sábado, 24 de octubre de 2015

Fomentando la falta de empatía desde bien pronto

Después de los cotidianos anuncios de juguetes sexistas de todas las navidades, llega ahora una nueva categoría: los juguetes crueles.

¿Puede alguien decirme cómo esto se considera normal, más aún, cómo esto es divertido?



¿De verdad es gracioso ordeñar a una vaca hasta que se le salgan los ojos?



Otro ejemplo, de la misma marca, que clama al cielo: 


Ahí, enseñando a los niños a matar roedores a escobazos.


Me resulta tremendamente triste cómo se juega con esta ausencia de empatía y esta falta de respeto absoluta hacia los animales.
Si el maltrato y la muerte de animales no debería ser un espectáculo (véase corridas, toro de la vega, etc)... ¿por qué sí es lícito si se dan en los juguetes infantiles?
Sin palabras.

viernes, 2 de octubre de 2015

Espacios y género: diferencias desde la infancia

El otro día andaba charlando con mi pareja sobre cómo, según él, la ocupación de espacios no tiene nada que ver con el género, a raíz de una imagen similar a ésta, que supongo que cuando vives instaurado en el privilegio no concibes como una diferencia de género, sino como una "casualidad".



Claro que hay gente caradura en ambos géneros. Claro que también hay mujeres que "resultan molestas" en los transportes públicos (o en algún otro ámbito), pero la ocupación del varón de los espacios a su voluntad es más que eso: es casi un arquetipo, porque representa cómo se comporta, como norma general, en la sociedad.

Teniendo como base que la división de géneros comienza desde el embarazo, que desde las guarderías ya podemos observar comportamientos sexistas entre los niños, es lógico que en las propias escuelas estos comportamientos se perpetúen y se favorezcan. Porque aunque en los colegios se suelan llenar la boca con palabras como igualdad, no se explica en qué consiste esto, más aún, no se da ejemplo -que a la larga, importa siempre mucho más que las meras palabras-. No recriminar a los niños sus comportamientos sexistas es no favorecer la igualdad. No dar las mismas oportunidades en los deportes es no favorecer la igualdad. Perpetuar estereotipos de género en los juegos simbólicos (las niñas como princesas, los niños como guerreros), por supuestísimo que es no favorecer la igualdad.



Si tú a un niño le estás mandando el mensaje desde el mismo momento de su nacimiento de que sólo por su género ya tiene más derechos, él va a reclamar dichos derechos de un modo u otro, en todos los aspectos de su vida. Esto puede verse, por ejemplo, en el recreo. Observando cómo se comportan los niños y niñas en el juego se aprende mucho. De hecho, existen muchos estudios sobre este tema, pego el resumen de uno de 2005 (Cantó Alcaraz, Ramón; Ruiz Pérez, Luis Miguel) aquí:

El propósito de este estudio es analizar la existencia de comportamientos motrices diferenciados entre chicos y chicas, así como las posibles causas ambientales-físicas que provocan, o facilitan, el mal reparto del espacio disponible en el patio de recreo escolar. De manera específica este estudio tiene por objeto valorar el reparto del espacio disponible en el patio de recreo escolar, entre un grupo de escolares a lo largo de un curso escolar. Por medio de una metodología observacional se han identificado y constatado los distintos espacios empleados en cada una de las categorías establecidas, con la finalidad de poder establecer la territorialidad (reparto, ocupación y uso) entre los niños y las niñas participantes en este estudio, dentro del espacio disponible en el patio de recreo escolar. El análisis de las observaciones registradas, mostraron la existencia de dichas desigualdades en el uso y empleo del espacio disponible, desigualdad que perjudica a las niñas. El estudio concluye con la necesidad de repensar los espacios de juego para que tanto niños como niñas puedan desplegar sus posibilidades de movimiento en el momento del recreo escolar.

Está, por lo tanto, observado y convenientemente estudiado, aunque las que hemos sido niñas en el recreo ya lo hemos experimentado por nosotras mismas, que nos hemos visto perpetuamente obligadas a estar por los rincones mientras ellos ocupan prácticamente la totalidad del espacio: "que los niños ocupan la mayor parte del mismo y que se apropian del centro mientras que las chicas se reparten los espacios periféricos" (Tomé González; Ruiz Maillo:1996).



En la edad adulta, esto continúa exactamente igual: si en el inconsciente colectivo, normativo, nosotras estamos regladas al espacio privado y ellos al público, a nivel inconsciente -o a veces no, a veces son plenamente conscientes- van a seguir reclamando SU espacio como el público. Existen muchos estudios de índole sociológica sobre cómo la división de géneros incide en la ocupación del espacio urbano (por ejemplo, McDowell, L:1982 - Hanson, Susan; Geraldine Pratt: 1995). Y esto podemos trasladarlo a la ocupación de los transportes públicos (el espatarre masculino mientras ella queda en un rincón), a la ocupación de los asientos en el cine (él siempre apoyará su brazo en el apoyabrazos central, porque es "suyo"), a la monopolización de las conversaciones laborales (ejemplo típico: propones algo, ni caso, un varón propone lo mismo unos minutos después y es la idea del siglo). En palabras de Pablo Páramo y Andrea Burbano (2010):

Un reflejo de la ideología masculina sobre el espacio se encuentra igualmente en los principios de diseño y de planeación urbana. Short (1996) acuña el término “ciudad-hecha- por-el-hombre” como indicativo de la construcción social del espacio urbano y de la dominación masculina en el diseño y planeación, que refuerza los sesgos de género: los hombres como productores y controladores del espacio y las mujeres como reproductoras de tales estructuras que replican la visión masculinizada del espacio mediante el uso que hacen de éste.

También está estudiada la diferente manera de conducir de los varones, que igualmente reclaman la carretera como suya. Porque "al igual que los demás componentes de lo que constituye la experiencia en el espacio público, el transporte es visto como neutral respecto al género, asumiendo que beneficia a todos por igual. Por el contrario, el patrón de viaje para algunos, es uno de los aspectos de la vida social con mayor influencia de género" (Wachs, 1996).



En fin, que podemos ver cómo efectivamente sobre la ocupación de espacios se puede hacer un análisis exhaustivo desde una perspectiva de género, porque "el discurso del terror sobre el espacio público se crea para mantener precisamente a la mujer bajo el control masculino" (Páramo-Burbano:2010). Pero supongo que cuando uno se beneficia de dichos espacios desde pequeño... no puede verlo, sencillamente.


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Cantó Alcaraz, Ramón; Ruiz Pérez, Luis Miguel (2005): "Comportamiento motor espontáneo en el patio de recreo escolar: Análisis de las diferencias por género en la ocupación del espacio durante el recreo escolar" en "Revista Internacional de ciencias del deporte" número 1, 2005.

Páramo Bernal, Pablo; Burbano Arroyo, Andrea (2010): "Género y espacialidad: análisis de factores que condicionan la equidad en el espacio público urbano"  en "Colombia Universitas Psychologica"  v.10 fasc. p.61 - 70; Colombia: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.

Short, John Rennie (1996): The urban order: An introduction to cities, culture, and power. Cambridge, MA: Blackwell.

Tomé González, Amparo; Ruiz Maíllo, Rafael (1996): "El espacio de juego: escenario de relaciones de poder". En "Aula de innovación educativa" nº 52-53; pp.37-41.

Wachs, Martin (2000). "The automobile and gender: An historical perspective" en http://www.fhwa.dot.gov/ohim/womens/ chap6.pdf.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Festejos populares versus mataderos: ¿qué pasa aquí?

A la mayoría de la gente le indigna que los animales sufran. Esto es así. A menos que seas un psicópata que se regodee en el dolor ajeno, o un pobre ignorante sin criterio que prefiera aferrarse a la creencia errónea de que los animales no son capaces de sufrir (¡como si no tuvieran sistema nervioso, qué cosas!), no te gustará ver a un animal torturado. La empatía está ahí, es algo que tenemos más o menos desarrollado la mayoría de humanos, y que tiene una gran utilidad social.

Dicho esto, es sorprendente cómo cada vez más y más personas se manifiestan y se indignan a causa de los espantosos "festejos populares" que incluyen maltrato animal, no ya sólo las sempiternas corridas de todos, sino el toro de la vega, las becerradas de Algamesí, y demás simpáticas fiestecillas, que con la etiqueta de "tradición" justifican cualquier barbaridad (las tradiciones, por cierto, no son inmutables, y los pueblos no mueren porque mueran determinadas tradiciones, la identidad cultural es otra cosa, y desde luego cambia con el tiempo, no hay un esencialismo inamovible sin el cual un pueblo ya no sea un pueblo... porque si no, estaríamos todos aún bajo el derecho de pernada y cosas así, anda que no hay tradiciones absurdas que han desaparecido). Es emocionante cómo cada vez más personas reclaman que se ponga fin a esto, y les estoy eternamente agradecida a quienes son tan sumamente valientes de enfrentarse a los paletos hechos masa -sí, la "valentía" canallesca siempre surge de la masa, o del anonimato de internet-. Gracias a todos los que os preocupáis por los animales, de corazón.


Pero... ¿y qué pasa con la otra cara de la moneda? ¿Por qué hay tanta gente que se indigna con los maltratos "festivos" de los animales y sin embargo no dice ni mu sobre el filete que tiene delante, en su plato de comida, todos los días? ¿Qué sucede aquí? Hagamos un pequeño repaso de las cosas en común y de las diferencias que hay entre ambas cuestiones, basándonos en los argumentos clásicos que se escuchan popularmente.

1. "No es lo mismo el matar animales para un espectáculo que para comer; comer es una necesidad imprescindible, y como omnívoros, tenemos que comer carne".
No sé el número de veces que habré escuchado este argumento. Y sí, somos omnívoros. Pero "omnívoro" no quiere decir "tener que comer de todo" (si no, la mayoría de la gente en Occidente tendría una dieta bastante pobre, ya que no suele comer insectos, por ejemplo), sino "tener la capacidad de poder comer de todo". La diferencia parece sutil, pero no lo es en absoluto. Ser omnívoro es, desde luego, muy ventajoso, porque nos permite alimentarnos de animales y/o vegetales, es decir, ¡podemos estar perfectamente sanos comiendo sólo vegetales, precisamente porque somos omnívoros!
Los toros que se lidian después se comen, por cierto. Y su carne es muy cara, además. Y los animales de la mayoría de festejos, lo mismo: ¡la carne no se "desaprovecha"!
Es decir, los animales que se usan en los festejos populares normalmente acaban en un plato, igual que los de los mataderos.


2. "Los animales de los festejos sufren un montón, no así los que nos comemos".
Ésta es muy graciosa. La mayoría de la gente no sabe nada de los animales que se come, o, más bien, prefiere no saber. ¿Tú conoces dónde están los centros donde se procesa la carne, has visto alguna vez cómo se engorda a estos animales, cómo se les trata, o cómo se les mata? No, claro, todo esto "se esconde debajo de la alfombra", porque si la gente supiera, si la gente viera de verdad cómo funciona la industria alimentaria de la carne... no podrían soportarlo, con total seguridad. Al menos, la gente normal, no los psicópatas. Al toro de la vega lo lancean sin piedad. A las vacas que esperan en línea su muerte (imagina ese momento: ver cómo estás haciendo fila y cómo las que están delante de ti, tus compañeras, son torturadas, cómo se las mata de mala manera, cómo muchas veces hay tanta prisa que son escaldadas vivas, descuartizadas vivas, colgadas de un gancho sin que haya funcionado el aturdimiento...), las espolean, esto es, ¡lo mismo! Las pinchan y golpean con palos, se los clavan, para que continúen en la fila1. Cortes, mutilaciones, roturas de huesos... están a la orden del día. Y eso en las vacas o en los cerdos. En animales más pequeños y por ello más "manejables", como los pollos, el horror es aún más impresionante.
Es decir, tanto los animales de los festejos como los que acaban en el plato, sufren muchísimo y son torturados.


3. "Sí, bueno, pero es que yo sólo como carne ecológica de primera, de animales felices".
La carne ecológica se supone que tiene mejor calidad porque los animales han sido mejor alimentados, con ellos no se han usado tantos químicos (antibióticos y demás), y "en teoría" han llevado una "buena vida en libertad". ¡Anda, qué curioso, el mismo argumento que dan con los toros... que han vivido estupendamente, y que por eso no se pueden quejar! Ahora imagina que te ofrecen vivir en una jaula de oro, donde te van a dar masajes todos los días, comida estupenda y te van a poner música clásica. Eso sí, te explican que sólo será el tiempo indispensable hasta que engordes y entonces te maten. ¿De verdad elegirías esto? ¿Qué clase de argumento es "te voy a matar pero hasta entonces vas a vivir estupendamente"? Y por cierto, yo he visto gallinas "ecológicas". El término es tan laxo que resulta gracioso. Te ponen un 0 en los huevos (indicativo de que son gallinas en libertad) únicamente con que éstas salgan un rato al día a un patio pequeño. Evidentemente, no debe de ser suficiente, porque estas pobres gallinas tenían el pico tan cortado como las "no ecológicas" (a las gallinas se les corta el pico porque se vuelven locas hacinadas, y acaban desarrollando comportamientos psicóticos, y dándose de picotazos las unas a las otras... se les corta sin anestesia, y a veces tanto que les impide comer y finalmente mueren de inanición... las gallinas usan el pico para conocer el entorno, y con esta práctica se las deja como ciegas).
Es decir, no hay "animales felices", todos tienen el mismo final: los de los festejos, y los de los mataderos.


4. "Las fiestas con animales mueven mucho dinero, es una industria podrida que se beneficia de subvenciones y demás".
Sí, es verdad. Hay mucha pasta en juego. Subvenciones PÚBLICAS (financiamos estas barbaridades con nuestros impuestos)... al igual que las hay para la ganadería. ¿O acaso pensamos que los toros de lidia, por ejemplo, surgen de la nada? Forman parte de la industria ganadera, al igual que las vacas, son por lo tanto dos caras de la misma moneda. La ganadería mueve mucho dinero. Me contaba un compañero de trabajo cómo en su pueblo mucha gente vivía de la ganadería, forrada gracias a las subvenciones que les daban2. Oh, sí, ahora diremos que si la crisis, o que si esto ya no es lo que era. Me da exactamente lo mismo: se está sacando dinero a costa de la esclavitud, la tortura y la explotación.
Es decir, hay dinero en medio de ambas prácticas, porque forman parte de lo mismo: la cría y explotación animal.


5. "Los espectáculos de los festejos populares dan una imagen festiva de matar, sacando lo peor de los humanos".
Es lamentable ver cómo se comportan los garrulos de Tordesillas, por ejemplo. Cómo se dedican a increpar a los activistas, insultándoles y agrediéndoles como "valientes machos ibéricos". Lo mismo pasa con el paradigma del torero, como el de un hombre "valiente" que se enfrenta "ante la bestia" (¿no hay detrás de esto algo ancestral, ritual?), mientras las damiselas (véase el arquetipo de "la folclórica y el torero") les lanzan un pañuelo perfumado y se entregan a ellos cuando le ganan la batalla al animal. En los mataderos, los empleados (hombres, generalmente, sobre todo con los animales más grandes), se emplean con una agresividad alucinante en la tortura y el "procesamiento" de los animales.
Hay una dicotomía de géneros que siempre se ha esgrimido, un sistema dualista donde lo masculino se ve como lo fuerte, lo activo, lo que manda, y a esto podríamos añadir también... y la carne. Sin embargo, lo femenino se asocia con lo débil, lo pasivo, lo que debe de ser mandado... Comer verduras entraría aquí también, según el imaginario colectivo. No tenemos el arquetipo de un hombre fuerte, vigoroso... y vegetariano (que haberlos, haylos, pero no nos los solemos representar así). ¿Qué quiero decir con esto? Que para mí, veganismo y feminismo son dos cuestiones que deben de darse la mano. Feminismo y veganismo son justicia. Luchan contra estereotipos y dualismos estúpidos y mañidos, donde se explota a unos seres para beneficio de otros.
Es decir, que tanto en los festejos populares como en los mataderos, los humanos sacan lo peor de sí mismos. Y eso se extrapola al imaginario social, donde esta agresividad se asocia con valores patriarcales, masculinos.
Guauuu, qué machoteeee

6. "Todo el mundo come carne, no puede ser que todo el mundo esté equivocado, me gusta cómo sabe la carne, sin embargo no me gusta ver festejos populares donde maltratan animales".
Todo el mundo (bueno, no todo, pero la mayoría) come carne porque no se lo ha planteado. Yo no pienso que quienes coman carne estén equivocados. Simplemente opino que aún no han reflexionado sobre de dónde proviene lo que se comen. Porque no es sencillo hacerlo. Porque supone ir en contra del sistema, que ampara estas prácticas, escondidas por la industria alimentaria porque son tremendamente crueles con los animales para obtener el máximo beneficio al mínimo coste. Capitalismo puro y duro. Lo que está normalizado, se legitima, y con ello cualquier práctica, por cruel que sea, se aprueba, aunque sea intentando olvidar que existe. Así que vamos por ahí "haciéndonos los tontos", comprando en el supermercado bandejitas monísimas con todo despiezado, carnes tratadas con nitratos para que estén rositas (y no grises, como serían sin tratar... son cadáveres, a fin de cuentas), donde no podemos ver nada que nos recuerde que "eso" fue un animal, que sintió y quiso vivir como todos los demás. Y sí, la carne está muy rica para mucha gente, pero hay algo más allá del mero placer momentáneo: la ética. Sin embargo, ver las fiestas produce mucho malestar. ¿Por qué?

PORQUE SE VEN, sencillamente.

Y aquí es donde está la diferencia que buscamos: lo que no se ve, se puede obviar, pero lo que está delante de mis narices... ¿cómo lo escondo, cómo "hago como que no está"... si está ahí?

Yo comprendo que todo el mundo ha de elegir sus batallas. Que no se puede luchar contra todo. Que el mundo está repleto de injusticias, y que cada uno ayuda en lo que buenamente puede. Por ello, es de agradecer que tanta gente se indigne y reaccione ante la crueldad animal. Pero siempre ha de tenerse en cuenta que eso implica una gran contradicción. Que no podemos quejarnos de la crueldad en las fiestas populares pero aceptar la crueldad de los mataderos. Yo misma, cuando comía carne, era consciente de que no estaba siendo coherente, lo sabía y lo admitía, pero la inmensa mayoría de la gente se molesta cuando pones el dedo en la llaga en el centro de su incoherencia. Porque en el fondo, muy en el fondo, saben que "ahí pasa algo".



Festejos y consumo de animales son dos caras de la explotación. Ambas terminan en el mismo sitio (el plato), la diferencia más llamativa que hay entre ambas es que en una se ve la tortura; en la otra, no. Y lo que no se ve, se puede esconder... pero si te lo ponen delante de las narices, ¡la cosa no es tan fácil de olvidar!

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1“Aplicaciones del Manual Media a Sectores Industriales: Industria Cárnica”. Ministerio de Ciencia y Tecnología. Edición Impresa. 2001

2 http://www.magrama.gob.es/es/ministerio/servicios/ayudas-subvenciones/ayudas.asp

sábado, 19 de septiembre de 2015

Inoculando el virus del privilegio

Muchas personas dicen que la denominación "violencia de género" es ridícula, porque es violencia sin más. Que un asesinato es un asesinato, que debería llamarse por ello "asesinato" y no "asesinato por violencia de género". Y bueno, un asesinato es. Es violencia, sí. Pero la coletilla "de género" no está puesta "porque sí".

Los feminicidios, y la violencia contra las mujeres en general, son el crimen más silenciado del mundo. Las mujeres somos la mitad de la población mundial, y en todas partes (aunque algunas en mayor medida que otras, claro, gracias a los logros del feminismo que mucha gente dan por supuesto, pero no, todo eso son conquistas que se han llevado a muchísimas valientes por delante), las mujeres son consideradas "el género inferior". Hago aquí un parón para recordar la diferencia entre sexo y género, que por extraño que parezca, no suele conocerse: el sexo es a nivel biológico, el género a nivel social. Es decir, el "género femenino" es cómo se supone que socialmente debe de ser una mujer, cómo ha de comportarse, cómo se la identifica. Evidentemente, habría que tender a una deconstrucción de los roles de género (que NO de los de sexo, y aquí es, para mí, donde se equivocan muchos feminismos), para que dejen de ser estratos sociales inamovibles, donde uno mira desde el privilegio sin darse ni cuenta y el otro está doblegado con mayor o menor sutileza.

La cuestión es que la etiqueta "violencia de género" sirve para identificar qué se esconde detrás de este tipo de violencia. Si una mujer mata a su marido, por ejemplo, NO es violencia de género, porque el género masculino no es el "considerado inferior", y por ello, no ha ejercido un tipo de violencia totalmente estructural y normalizada como sería al revés. Las motivaciones que pueden llevar a una mujer a matar a su marido son otras bien diferentes, pero en este caso ellas no se encuentran en el lugar de privilegio y por ello no reproducen los patrones de superioridad en el comportamiento transmitidos de generación en generación.



Quiero decir que la violencia de género no es simplemente la violencia directa, lo que se ve (palizas, violencia psicológica, muertes, violencia obstétrica, qué sé yo), sino que la violencia directa es sólo la punta del iceberg, y que está firmemente asentada en una violencia cultural y estructural que legitima dichos comportamientos. O sea, que si tú a un niño desde que es un bebé le estás enseñando que su lugar es el privilegiado, que es superior sólo por pertenecer a determinado género... ¿de qué nos extrañamos si luego reclama dicho espacio?

La ley contra la violencia de género tiene grandes carencias; por ejemplo, sólo considera que se trate de violencia de género cuando sucede en el marco de la pareja o ex pareja. Por ello, víctimas en otros contextos (el trabajo, la consulta del médico, etc)  pasan "desapercibidas". La violencia de género abarca mucho más, y las víctimas son muchas más de las que creemos. Está en todas partes, porque la sociedad asienta sus pilares en ella.



Y luego pasa que llega un verano funesto como éste, donde se han matado a mujeres y a niños (hijos de éstas) sin parar, donde los periódicos y demás medios de comunicación han usado eufemismos absurdos como "mujer fallece en Cuenca" (¡no, no fallece, la han asesinado, señor mío!), y te das cuenta del lío que hay en torno a los conceptos, de cómo no se comprende qué es el género, qué es la violencia de género y en qué consiste.

Todo lo estructural está normalizado, invisibilizado, y por ello es algo tremendamente peligroso. Se trata, entonces, de admitir una vez más cómo el feminismo necesita aún de muchísima pedagogía para llegar a todo el mundo, para explicar los conceptos, para hacer comprender... Y para que todas las personas sepan que la violencia de género existe. Que es un hecho. Que está ahí. Y que quienes la ejercen no son enfermos, sino los hijos sanos del patriarcado, a quienes han inoculado el virus del privilegio desde la cuna.

¡Y cuánto queda aún por hacer!

lunes, 6 de julio de 2015

Adiós, Sarah

Ayer murió mi hermana. Ahora podría empezar a idealizarla, hablando de lo maravillosa que era y de cuánto la quería. Es lo fácil, es lo que se hace. Pero mi hermana y yo apenas teníamos nada en común, éramos como agua y aceite. Ideas y creencias opuestas. Caracteres antagónicos. Opiniones, modos de vivir enfrentados, en pocas cosas coincidíamos, aparte del amor por los animales y por la música clásica.

La mayoría de las veces, hablar con ella resultaba agotador, porque tenía que ir con un tacto exquisito, se ofendía con facilidad, su carácter era bastante extraño, y cualquier cosa le molestaba, así que no podía decir nada sin pensármelo antes, lo que me resultaba muy cansado, lo que me obligaba a ponerme siempre mil máscaras y no me permitía ser nunca yo misma. Lo consideraba normal: su enfermedad la había amargado, y bastante poco en realidad, porque siempre se mantenía optimista. Otras personas se habrían hundido ante un cáncer como el suyo, pero ella la mayoría de las veces permanecía ahí, positiva, luchadora. Claro que su carácter se resentía. Y el de cualquiera lo habría hecho también. Pero tratarla era complicado.

No nos veíamos mucho, teníamos encuentros y desencuentros y reencuentros. Pero sabía que estaba ahí, luchando. Que estaba muy bien rodeada de muchos amigos que la querían. Que poco a poco parecía que mejoraba, hasta pensábamos que iba a superarlo. Terminó el último ciclo de quimio en octubre. Su médula empezó a funcionar de nuevo. ¿Era éste el milagro que esperábamos?

No. Fue sólo una tregua de unos meses.

Ayer murió mi hermana cuando ya nadie esperaba este final tan amargo y repentino. Cuando ella misma creía que iba a poder rehacer su vida, que iba a poder volver a trabajar. Que con sus escasos 35 años iba a poder vivir, por fin. Mi hermana, moralista, estricta, que me daba lecciones éticas que jamás le había pedido, que creía firmemente en un dios que nunca hizo nada por ella. Que me sacaba de quicio.

Pero era mi hermana.

Y hoy no puedo, no quiero, recordar nuestras discusiones o desavenencias, nuestras diferencias o nuestras crispaciones mutuas.

Ahora sólo puedo, sólo quiero, recordar cómo la llevaba de la mano cuando éramos pequeñas.
Cómo nos partíamos de la risa de noche cuando se suponía que teníamos que estar dormidas.
Cómo nos íbamos a la piscina en verano, y nos tirábamos horas nadando sin querer salir.
Cómo la defendía de los niños que se metían con ella.
Cómo la noche de antes de que empezara el curso nos la pasábamos hablando, nerviosas y contentas, sin pegar ojo.
Cómo nos escondíamos sobre la litera de arriba, llamábamos a mi padre y cuando entraba en la habitación, le tirábamos una manta desde ahí, como la trampa de un bosque.
Cómo nos íbamos de campamento en verano.
Y después, cómo trataba a mis hijas, cómo jugaba maravillosamente con ellas, les pintaba las uñas, les contaba cosas, cómo ellas la querían y cuánto se reían juntas.

¿Cómo puede ser?

Ayer murió mi hermana y con ella se va una parte de mí. Una parte que estaba enterrada bajo años de supuesta madurez. Una parte que jugaba a las canicas, que hacía casas de muñecas cutres pegadas con celo. Una parte que reía por la noche sin importarle el cansancio del día siguiente.

Ayer murió mi hermana. Ayer murió mi infancia.



jueves, 28 de mayo de 2015

Resultados sobre la encuesta de violencia obstétrica (Parte 2)

De todas las participantes en la encuesta, 340 han querido compartir un poco más en profundidad sus experiencias, que pueden encontrarse aquí. No obstante, ofrecemos a continuación un pequeño resumen con extractos de las mismas, totalmente sobrecogedores. Porque podemos encontrar muchas cosas en común en las narraciones de estas 340 mujeres. Definen la experiencia como «traumática y demoledora» (#276) o «brutalmente inolvidable» (#331), describiéndola como una «obligación a la sumisión para la supervivencia» (#287), sintiéndose «al servicio de la comodidad médica» (#309).

Muchas coinciden en tener que soportar burlas e insultos: «me quejaba mucho y las enfermeras me apodaron “la llorona"» (#86), «la ginecóloga se ríe abiertamente en mi cara» (#111), «el celador que me llevó al paritorio en un ascensor con otras personas se burló de mí ante ellas en tono jocoso» (#115), «se rieron entre ellas pensando que no me daba cuenta porque me olía mal el aliento» (#129), «el ginecólogo que me atendió me llamó la llantos» (#166), «el ginecólogo me hizo mover las piernas arriba y abajo; después se rió» (#180), «la comadrona se burló del tamaño de mis genitales y me ignoraba cuando yo le preguntaba cosas sobre mi proceso de parto, incluso me dio la vuelta al monitor para que no pudiera verlo» (#232). Igualmente, no se permite gritar a las parturientas, sin embargo ellos las gritan y maltratan: «me gritaban todo el tiempo» (#35), «el comadrón me dijo que tenía que callar y seguir órdenes» (#116), «tras sentir un inmenso dolor y como acto reflejo de mi cuerpo, empujé con mi pie en el hombro de la matrona y me chilló que le había empujado y se enfadó; su trato fue a peor aun habiéndole pedido mil disculpas» (#199), «me decían que me callara, que no gritara» (#201); «me decían que dejara ya de quejarme, que ya me estaba pasando con las quejas» (#216), «me decían que dejara de gritar, que si acaso me creía que esto era una película o una telenovela; me acusaron de estar fingiendo el dolor» (#319), «hicieron que me tapara la cara y no dejaban que yo gritara» (#324), «un auxiliar que abría la puerta del paritorio me gritaba que me diera prisa, que había más gente esperando fuera» (#292). Resaltan la instrumentalización, el trato vejatorio y la infantilización, cómo se las amenazaba, y se las trataba como a tontas e ignorantes: «un parto medicalizado e instrumentalizado en el que se me infantilizó hasta el punto de engañarme y ponerme oxitocina en contra de mi voluntad» (#131), «me dijo la matrona que yo no servía para parir» (#135), «la anestesista me amenazó diciéndome que me "rajarían igualmente y que me iba a doler"»(#148), «el ginecólogo me dijo "si hubieras sido mi mujer hace rato te hubiera hecho una cesárea; deja ya los rollos hippies, estás poniendo en peligro a tu hijo"» (#217), «esa sensación de infantilizarme y de
indefensión fue horrible» (#237), «el ginecólogo decía "esta niña no sabe empujar"» (#240), «me trataba de manera infantil y me abría las piernas a golpes, como si le molestara tener que mirar ahí» (#257), «en cada momento me decían "es que no sabes parir"» (#269), «la anestesista me llamó retrasada por plantearme un parto sin epidural» (#298).

Igualmente, subrayan la sensación de cosificación, indefensión y vulnerabilidad: «me hacían esperar a que llegase el médico tumbada en la camilla sin bragas; no sé para qué me tenía que quitar las bragas para una ecografía abdominal» (#13), «en el hospital me levantaron patas abiertas y mostraban mi vagina a todas las enfermeras escandalizadas por una fuerte candidiasis; fue horrible y vergonzoso» (#151), «pasas de mujer a útero que contiene un bebé y de ahí a madre inútil» (#221), «me sentí objeto; yo no contaba para nada en mi parto» (#242), «me quedé aterrorizada por el dolor y por la indefensión de estar totalmente expuesta» (#306), «nunca he tenido una experiencia tan horrible ni he sentido tanta impotencia; el trato que se le da a las mujeres embarazadas es convertirlas en contenedores» (#311), «fue mucho lo desvalida y engañada que me sentí» (#142), «humillación y falta de respeto en un momento en que eres muy vulnerable» (#257), «me parece que estamos totalmente indefensas» (#330). También hablan de la sensación de apropiación de sus cuerpos, de pérdida de control sobre éstos, de ser espectadoras de sus propio partos: «sólo puedo recordar desconexión conmigo misma, con mi cuerpo y con mi bebé; sentí perder el control de todo lo que pasaba en mi cuerpo, sólo quería que todo acabara» (#7), «me sentí ninguneada, me hicieron sentirme incapaz de parir, totalmente a merced de ellos» (#22), «sentí que no estaba pariendo; siento que me han robado el parto» (#57), «era como un cuerpo sólo, sin tenerme en cuenta como persona» (#68), «entras en un círculo de intervenciones que una lleva a otra y tú lo ves como espectadora» (#95), «me sentí como si fuera un cuerpo inerte» (#118), «me siento que me han robado el parto» (#127), «me
sentí como utilizada, no como protagonista de mi parto» (#208), «hoy, no tengo la sensación de haber parido; me operaron de mi bebé» (#226).

Para muchas, el parto con violencia obstétrica es como una violación: «siento que mi parto fue una violación» (#59), «me sentí violada» (#91), «en mi primer parto me sentí violada literalmente; usaron mi cuerpo a su voluntad» (#94), «horrible, traumático, vejatorio, me sentí como violada» (#155), «fue el peor dolor que he experimentado en mi vida, una mano moviéndose violentamente dentro de mí» (#189), «nadie me volverá a violar» (#202), «cuando tenía 16 años fui víctima de una violación, que por miedo y vergüenza ni denuncié ni he contado a más de dos personas; cuando estuve de parto fue una experiencia parecida» (#318).

También abundan las sensaciones de culpa y de miedo: «han pasado 8 años y sigo sin haber superado el sentimiento de culpa de haberle fallado a mi bebé y a mí misma, porque llevaba la lección aprendida sobre lo que no debe ser un parto hospitalizado, pero una vez allí pierdes el control de todo» (#24), «me costó mucho superar la culpabilidad que sentía tras mi primer parto» (#63), «me ataron con los brazos en cruz causándome una sensación de miedo y desprotección muy grandes» (#160), «me anularon completamente con miedos» (#206), «pasé un miedo tan horrible que me llegué a desvanecer» (#335). Hay, además, una gran falta de intimidad: «recuerdo muchos momentos violentos, demasiadas personas mirando mis genitales» (#42), «desde la cama de partos podía ver a la gente correteando por el pasillo general, y la gente a mí pujando» (#117), «en mi cesárea, sin consulta previa, había unas 10 personas de prácticas» (#180), «más de 30 personas entrando y saliendo» (#200), «cuando me llevaron al paritorio había mucha gente, no se presentaron, no me hablaron; me sentía como un trozo de carne» (#116), «en el momento del expulsivo había unas 10 personas en el paritorio, un ginecosaurio que ni se me había presentado se subió encima» (#169), «incluso la empleada de la limpieza que pasaba por allí se permitió decirme: "uyyy, esta chica cómo se queja, ¡nena, que no es para tantooo!"» (#209), «horrible, parto múltiple, mil personas en mi paritorio hasta el punto de mandar yo a callar y reírse de mí» (#219), «me amarraron las manos desnuda y en un quirófano lleno de desconocidos con máscaras; tras el parto, durante la noche, varias personas me miraban mis partes sin pedir permiso» (#222), «había como 30 personas mirando mi parto como si fuera un partido de fútbol, pero a mi marido no lo dejaban pasar» (#240). Muchas veces esto es debido a la presencia de estudiantes sin pedir permiso: «fui objeto de hasta cinco tactos, uno tras otro sin que se me pidiera permiso y mucho menos sin presentarse ante mí los que eran claramente aprendices» (#111), «el día que nació mi hijo TODOS los partos fueron realizados con fórceps (¿era día de práctica?)» (#194).

También denuncian una gran falta de información: «en ningún momento me explicaron nada ni pude participar en ninguna decisión» (#25), «me mete la mano en mi vagina, pregunto qué pasa... y me responde nada nada... tratándome como a una chiquilla preguntona» (#179), «no me dejaron decidir nada ni pidieron mi opinión en ningún momento; cuando pedí explicaciones me contestaron como si molestase, cuando me eché a llorar por la impotencia se burlaron» (#185). Es común además el trato descuidado: «la matrona encargada de mí se fue a ver la tele» (#48), «la matrona entraba a atenderme comiendo maíces con el olor que desprenden» (#99), «muchas de las enfermeras wassapeaban durante el alumbramiento» (#117), «una ginecóloga intentó sondarme mientras hablaba por su teléfono móvil, ni se dio cuenta que no llevaba epidural» (#230), «durante el seguimiento del embarazo me llegaron a decir que tenía VIH siendo mentira» (#263).

Algunas describen cómo no se aceptan los planes de parto, e incluso cómo se toman represalias contra las que se atreven a presentarlos: «el matrón me rompió el plan de parto en la cara» (#77), «se saltaron casi todos los puntos de mi plan de parto» (#96), «mi plan de parto desapareció, me devolvieron mi cartilla y no había ni rastro» (#99), «tuve que insistir 3 veces para que el matrón leyera mi plan de parto y después me dijo que no lo iba a respetar» (#159), «me obligaron a firmar que renunciaba a mi plan de parto antes de darme opciones para aliviar el dolor» (#216). Igualmente, son comunes las represalias contra quienes intentan un parto en casa pero no lo consiguen y acuden a un hospital: «ya en expulsivo y decir que veníamos de un parto en casa el equipo médico hacía comentarios despectivos, como si yo no estuviese, de las comadronas que atienden partos en casa» (#59), «nos trataron de irresponsables, maltrato por parte del personal del hospital en el post-parto, por ser "la que quería un parto en casa y al final mira cómo acaban”» (#274), «el anestesista cuando entró al quirófano diciendo "¿ésta es la del parto natural?" con un absoluto desprecio hacia mí» (#278), «se medio mofaron diciendo “está llorando porque ella quería un parto natural” en tono
mofoso» (#281).

Es común también la separación sin motivos del bebé, y el darle biberones cuando se prohíbe expresamente por querer ofrecer lactancia materna (el biberón interfiere con ésta): «no pude volver a verle ni tocarle hasta 1 día y medio después» (#129), «me trataban con desprecio por querer estar con mi hijo» (#239), «no toqué a mi bebé hasta 12 horas después» (#316), «durante ese tiempo, a mi hijo le dieron al menos dos biberones, cuando expresamente había pedido que no lo hicieran» (#339).

Las consecuencias psicológicas (estrés postraumático, depresión y ansiedad al recordar lo vivido) son muy frecuentes: «el primer parto me dejó en estado de shock por todo lo vivido; me separaron de mi bebé y ni siquiera me importó» (#50), «las secuelas psicológicas y físicas me han impedido tener más hijos» (#113), «siento odio hacia las personas que me asistieron» (#73), «me he quedado con la sensación de no haberlo hecho bien, lo que me costó una pequeña depresión post parto; hasta el día de hoy (2 años han pasado) sigo FURIOSA» (#208), «en su momento no denuncié la negligencia porque estaba agotada tras un posparto que casi me mata; me arrepiento de no haberlo hecho» (#252), «me da ansiedad revivirlo» (#303), «aún se me ponen los pelos de punta; han pasado casi 8 años» (#337).

Igualmente, hay consecuencias físicas: «después de 15 meses lo paso fatal para hacer caca; no he vuelto a tener relaciones sexuales satisfactorias» (#54), «no pude volver a tener relaciones pasados el año y medio y después de sesiones de fisio» (#101), «me hicieron una gran episiotomía que hasta hoy, 9 años después, siento» (#135), «9 meses después sigo con dolores vaginales» (#260), «después de mi mala experiencia en el parto tuve que hacer rehabilitación vaginal durante varios meses» (#265), «a día de hoy, mi hijo tiene 14 meses, sigo sin disfrutar satisfactoriamente del sexo» (#279).

Pero cuando solicitan los informes, para comprender qué ha pasado o poner una reclamación, se encuentran con que éstos están incompletos o repletos de mentiras: en ningún informe se pone que se realiza la maniobra de Kristeller, por ejemplo, pero es tremendamente común (casi en el 30% de los casos aquí recogidos). Igualmente, se miente sobre los motivos que llevan a practicar algún procedimiento: «en los papeles del alta mintieron indicando "necesidad urgente de cesárea por más de 24 horas con bolsa rota"; la bolsa la rompieron ellos 2 horas antes de la cesárea» (#11), «en el informe de la cesárea pone distocia de dilatación y yo dilaté hasta 6 cm» (#181), «hice una queja formal a mi hospital 8 meses después y me contestaron con que esa maniobra [Kristeller] no constaba en el informe» (#219), «solicité los informes y hay tachones y no hay nada explicado, como si todo hubiese ido genial» (#227).

También se resalta la falta de sensibilidad ante las pérdidas de embarazos: «en urgencias me comunicaron fríamente que estaba abortando, fuimos al ecógrafo y el gine sin dirigirse a mí, avisa a una doctora y le dice que es "negativo"; así me entero que no hay latido, sin una palabra amable» (#192), «me pasé día y medio ingresada en una planta llena de bebés que lloraban mientras mi bebé estaba muerto dentro de mí; fue una auténtica tortura» (#272).

No es de extrañar que algunas víctimas de violencia obstétrica decidan tener el siguiente parto en casa, para evitar el volver a pasar por algo así: «un infierno del que aprendí mucho; el próximo parto en CASA» (#14), «no volvería a parir a un hospital» (#69), «el dinero mejor invertido en mi vida fue pagar a las matronas que me atendieron antes, durante y después de mi maravilloso parto en casa» (#100), «si tuviera un tercero, creo que lo haría en casa» (#109). Y es que «es una vergüenza que sigamos en la situación en la que estamos en la mayoría de los hospitales y que lo que esté generalizado en las mujeres y la sociedad sean violencia, protocolos intervencionistas y prejuicios y poca confianza en los cuerpos de las mujeres y en el proceso fisiológico de parir» (#172).

miércoles, 27 de mayo de 2015

Resultados sobre la encuesta de violencia obstétrica (Parte 1)

Por fin, tras varios meses, aquí están los resultados de la encuesta que realicé por medio de este blog y de distintas redes sociales sobre víctimas de violencia obstétrica. Tras eliminar las repeticiones, las encuestas incompletas y las "bromas e insultos varios", el número que quedó fue de 619. Su valor es meramente anecdótico, no se trata por ello de una encuesta formal y no forma parte del corpus de mi TFM, sino de un anexo ilustrativo de cómo perciben la realidad muchas víctimas en España.

Muchas gracias, de nuevo, a todas las que habéis participado.

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En primer lugar, veamos por números de partos:



Las edades de las encuestadas van desde los 18 a los 72 años, distribuidas de la siguiente forma:



La Sanidad Pública es lo que usó la mayoría de las mujeres:



La gran mayoría se considera bien informada sobre estos temas:



Cuantos más partos han vivido, más informadas se consideran (la experiencia es un grado):



De la totalidad de encuestadas, 231 se plantearon en algún momento el parto en casa, 388 no se lo plantearon y 4 no saben o no contestan. Las razones principales esgrimidas para no querer parir en casa son las siguientes:



Pero cuantos más partos se pasan, más aumenta el deseo de parir en casa: es decir, cuando se sabe cómo funciona el hospital y sus protocolos, muchas mujeres se sienten profundamente decepcionadas.



En cuanto al plan de parto, 169 mujeres presentaron uno, 415 no lo hicieron, y 35 quisieron hacerlo pero no se lo aceptaron. Las razones principales esgrimidas para no presentar un plan de parto son las siguientes:



Las intervenciones más comunes en el embarazo son las siguientes:


Las intervenciones más comunes en el parto son las siguientes:


Hay cosas llamativas, como que suelen ir de la mano la imposibilidad de moverse libremente con la imposibilidad de comer y beber: es así en 285 casos.

En cuanto al postparto:



Y en cuanto a los bebés que presentaron problemas (236 presentaron uno o varios de los siguientes):



Podemos observar que hay una cierta consonancia entre el número de intervenciones en el parto y el número de problemas en el postparto:



También llama la atención cómo, normalizando la cantidad de mujeres que entregan un plan de parto con las que no, se aprecia que esto apenas incide en el número de intervenciones recibidas: es decir, los planes de parto NO funcionan, porque no se respetan.


Si comparamos la sanidad pública con la privada, normalizando el número (puesto que había más mujeres que habían parido por la sanidad pública), observamos que en la sanidad privada, de media, se realizan más intervenciones.


En un siguiente post, los testimonios.