un mendigo no va a buscar a todos los mendigos del país para darles un euro también, y así ser equitativos. Porque la gente que más critica suele ser, curiosamente, la que menos hace. Y porque es muy sencillo juzgar a los demás sin conocerles.

Ya lo dice el gran filósofo Jesús Mosterín; si España es el país donde peor se trata a los animales de toda Europa es porque aquí jamás llegaron los ideales de la Ilustración. Y sin Ilustración no hay cultura. O, más bien, queda una cultura "bronca, hosca y violenta". Spain is different, that's a fact.

¿"Sólo un perro"? Pues sí. Y yo soy sólo una humana, mira tú. Y ahí, más allá, hay una que sólo es una vaca. Pero hasta donde yo sé, todos los animales (los humanos también somos animales, ¡pero cómo nos gusta olvidarnos de eso!) con sistema nervioso sufrimos, somos capaces de sentir dolor. ¿No te gustan los animales? No los tengas. ¿No simpatizas con la defensa animal? Estás en tu derecho. Pero juzgar a los demás por luchar por lo que consideran justo, no sólo es una muestra de la rigidez mental más absoluta, sino que oculta -mal, por cierto- una agresividad desproporcionada y sin ningún sentido.

Porque entonces, cuando venga alguien a desahuciarte de tu casa, no esperes que nadie te ayude. Total, si sólo es una casa.

jueves, 11 de septiembre de 2014

De tradiciones, culturas, y torturas mueve-adrenalinas

Jovenzuelos gañanes echando la tarde.

En estos días en que se aproxima inevitablemente otra espantosa matanza de un pobre toro desgraciado en la localidad de Tordesillas, los defensores de tan tremebundo acto se llenan la boca con una única palabra: tradición. Sí, ése es el único argumento que, sin ninguna duda, esgrimen los perpetuadores de actos gañanes como éste, porque realmente... ¿qué otra justificación hay si no? (dejando aparte la innoble cantidad de dinero que moverán con unas fiestas de esta calaña para atraer a la gente que tenga un vórtice negro en el corazón y que sólo mediante emociones como la tortura logre sentir "algo"... por desgracia son muchas las personas así, en este mundo cruel). De hecho, eso fue lo que repitieron machaconamente en el pregón, que si era una tradición antiquísima y por ello debe de ser salvada, que si quienes defienden a los animales son una vergüenza para la democracia y se acercan al terrorismo (ahora está de moda esto, si piensas diferente, eres terrorista y ya está), y demás perlitas que surgieron como agua de mayo de la boquita viperina del simpático pregonero. Curiosa vuelta de tortilla en la que quienes defienden a la víctima son ahora los verdugos.

Y es curioso también el rollo éste de las tradiciones, que con demasiada frecuencia se suelen equiparar con "cultura". Y no, una tradición es sólo una parte muy pequeña de la cultura de un pueblo. Porque un pueblo se compone de su estructura social, sus religiones, su organización política, económica, legal, su música, su arte, sus habitantes, su ropa, ¡qué sé yo! Y si las sociedades mutan, porque lo hacen, porque es inevitable, porque forma parte de la naturaleza humana, ¿a santo de qué viene aferrarse a tradiciones como signo de identidad? ¿Y por qué no conservamos entonces la Inquisición, que también era muy típica de este país? ¿Y por qué no seguimos retándonos en duelos? ¿Y por qué abrazamos la tecnología y otros cambios, si ponen en peligro el ser como éramos antes?

¿Y por qué ya no nos vestimos así? ¿Qué pasa con la identidad?

Lo que quiero decir es que, en un mundo globalizado como éste, es cierto que las identidades parecen diluirse: todos vemos las mismas series, usamos la misma ropa, los mismos teléfonos, compramos en las mismas tiendas... ¿qué queda en medio de todo eso que identifique a los pueblos? ¿Sólo las tradiciones? Evidentemente, no.

La riqueza cultural de un pueblo ni empieza ni termina en sus tradiciones. Porque entonces...

... como en China ya se ha prohibido el vendaje de pies, los chinos ya no serían chinos
... como en España se han prohibido las peleas de gallos (claro, aquí no mueven mucho dinero), ahora mismo ya no seríamos quienes somos
... como en Inglaterra ya no se juega al fútbol usando la cabeza de un enemigo, como en la Edad Media, los ingleses ahora deberían ser otros
... como los monjes budistas ya no se automomifican, el budismo debería llamarse de otro modo
 etc, etc, etc...

Los seres humanos progresan, somos cada vez más civilizados, pero seguimos teniendo un lado oscuro, y precisamente esa dicomotía es un caldo de cultivo para que afloren los instintos más básicos, innobles, crueles y desprovistos de toda empatía. El discurso de la tradición es ridículo, porque entonces, como digo, no sólo no tendríamos que haber abolido un montón de tradiciones que hoy a cualquiera le parecen una barbaridad, sino que además no deberíamos haber cambiado muchísimos aspectos de la cultura, que es algo mucho más amplio y sobre lo que descansa la identidad de un pueblo. Sin embargo eso sí lo hacemos, sin despeinarnos. Pero lo que tenemos que comprender es que la cultura es algo flexible, cambiante, de una gran plasticidad, y desde luego y sin ninguna duda, hoy no tenemos nada que ver con los que vivían en la península hace quinientos años. Lo siento, pero no. Somos muy diferentes, y nos separan muchas más cosas de las que nos unen. Entonces, ¿para qué aferrarse a un lastre cruento y absurdo que no tiene nada que ver con la identidad de un pueblo actual? ¿Por qué permitimos que la sociedad avance pero nos agarramos como a un clavo ardiendo a pequeñas tradiciones anecdóticas dentro de la cultura en general? ¿Qué aporta, realmente, eso, al conjunto de la sociedad? No aporta NADA. De ahí no se puede extraer nada positivo.

Otra simpática tradición... ¿por qué no la conservamos?

En resumidas cuentas, a quienes por la necesidad de vivir emociones fuertes ofrezcan ridículas excusas sobre tradiciones y demás (mientras sigan usando teléfonos móviles y vistiendo vaqueros, que esos cambios sí los aceptan, mira tú), cuando en realidad sólo se trata de una subida de adrenalina en gente que no sabe qué hacer para sentir algo...
A quienes justifican lo injustificable en un mundo donde este tipo de comportamientos cada vez tiene menos cabida...
A quienes insultan y arremeten contra los que sí tienen un mínimo de sensibilidad con descalificaciones fáciles (porque argumentos, ninguno, claro)...

A todos ellos, basta ya.

Esto es ridículo.

Quien quiera sentir emociones fuertes, que se vaya a un parque de atracciones, o haga puenting, o intente vivir con 500 euros al mes y tres hijos, o se vaya a pasear en minifalda por las calles de El Cairo, ¡qué sé yo, hay muchas maneras de sentir el subidón de adrenalina!

Así, desde luego, no.

domingo, 17 de agosto de 2014

Mirar hacia otro lado

Creo que lo mejor de este vídeo no es ya sólo la serie de verdades incómodas que se explican en él. Lo mejor es la cara del público. Esa cara de "tierra, trágame". Esa cara de "no quiero oír esto". Esa cara de "necesito seguir comiendo bacon, no me expliques cosas de las que no quiero saber nada".



Es mucho más difícil mirar hacia otro lado cuando estás en medio de una charla con proyecciones y te están filmando.

Aunque luego, en unos días, olvides voluntariamente todas las verdades incómodas, una vez regreses a tu rutina de no saber, y los estantes del supermercado te ofrezcan una carne plastificada que poco o nada recuerdan a su origen cruel. Y entonces seguirás con tu vida, porque... ¿qué más da? ¡Si es lo que hace todo el mundo!